2017/12/11

EL DON ENCADENADO XV: Los pecados de los padres



Durante aquellos días sucedieron muchas cosas en el Distrito de los Nobles de Argailias. El detonante resultó ser —aunque la mayoría nunca lo supo— un documento que llegó a manos del Sennim en el que se recogía el acuerdo entre dos ciertos Maedai para forzar la elección de un heredero. En consecuencia, Demeviall perdió el favor de palacio, Casa Arestinias cayó en desgracia y su puesto vacante en el primer círculo fue ocupado por Casa Llia'res, a cuyo mando estaba el Maede Larsires, hermano mayor de Corail. El traslado se realizó de inmediato; nuevos colores ondearon, orgullosos, al borde mismo del perímetro de las Cuarenta y Nueve Lunas.
En cuanto a Caradhar, tras aceptar que ya no podía demorarse más en el cumplimiento de su palabra, abandonó el pequeño refugio en la Zanja y retornó a Casa Elore'il. De nada sirvió que lo hiciese de noche para pasar desapercibido y que solicitase su vieja habitación: le habían asignado unos grandes y lujosos aposentos, preparados expresamente para él, cercanos a los del Maede. Las paredes estaban cubiertas de tapices, el gigantesco lecho vestía suaves cobertores, el baño adyacente humeaba... Cuando vio las finas ropas que se suponía que debía llevar, con los rojos y negros bordados en plata, no pudo evitar enarcar las cejas; nunca había poseído prendas tan refinadas. Se ajustó uno de aquellos trajes y se contempló en el espejo. El elfo al otro lado, elegante y altivo como un noble, debía ser él, aunque a duras penas lograba reconocerse.
Golpearon las puertas. Una conocida figura de negro cruzó el umbral y admiró, por turnos, la magnificencia de la habitación y la elegancia de Caradhar. Holgaba decir que se demoró mucho más en la segunda.
Es la primera vez que te veo llamando a una puerta —observó el dotado, y no sin razón.
Creo que me he equivocado de cuarto. El elfo que yo busco suele llevar trapos con viejas manchas de sangre y pasa las noches en agujeros sin ventanas, sobre catres que hacen que el suelo parezca tentador. Por los fuegos del abismo, ¿quién eres tú?
Caradhar se sintió aliviado al oír el saludo. En los últimos tiempos había tenido pocas oportunidades para ver al espía, ocupado este en restablecer su situación entre los Darshi'nai y lamentar la pérdida de su maestro. Era tranquilizador volver a escuchar al Sül de antaño.
El Sombra cerró la puerta y se dejó caer sobre el borde de la cama.
No sé si voy a acostumbrarme a tanta riqueza —insistió, con una sonrisa y un par de botes en el blando colchón—, hace que la mera idea de husmear dentro de esas ropas de postín parezca irreverente. Y eso que mataría por volver a ver lo que hay debajo.
Caradhar le devolvió la mirada a través del espejo. Sin pronunciar palabra se soltó la melena sobre los hombros, se despojó de las botas de piel, el cinto y la casaca y los arrojó a su alrededor. La camisa, los broches, las calzas... Todo corrió igual suerte hasta que no quedó ni una huella del lujo sobre su piel. Aquellos ojos que nunca dejaban traslucir sus pensamientos se giraron entonces para clavarse en Sül.
Los ojos de este sí que reflejaban los suyos al recorrer el atractivo cuerpo desnudo que acortaba distancias entre ambos. La vista se hizo inmejorable cuando subió al colchón y se reclinó, con los muslos separados, contra una de las cuatro columnas que sostenían el dosel. El Sombra se despojó de sus guantes y su capa y batalló con sus botas sin apartar la vista de aquel hipnótico espectáculo.
¿Te apetece que hoy cambiemos? —preguntó el dotado, con voz suave. Sus piernas oscilaban de derecha a izquierda, en clara alusión a lo que ofrecía.
¿Qué...?
Quiero que seas tú quien entre en mí.
Sül se detuvo, a medio camino de desvestirse, y notó la repentina sequedad de sus labios. No, debía haber oído mal. O quizá no había entendido la pregunta.
Ah... Adhar, si esto es una especie de recompensa o algo así, no tienes por qué hacerlo. Sé lo que piensas al respecto y yo ya soy más que feliz con que me dejes ponerme a cuatro p...
No es ninguna recompensa, quiero saber qué se siente al hacerlo así contigo. —Caminó sobre manos y rodillas, desplegando una provocación nada frecuente en él. Tanto se acercó, que Sül llegó a notar el sonido de su respiración y el calor de su aliento. Tragó saliva—. ¿Tú no?
Yo... Temo hacerte daño, como...
Iba a añadir Darial, pero se detuvo a tiempo. Sus dedos acariciaron con timidez los labios de Caradhar, rozándolos apenas. El dotado los separó, dejó que el índice y el corazón se introdujesen despacio en su boca, donde fueron recibidos por una lengua voraz, y usó la útil maniobra de distracción para desenganchar cierres, desatar cordones y colocar a la par que las suyas aquellas magníficas formas de atleta. El miembro de Sül ya apuntaba hacia él, rígido; la diestra de Caradhar onduló sobre las dunas de sus abdominales para finalizar el recorrido aferrada a su base. Boca y lengua se le unieron en una danza que siempre conseguía volver loco al Sombra, dividido entre su deseo de disfrutar la imagen y el frenesí casi animal que le provocaba. Cuando el dotado juzgó que la pérfida incitación ya había durado lo suficiente, se tendió de espaldas en el centro del gran lecho y sus ojos semicerrados lo invitaron a unírsele.
Encendido como estaba, Sül no terminó siquiera de sacarse los pantalones. Con las caderas de Caradhar bien alzadas, aprovechó la humedad de los dedos que él había lamido para deslizarlos a través de la entrada más allá de su perineo. Se inquietó ante la tensión inicial; sabía que habían transcurrido años desde su última experiencia y que nunca lo había disfrutado. ¿Y quién habría podido, con ese bastardo de Darial? A pesar de todo, sus músculos fueron relajándose y rindiéndose a la búsqueda, y Sül se quedó sin aire ante la belleza de su reacción cuando localizó su lugar de placer: las pupilas incrédulas, los labios abiertos que dejaban escapar sutiles gemidos. Aquello lo enardeció más aún, si cabía. Sujetó los muslos del joven, enfiló su erección contra la abertura, ahora tierna por las caricias, y empujó.
La embriagadora presión, el calor... La sensación al hundirse poco a poco dentro de un paso tan angosto fue tan potente que superó todas sus expectativas. Y, más allá del puro placer físico, lo impactó la toma de conciencia del lugar donde estaba, de la persona con quien compartía aquello. Se detuvo unos instantes para gozarlo, para no llegar tan pronto al punto sin retorno. Cerró los ojos para relajarse y comenzó a moverse con suavidad.
Cuando los abrió de nuevo le fue imposible pasar por alto la hermosa silueta de aquel cuerpo acompasado con el empuje de sus caderas. Había tal sensualidad en cada línea de su piel, en sus facciones convulsas, en la aureola de cabellos rojos, en la intensidad con que lo miraba a través de las largas pestañas..., que Sül tuvo que volver a a apretar los párpados y distraer sus pensamientos para retrasar el clímax que ya amenazaba con dominarlo. Voló su mano a complacer a su pareja con caricias; lo besó hasta dejarlo sin respiración; empujó, enérgica y profundamente, hasta que de él se adueño, de forma casi dolorosa, un único anhelo: Córrete... córrete...
El último gemido de Caradhar fue más vibrante que los demás. Sül notó en su mano la carne trémula y la cálida humedad de su orgasmo. Dando gracias a los dioses, se adentró una última vez y dio rienda suelta a su propio éxtasis antes de dejarse caer sobre el cuerpo de su amante y cubrirlo de pequeños besos. Al asomarse de nuevo a los serenos iris encarnados se sintió embargado por el placer; no tanto por el propio, que aún cosquilleaba en su vientre, como por el que le había proporcionado a aquella divinidad roja y blanca.
Quién iba a decírmelo —susurró Caradhar, los dedos enredados en la oscura cabellera de Sül—. Creía que no estaba completo, con él nunca había llegado a...
Shhhhh. Cállate antes de que empieces a mencionar nombres y me vea obligado a ir a retorcerle su maldito cuello a cierto alquimista.
En el pasado decías que te excitabas viéndolo hacérmelo.
En el pasado yo era un gilipollas y aún no estaba loco de remate por ti.
El pelirrojo se incorporó a medias para contemplar a Sül desde lo alto. Sus pantalones le bloqueaban la panorámica, así que tiró de ellos hasta desnudarlo por completo.
Vamos al baño.
No me digas que te has vuelto a empalmar.
¿Qué te crees? —Las cejas enarcadas de Caradhar eran implacables—. Ahora es mi turno.




Exhausto tras varios asaltos más de placer compartido, Sül se derrumbó junto a su compañero, hundió la cara en la almohada y se quedó inmóvil durante unos instantes. Jamás había disfrutado de un lecho tan confortable.
Ha llegado la hora de negociar con Therendanar su parte del pacto en el asunto de Arestinias y reclamarles la nuestra —murmuró—. Partirás hacia el principado temprano por la mañana. Dioses, estoy agotado... Descansaré un rato antes de marcharme. Esto tiene que ser tan cómodo como la mejor posada de la ciudad. Si me vas a dar semejante trote a menudo, podría acostumbrarme a un colchón tan blando. Creo que no me siento... No, que me siento demasiado los bajos.
Caradhar besó la espalda escarificada del Sombra y reclinó la mejilla sobre ella.
Pues acostúmbrate. Duerme conmigo. Mañana cabalgaremos juntos a Therendanar, vendrás a hacerme de escolta.
Cabalgar, argh... Escucha, Adhar, no puedo cumplir con mi deber de protegerte si me echo a roncar junto a ti y luego me dedico a seguirte de manera abierta. —Lo miró de reojo—. Sigo siendo tu Darshi'nai.
No necesito un Sombra, no soy un noble. Estoy cansado de que me observes desde los rincones oscuros; desde ahora quiero tenerte donde pueda verte.
La Maediam tendrá algo que objetar al respecto.
No me importa lo más mínimo. —Caradhar rebuscó en la bolsa de sus pertenencias y sacó un pergamino cubierto de caracteres élficos escritos con la caligrafía del dotado. Se lo tendió a su compañero—. Toma, guárdalo en lugar seguro.
¿Qué es?
La fórmula del antídoto de tu contrato de sangre. Cualquier alquimista de tres al cuarto podría reproducirla siguiendo las indicaciones.
El rostro de Sül reflejó su incredulidad.
Se supone que no deberías dársela a tu Darshi'nai. El contrato es para protegerte y yo te...
No, no me perteneces, ni tú ni yo le perteneceremos a nadie. Si algún día deseas abandonar todo esto, la libertad estará en tus manos.
Tal vez ya no sea capaz de vivir sin un amo. Tal vez —acarició los cabellos rojos esparcidos sobre su hombro— ya no quiera.
Yo no pretendo tener un esclavo. Si permaneces aquí, que sea por tu voluntad.
Y dices eso después de ordenarme que duerma contigo.
No era una orden. —Caradhar le mostró la espalda más indiferente de su repertorio—. Si mi compañía no te complace, dudo que me cueste mucho trabajo dar con alguien que sí lo haga.
Me tomas el pelo. —Sül frunció el ceño e invocó nuevas energías para incorporarse.
Ponme a prueba.
El Sombra saltó sobre su compañero con una celeridad difícil de seguir y lo inmovilizó con brazos y piernas. Caradhar se revolvió para zafarse, sin éxito, de aquel cepo poderoso y aquellos ojos ardientes.
Por muy dotado todopoderoso que seas, me basto yo solo para taladrarte sobre la jodida cama. Y sin ayuda de nadie.
Pensaba que no estabas en condiciones de moverte.
Estiró el cuello en busca de los labios que pendían sobre él. Incapaz de resistirse a su llamada, Sül se inclinó y lo besó con los ojos cerrados y una expresión ligeramente torturada. Aquello había sido un estallido de celos, no le quedaba más remedio que admitirlo. Odiaba caer en algo tan mezquino, pero la mera idea de verlo con otra persona... Aflojó la presa. Caradhar se colocó junto a él, frente contra frente, y susurró:
¿No vas a taladrarme sobre la cama? Entonces duerme conmigo.
Por primera vez en su vida, Sül pasó la noche junto a un amante en una auténtico dormitorio de lujo. Veló, más que durmió, porque no podía conciliar el sueño. Observaba a Caradhar y vigilaba el movimiento apacible de su pecho, subiendo y bajando con respiración regular.

La mañana llegó clara y despejada, heraldo de la cercana primavera. Según estaba previsto, emprendieron el camino a Therendanar. Llevaban una guardia muy numerosa y bien armada; Sül conocía algunos de aquellos rostros y sabía que eran de los mejores de la Casa, elegidos para custodiar su tesoro más importante. El objeto de su encomienda viajaba en el centro de la comitiva, un carruaje suntuoso, aunque sin emblemas, reforzado más allá de lo habitual en tales medios de transporte.
Caradhar también cabalgaba junto al vehículo. Corail le había encomendado que no se apartase de sus ocupantes, pero el dotado había preferido recorrer el trayecto al aire libre antes que encerrarse en aquella caja de ventanillas diminutas. Además, allí afuera disfrutaba de la compañía de Sül, por más que apenas se lo distinguiese con la capa que ocultaba sus negros ropajes; un Darshi'nai fuera de lugar por el hecho de mostrarse en público de tal manera.
Sül creía comprender por qué el dotado no deseaba sentarse codo con codo junto a los demás escoltados. El motivo, que le causaba cierto regocijo, no estaba relacionado con los dos viajeros menos importantes, la mano derecha del Gran Alquimista —un elfo de gran atractivo— y una dama de compañía —también muy hermosa, hasta el punto de que Sül sentía alivio por acompañar a su nuevo señor en lugar de dejarlo solo con semejante comitiva—. No; la verdadera razón de su rechazo era el tercer ocupante del carruaje, el jovencísimo Maede de Casa Elore'il. Su presencia allí la conocían un escaso número de personas, y aún menos estaban al tanto de los asuntos que lo llevaban a la ciudad de los humanos.
La corta expedición transcurrió sin complicaciones. Ya a las puertas de Therendanar, la expresión de Caradhar se serenó al volver a ver las familiares murallas y los niveles escalonados que culminaban en el castillo del príncipe. Sabiendo cuánto significaba para él, Sül susurró:
Lo echabas de menos, ¿eh? Apuesto a que no puedes esperar para volver a dormir, siquiera una noche, en tu querido nido de ratas.
Te arrastraré a mi nido de ratas y te forzaré a abrirte de piernas sobre la mesa de trabajo, entre las redomas, los alambiques y los morteros —respondió, con un tono asimismo suave.
Supongo que soñar te está permitido, mi pequeño dotado.
El pelirrojo se inclinó hacia el Sombra y lo besó. Aunque el turbado Sül se lo permitió en un primer momento, no tardó en separar sus labios: había notado unos pequeños ojos que los observaban desde el interior del carruaje.
Se acomodaron en los alojamientos del embajador, una ala del castillo conocida por ambos. Caradhar encomendó a su acompañante que no se separara del Maede, pues debía discutir unos asuntos con su antiguo maestro. Era un elfo de palabra; sin faltar a la verdad relató, para los oídos de Maese Jaexias y Verella Dep'Attedern, los motivos tras las acciones de Casa Arestinias. Tan solo omitió algunos detalles, como la utilidad de las sustancias que recolectaban los alquimistas. No sería él quien revelase los secretos de la fórmula más preciada de Casa Elore'il.
Era muy tarde cuando regresó a su alojamiento. Si bien estuvo tentado, según había sugerido Sül, de pernoctar en el viejo cuarto sin ventanas, la nostalgia no justificaba la falta de responsabilidad que supondría abandonar a su fastidioso protegido. Entró en la habitación asignada y se quitó la capa.
No eres una dama.
Caradhar se volvió con rapidez. Bajo el dintel de la puerta de comunicación con la estancia contigua había un pequeño elfo vestido con ricas ropas de alcoba. Poseía un hermoso rostro de corte delicado, una nariz redondeada que conservaba las formas de la infancia, labios llenos y rosados, un par de ojos oscuros de un curioso color corinto, inusitadamente inteligentes..., todo ello enmarcado por una cabellera roja idéntica a la de Corail. Parecía estudiarlo con gran interés.
Pensé que eras una dama porque os sorprendí besándoos a ti y al de negro junto al carruaje, pero ya veo que no. Es una tremenda falta de protocolo hacer esas cosas en público, ¿lo sabías? En fin, tú debes ser mi dotado. Mi respetada madre me dijo que te reconocería por el color de tu pelo y tus ojos.
Después de aquel discurso, caracterizado por una madurez poco acorde con sus años, el niño elfo se acercó para inspeccionar al joven aún más de cerca. Caradhar se sintió violento; el momento que deseaba evitar a toda costa, su confrontación con el Maede de Casa Elore'il, había llegado.
No te inclinas. Bueno, mi respetada madre también me avisó de que era probable que lo olvidaras. Lo pasaré por alto. ¿Por qué besabas al de negro? Pensaba que era algo propio de damas y caballeros. —Caradhar no respondió—. No eres muy hablador tampoco. Tengo sueño, así que ven a acostarte, y no te olvides de llegar más temprano en el futuro. Te han preparado la cama junto a la mía; no tardes.
Eh... Velaré vuestro sueño desde esta habitación contigua, si os place.
Ah, sí que sabes hablar. Lástima que digas cosas desafortunadas. No, eres mi dotado y debes compartir mi aposento, es lo apropiado. Por cierto, mi respetada madre me aconsejó que te permitiese dirigirte a mí de una manera menos formal cuando estuviésemos en privado —añadió, con el tono de quien otorgaba una alta merced, antes de cruzar la puerta.
Caradhar quedó confuso durante un buen rato. Lo sacaron de su perplejidad los jadeos sofocados de Sül, que contenía la risa a sus espaldas.
Has tenido el honor de conocer a nuestro Maede —se burló, en voz baja—. Te ha dejado mudo, ¿a que sí? Pues déjame decirte que formáis un dúo encantador. Te envidio bastante, yo también quisiera tener un hermanito tan adorable. Es tu oportunidad para hacerte amiguito suyo.
El dotado juzgó que no eran el momento ni el lugar para sacarle de su error y se limitó a suspirar.
No esperaba tener que pasar la noche con él. Mis planes eran muy diferentes.
¡Je! ¿Tu plan de la mesa de trabajo? Mala suerte, otra vez será.
O podría hacerlo de todas maneras. Al fin y al cabo ya nos ha visto besándonos, y no pienso esconderme de aquí a la eternidad solo porque un crío...
¿Y que la Maediam me cuelgue por las pelotas? Nooo, gracias. —Empujó al dotado hasta la habitación del niño—. Buenas noches, nodriza.
Afirmar que Caradhar entró con reluctancia habría sido poco. El pequeño ya estaba acostado, acompañado por su dama de compañía. La elfa sonrió, se inclinó ante su joven señor y dejó el campo libre para consternación del dotado, que habría preferido no quedarse a solas con él. El chiquillo lo miró con curiosidad mientras se descalzaba y se tendía en un lecho más modesto.
¿No te desvistes para dormir?
Mis disculpas, lo haré cuando consiga ropas de alcoba adecuadas.
¿Quieres decir que no tienes?
No las he traído conmigo.
¿Pensabas dormir vestido?
Eh... Algo así.
Caradhar se imaginó a la perfección el estallido de carcajadas de Sül al escuchar sus pobres réplicas. El joven Maede hizo una pausa silenciosa; luego volvió a la carga.
No te has presentado. ¿Cómo te llamas?
Caradhar.
Yo soy Navhares, según sabrás. No tienes por qué nombrar mis títulos mientras estemos solos, puedes referirte a mí como mi vanim —concedió, con un tono magnánimo que a duras penas escondía el reproche. Caradhar no había llegado a usar tal fórmula de cortesía—. Muéstrame tu Don.
El muchachito rebuscó bajo el lecho y extrajo un estilete. Ya se disponía a perforar con él su dedo índice cuando la mano del dotado, más rápida, inmovilizó la pequeña muñeca que sostenía la hoja.
Se supone que no debéis jugar con armas. —Tras una pausa, se apresuró a añadir—: Mi vanim.
¿Y cómo me mostrarás tu Don sin una herida que puedas curarme?
Para eso se precisa un corte, no dos.
Tras arrebatar el arma de los pequeños dedos, la aplicó a lo largo de la palma de su mano; la herida se cerró al instante, reabsorbiendo casi toda la sangre. Navhares deslizó el dedo sobre el trazo rojo restante, comprobó que la piel de debajo estaba intacta y lanzó una mirada calculadora a su yema teñida. Sin pensarlo, se la llevó a los labios.
¿Por qué hacéis eso? —inquirió Caradhar.
Es agradable, cosquillea en la lengua. Si el corte hubiera sido en mi propia mano, la habría chupado. Me gusta comprobar con mis propios ojos que el Don funciona, me hace sentir protegido. —Había tal seriedad en sus palabras que el adulto no pudo sino admirarse—. Los dotados sois un regalo de los dioses, es lo que dice mi respetada madre. Pero en una cosa te diferencias tú de los demás: eres rápido. Ellos no me detuvieron a tiempo antes de que me hiriese. Bueno, durmamos. Buenas noches.
Caradhar permaneció despierto, los ojos fijos en el techo de la alcoba. Cuando se decidió a girarse, observó que el chico se había dormido con la manita sobresaliendo del colchón y los dedos enredados en sus melena roja. Los apartó con tiento, los reintegró a su propio espacio y suspiró. Aquel no era precisamente el compañero de cuarto con el que había planeado pasar un buen rato.
En algún momento de la noche debió caer dormido, pues la dama de compañía lo despertó al amanecer, antes de auxiliar a Navhares en la tarea de vestirse.
Deben acompañar al Maede al laboratorio —le advirtió la elfa—. El asistente de nuestro Gran Alquimista se encuentra allí, supervisando el lugar, y vuestra... escolta ya está al corriente y os espera. Adecentaos, por favor, nos marcharemos enseguida.
Primero me llevaréis a conocer la ciudad. Mi respetada madre me lo prometió.
Será como digáis, mi vanim.
De manera que Caradhar se vio forzado a servir de guía durante el resto de la mañana para un noble demasiado ampuloso para su diminuto tamaño. Por suerte Therendanar no guardaba secretos para él y, aunque su experiencia entreteniendo niños era nula, sabía qué lugares eran dignos de ver. Además, a Navhares no le importaban sus modales bruscos, su falta de deferencia y su lenguaje no adaptado a oídos infantiles; de hecho, se acostumbraba cada vez más a ellos, como si la escasa sociabilidad de Caradhar le resultase un soplo de aire fresco en medio de una caterva de respetuosos vasallos, y a la hora del almuerzo ya lo cosía a preguntas indiscretas, le tiraba de la manga con familiaridad y le pedía que lo aupase para disfrutar de mejores panorámicas.
¡Qué ancho es el río! ¿Por qué huele tan fuerte? ¿Por qué son tan grises y bastos los muros humanos? ¿Haces también con el de negro las actividades de alcoba que me prohiben mirar? ¿Las que hacen quejarse a las elfas igual que si les doliese? En cierta ocasión descubrí a una de mis nodrizas con uno de los guardias. No se lo dije a mi respetada madre porque los habría castigado y yo me sentía mag-náni-mo ese día. ¿Quién se queja de los dos, el de negro o tú? ¿Eso de ahí es un mercado? ¿Por qué no podemos bajar? No quisiera tener que recordártelo, pero soy tu Maede y conviene que me complazcas.
Las vistas eran magníficas desde el adarve del castillo; permitían apreciar a la perfección la espiral descendiente de los diferentes niveles de la ciudad, con su ancho camino de piedra, sus mansiones, sus casas de madera y sus explanadas. Aunque en un principio Caradhar había pretendido circunscribir el paseo a aquellos muros, el descubrimiento de las decenas de puestos y las banderolas de colores del bullicioso mercado había excitado la imaginación del Maede. Finalmente tomó prestado un carruaje discreto y complació sus exigencias por una corta vuelta en torno a su emplazamiento.
El paseo fue cualquier cosa menos silencioso, punteado por una batería de preguntas del curioso Maede. El dotado vio puesta a prueba su paciencia, y aún más cuando Navhares, incumpliendo su palabra de permanecer dentro del vehículo y a salvo, aprovechó una parada para saltar a observar de cerca los juguetes mecánicos de un artesano local. Acostumbrado a los respetuosos distanciamientos de los elfos, poco se esperaba los empujones y pisotones de una marea de humanos que no distinguían su nobleza, sino que solo veían a un crío embozado entorpeciendo el paso.
Para admiración de Caradhar, la dama de compañía se materializó junto al chico antes de que nadie más alcanzase a reaccionar y le sirvió de escudo. La siguieron los guardias. Él también se bajó a toda prisa y se interpuso entre Navhares y un paseante iracundo que preparaba un discursito contra los mocosos metomentodos; el pequeño elfo soltó a su acompañante femenina y se aferró a la cintura del dotado.
Es vuestra obligación ser responsable, sois el Maede —le espetó este—. Avergonzaos de poneros en peligro por un simple capricho.
Solo quería mirar... Nunca he visto juguetes así y es mi primera salida de la Casa y...
Perdido el arrojo, Navhares se había convertido en un niño asustado. Caradhar lo condujo al carruaje sin ninguna deferencia y lo devolvió al castillo para su visita al alquimista. Mientras se dirigían al ala de los laboratorios, se preguntó qué asuntos podrían llevar a un crío a semejante lugar de Therendanar. Era evidente que se le concedía la deferencia de su rango, dado que el Gran Alquimista en persona, Maese Torbinnus, aguardaba tras las puertas del Gran Laboratorio. Él, el alquimista elfo que había viajado con ellos, Navhares y su dama de compañía se retiraron a una sala privada. Desde fuera se oyó el sonido de los cerrojos.
¿Qué significa esto? —preguntó Caradhar a Sül, quien se había reunido con él.
Debemos esperar aquí a que nuestros respectivos alquimistas lleven a buen puerto el asunto que se traen entre manos. Parece que los humanos prometieron a Casa Elore'il una determinada fórmula si lograban restablecer sus derechos en Ummankor.
¿Y en qué concierne eso al Maede?
Obviamente la fórmula tiene relación con él, pero sé lo mismo que tú. Esa elfa de sonrisa zorruna me dijo que hemos de montar guardia, esperar y ver. Estoy convencido de que es Darshi'nai.
¿La dama de compañía? ¿Cómo lo sabes?
Me lo dicen las tripas. La manera en que escudriña su entorno, cómo camina y está atenta al menor sonido... No pasas tantos años dedicándote a esto sin que desarrolles un sexto sentido. En fin, mejor que nos pongamos cómodos.
La sugerencia de Sül caló en Caradhar. Explicaba la rapidez de la elfa al acudir junto al Maede, el sutil retroceso para guardarle las espaldas cuando él se interpuso. Corail se preocupaba en extremo por la protección de su heredero; un pensamiento que habría despertado sus celos si hubiera sido capaz de sentirlos y si Sül, su propio Darshi'nai, no se hubiese encontrado allí, a su lado.
Aquella noche, cuando Navhares fue devuelto a sus aposentos, halló un espectacular dragón mecánico de color corinto sobre su colchón. Sus ojos de idéntica tonalidad se iluminaron con esa luz que solo los niños despedían, sus manos corrieron a toquetear el juguete. Sin embargo, en cuanto Caradhar hizo su entrada, se centró en atraerlo y mostrárselo, como si el hecho de compartir el juego fuese igual de importante que el regalo en sí. No lo creyó cuando el dotado le explicó que no lo había comprado él. Y de hecho, así era: fue Sül quien, tras oír del incidente en el mercado, se acercó al puesto y consiguió el artefacto más llamativo de todos. El Sombra le susurró más tarde que no merecía la pena sacar al joven Maede de su error. «Mira qué contento está», afirmó, «se ha encariñado rápido contigo. Y hay que llevarse bien con la familia, ¿no?».
La ingenuidad de Sül al respecto extrañaba a Caradhar en la misma medida que el interés de Navhares. En cualquier caso, la obligación de hacerse cargo del Maede se vio interrumpida después de su siguiente visita al laboratorio. Tres días permanecieron cerradas las puertas. Tres días de comidas servidas en bandejas y descansos poco reparadores en sillas frente a la entrada, sin nadie que les ofreciese una explicación sobre lo que hacían en su interior, hasta que el Gran Alquimista, Maese Torbinnus, las cruzó y las cerró de nuevo tras de sí. Estaba más pálido y ojeroso que de costumbre, lo cual no era decir poco.
El Maede precisa reposo —comunicó a los elfos presentes en la sala—. Será conducido en breve a sus aposentos, así que ya no han de esperar aquí.
Con esta indicación de que se marchasen, Maese Torbinnus se retiró a descansar. Caradhar y Sül aguardaron durante algún tiempo antes de rendirse y desandar el camino hasta los alojamientos del embajador. Estaban agotados pero por nada del mundo habrían dejado que los venciera el sueño, pues deseaban averiguar el propósito de todo aquello. Al fin se oyeron pasos y voces quedas en el cuarto del Maede. Caradhar no esperó a recibir invitación; se presentó ante los recién llegados al instante, seguido por Sül.
Lo que vieron los dejó perplejos. Junto al asistente del Gran Alquimista de Elore'il y la dama de compañía había un elfo joven, casi de la edad de Caradhar. Tenía su rostro una palidez cadavérica, la frente cubierta de sudor y los cabellos rojos, largos hasta debajo de la cintura, húmedos de transpiración; la elfa se ocupaba de que estuviese cómodo en el lecho. Era, sin lugar a dudas, una versión juvenil del niño que había cruzado las puertas del laboratorio tres días antes. Sül se estremeció. La semejanza con Caradhar era tan notable... ¿Y si alguien más se daba cuenta?
El joven abrió entonces los ojos oscuros y dijo, con una voz débil aunque definitivamente adulta:
Caradhar, estás aquí... Qué lastima que no sea una herida, me pondría mucho mejor porque tú la sanarías. Ahora he de aguantar el malestar, ser valiente como... mi respetada madre me encomendó. Quisiera dormir. Tienes que venir a velar mi sueño, no lo olvides. ¿Está bien si... conservo mi dragón? Sé que ahora soy mayor, pero...
Ya fuese por efecto del sueño o de la inconsciencia, el joven elfo volvió a cerrar los ojos. Caradhar y Sül —este último igualando en palidez al muchacho postrado en la cama— no acababan de aceptar lo que veían los suyos. El dotado era alquimista, había oído hablar de fórmulas que servían para acelerar el proceso de crecimiento normal. Incluso Sül, que no estaba familiarizado con las artes del laboratorio, intuía la verdad, si bien se negaba a aceptarla debido a que era demasiado atroz para ser cierta. Sintiéndose enfermo, huyó de la alcoba.
Mucho más tarde, Caradhar localizó una solitaria figura de negro encaramada en lo alto de un muro, absorta en contemplar las estrellas. Aunque no le fue fácil, trepó junto a él y se sentó a su lado, sin molestarse en romper el silencio. Fue Sül quien lo hizo por él tras un largo rato.
Intento entender... Intento entender qué justificación puede tener una madre para hacerle eso a su hijo. Acepto que la mía me dejara tirado en la cuneta, siempre me he obligado a pensar que tendría sus razones. Estoy dispuesto a aceptar muchas cosas, pero ¿esto? —Al ver que Caradhar no replicaba, se enfureció—. Y tú, ¿no dices nada? ¿No crees que es monstruoso, a tu propio hermano...?
En la cabeza de Caradhar resonó la voz de Corail, de vuelta a la conversación que mantuvieron poco antes de su partida de Argailias: «Neharall ha muerto, solo tú y yo conocemos el secreto. No debe saberlo nadie más». Un extraño estremecimiento recorrió su cuerpo y se concentró en su estómago, como una enorme roca. «Solo tú y yo. Nadie».
Nadie...
No es mi hermano —se oyó decir el dotado. El peso de su estómago desapareció.
¿Qué?
Corail no concibió con su marido. Nunca pudo, tras tenerme a mí. ¿Recuerdas a la sirvienta muda que solía acompañarla hace años?
Sí —Sül tragó saliva—. Se esfumó más o menos cuando te marchaste.
Corail representó una farsa. Se apropió del bebé de la muchacha, que estaba encinta, y lo hizo pasar por su hijo. Tu... tu maestro la ayudó. Era el único que lo sabía.
Un silencio atronador se alzó entre ambos jóvenes. Al final, Sül se atrevió a preguntar, a pesar de que temía la respuesta:
Si no es su hijo, ¿cómo es que tiene ese aire a ti?
Porque soy su padre.
Sül se tambaleó, aquejado por una repentina oleada de vértigo. Habría caído de su precario asiento si su compañero no lo hubiese sujetado por el brazo. Lejos de agradecérselo, el iracundo Sombra se sacudió la mano y siseó, con tono venenoso:
¡Todo esto es genial, sencillamente, genial! Hijo de la Maediam, de mi neidokesh, padre del Maede... ¿Algún secretillo más del que debiera estar al tanto, Caradhar? ¿Tal vez fue tu madre la que me abandonó al nacer?¿Todo este tiempo me he estado follando a mi propio hermano? —El dotado no reaccionó al sarcasmo—. ¿Cómo has podido prestarte a esa mierda?
No lo sabía; ni que la chica estaba embarazada, ni lo que Corail planeaba hacer con el crío —respondió, con una voz carente de emoción—. Pensé que podría huir de todo cuando vine a Therendanar. ¿Lo recuerdas? Fuiste tú quien me dijo que no había escapatoria.
Sül apretó las mandíbulas. Le habría sido difícil asumir la participación voluntaria de Caradhar en las maquinaciones de la Maediam, pero le resultaba aún más monstruoso que las aceptara con esa pasividad, como si no le importase nada. Agarró al dotado por el cuello y lo obligó a volverse hacia él.
Caradhar, en estos años, ¿nunca has querido gritar? ¿Destrozar algo? ¿Golpear a alguien? ¿Nunca has experimentado la necesidad de llorar?
La reacción esperada por el Sombra no llegó; el dotado no parecía entender el porqué de sus preguntas.
¿Llorar? Quizá al principio, cuando era niño y Darial me hacía daño. Después me acostumbré.
El espía cerró los ojos.
Siempre me preguntaba por qué no me hablabas nunca de lo que sentías, cuando hasta el cabrón de mi neidokesh dejaba caer confesiones las veces que agarraba una curda. ¿Será porque tú no puedes ni emborracharte? No, no lo creo. Empiezo a sospechar la causa: que no tienes nada de lo que hablar en absoluto.
»He cruzado la línea. He perdido la cabeza por ti y te ofrecería mi vida sin vacilar, pero necesito saber que no estás hecho de piedra por dentro, que te dolería no volver a verme. Necesito que me necesites. Si para ti no soy más que un animal amaestrado, un polvo convenientemente a mano cuando te vienen las ganas u otra rareza con la que compartes cierta afinidad debido a que los dos hemos tenido una mierda de vida; si vas a seguir ocultándome cosas como que tienes un hijo..., entonces haré uso de la libertad que me ofreciste, me marcharé y me obligaré a no volver a verte. Soy avaricioso, lo sé. Aunque tengo más de lo que nunca tuve, todavía no me basta.
Considerando el silencio de su compañero una negativa a sus súplicas, Sül se incorporó. Ignoraba de dónde sacaría las fuerzas para apartarse.
Ya veo —continuó—. Está claro que Neharall estaba en lo cierto, no tengo los redaños para ser Darshi'nai. Jamás me endureceré lo suficiente para alcanzar el nivel de tu familia, ni...
Caradhar lo sujetó por el tobillo.
Me sentía avergonzado —confesó, con reluctancia—. Me avergonzaba mirar al Maede y aceptar que yo era su padre, me avergonzaba que lo averiguaras y me despreciases. ¿Te acostarías con alguien a quien hubiesen utilizado de todas las formas imaginables, incluyendo esa? Después de lo que me has visto hacer, hay veces que me pregunto cómo soportas que te toque.
Las cejas de Sül se fruncieron en una mueca de amargura. Hincó una rodilla y presionó su frente contra la de Caradhar.
Eres el único —prosiguió este— con el que he deseado dormir cada noche. Eres el único a quien le he permitido hacerme tantas cosas. No quiero que te marches. No sé qué palabras debo usar, pero no quiero que te marches.
La batalla interna del Sombra era dura. Aunque aquellas no eran las palabras que pretendía oír, algo le decía que Caradhar había llegado a su límite. Quizá exigía más de lo razonable a alguien que nunca podría darle lo que quería: todo, sin reservas. Dejó escapar un suspiro y se rindió; porque era lo que anhelaba, porque le resultaba más sencillo que abrirse el pecho y vaciárselo. Su capitulación vino con un beso correspondido con pasión, con hambre, rozando la furia. Volaron las manos a arrancar los cierres de la ropa, a buscar la piel. Llegado a un punto, el dotado las introdujo bajo la cintura del Sombra y hurgó entre sus nalgas.
¿Estás loco? —protestó Sül cuando se las arregló para proferir algunas palabras—. ¡Estamos en un muro! ¿Quieres que nos... abramos el craneo? De acuerdo, pero... ugh.. busquemos otro sitio...
A duras penas consiguió guiar a su pareja a un rincón apartado y oscuro, donde Caradhar lo desnudó lo imprescindible para penetrarlo sin hacer concesiones a la gentileza. Hincó Sül los dientes en su mano para no gemir en voz alta mientras resistía los embates contra la pared; su compañero se detuvo, usó la boca de mordaza y luego reanudó sus acometidas con algo más de gentileza. Sus manos resbalaron de las caderas al bajo vientre de Sül y se demoraron allí, en una placentera cadencia de idas y venidas...
Los labios de Caradhar bebieron el sonido amortiguado del grito de Sül al culminar. No tardaron mucho en brindarle el suyo propio.
Durante aquellos escasos momentos, el Sombra comprendió algunos hechos importantes sobre el dotado. En su limitado mundo le habían sido negados casi todos los placeres. Jamás había saboreado la comida o la bebida ni se había embriagado con el vino. Nunca habría de aspirar el olor de la lluvia, el perfume de una dama o el cálido aroma que emanaba del cuerpo de un amante. El sexo era su fuente de goce, el deleite al que aferrarse en una existencia de indiferencia o dolor, el medio para expresar sus sentimientos, su deseo, su frustración y, a veces, su rabia. Allí, en un callejón en penumbra, con ambos cuerpos fundidos en un abrazo desesperado, quiso creer que aquella era su forma, la única que conocía, de decirle que lo amaba.
De vuelta a su alojamiento, Sül interrogó a Caradhar sobre algo que espoleaba su curiosidad desde hacía mucho tiempo.
Cuando tu p..., cuando Neharall cayó, te acercaste a susurrarle algo al oído y él sonrió. Me gustaría saber qué era.
Le conté que, aunque su sangre no fuera Darshi'nai, ya se sentaba en el sitial de una Casa noble.
Sí. —El Sombra sonrió—. Ignoro por qué tenía la impresión de que estaba conectado con esto, y veo que no iba desencaminado. De alguna manera, hace que me sienta mejor.
Se detuvo, tiró de Caradhar y lo besó, acompañando la caricia de una simple palabra:
Gracias.

No bien el Maede recuperó las fuerzas, emprendieron el camino de vuelta a Argailias. Ya en Casa Elore'il, el transformando Navhares sumió a su séquito en un estado de franca admiración. Tal era el poder de la ciencia de los alquimistas humanos, quienes, atrapados en cuerpos cuya esperanza de vida era escasa e incierta, no poseían más anhelo que doblegar el flujo del tiempo.
Corail dio la bienvenida a su supuesto hijo con igual asombro y con toda la devoción de una entregada madre. A su cargo quedaba desde entonces la tarea de hacer que el apuesto exterior del joven casara con la escasa experiencia de un niño elfo de nueve años. Un niño excepcionalmente inteligente y maduro..., pero un niño, en definitiva.
En cuanto a Caradhar, aquella misma noche abordó a su madre a la entrada de los aposentos de su heredero, le retorció la muñeca y la condujo aparte. Sin previo aviso, abofeteó a la elfa con tanta fuerza que la arrojó al suelo. Ella se cubrió la mejilla lastimada, muda de asombro, si bien no se atrevió a replicar. Era la primera vez que Caradhar le ponía la mano encima, y lo hacía, además, a pesar de hallarse bajo los efectos del elixir que otorgaba la voz de mando. En ese instante recibió la confirmación definitiva de lo que su hijo era capaz.
El joven se arrodilló junto a ella y la sujetó por el mentón. Aunque su expresión era glacial, la dama creyó entrever una ligerísima chispa de cólera, un pequeño fuego ardiendo en lo profundo de sus ojos rojos. La imagen de su último encuentro a solas, el día que acordaron disponer de Neharall, se presentó con nitidez en los pensamientos de ambos. Se repitió también el beso, más violento que lascivo. Ella no se resistió.
Corail —dijo él. Su voz era fría y comedida, y hablaba tan cerca de su rostro que sus bocas se rozaban—. Si vuelves a disponer de mí o de quienes me conciernen sin mi consentimiento, lo lamentarás.
La acarició de nuevo con un último beso, suave hasta extremos desconcertantes, y abandonó el lugar. La estremecida Maediam aún permaneció en el suelo un largo rato, con la mano en los labios.

Cuando la estación trajo sus primeros días largos y soleados, se anunció el compromiso de la única hija del Sennim de Argailias con Navhares, Maede de Casa Elore'il.






Anterior                                                                                                                        Siguiente








2017/11/27

EL DON ENCADENADO XIV: A veces las heridas no se cierran



Una luz difusa brillaba más allá de sus párpados. Sül abrió los ojos y distinguió la familiar figura de Caradhar suspendida sobre él; su rostro, siempre tan inexpresivo, mostraba una diminuta sonrisa. El Sombra se preguntó si ese era el aspecto que tenían los espíritus bienaventurados servidores de los dioses mientras contemplaban a los mortales desde las alturas.
¿Estoy muerto? Debo estarlo, ¿no? Las deidades me admiten entre ellas...
No, he vertido mi sangre dentro de ti y ha surtido efecto. Si ya no sientes dolor, debe haber sanado la corrosión. Tendremos que repetirlo cada vez que tengas una crisis y hasta que la toxina deje de estar activa, pero...
Jerga de alquimista cuando me esfuerzo por ser poético. No, es obvio que no estoy muerto. Eso que me has contado... ¿Sabías que funcionaría?
No. Nunca había hecho nada así.
Ya. O sea, que arriesgaste mis últimos momentos contigo en el mundo de los vivos para utilizarme de animalillo de laboratorio y probar si tu teoría funcionaba.
Caradhar lo miró sin comprender. Sül suspiró, tomó al pelirrojo por las sienes y lo besó con todo el sentimiento que circulaba por su cuerpo.
Aunque solo sea una tregua antes de que empiecen a darme caza, te agradezco que me concedas este tiempo extra. —Se miró las manos y comprobó que también estaban curadas—. Vaya, te has empleado a fondo. No sé qué decir, salvo que... lo poco que queda de mí te pertenece, Adhar. Ya sabes que ha sido así desde hace mucho tiempo.
Sül se dejó caer sobre él, frente contra frente. La mirada de Caradhar reflejaba esa perplejidad suya tan característica, ese mutismo testarudo de no saber lidiar con confesiones ni sentimientos. Sonriendo con melancolía, el Sombra se levantó del catre y buscó algo de ropa para ambos.
¿Recuerdas que te prometí la mejor habitación disponible en la ciudad? Como no sé si podré cumplir mi promesa más tarde, te la enseñaré ahora. Vámonos, quién sabe cuándo regresará mi neidokesh.
Fuera del refugio, el cielo pintado de luces crepusculares anunciaba que la noche estaba próxima. Sül guio a su compañero hasta el Distrito de los Mercaderes, una franja ancha y eficiente que circundaba a la de los Nobles. Tras elegir un sitio accesible para trepar, ayudó al dotado a ascender con él hasta la cúspide de la torre del antiguo Templo de la Luna. Una plataforma con un tejadillo que descansaba sobre cuatro columnas la sustentaba, otras tantas barandas de piedra protegían al improbable visitante de una caída al vacío. Aunque el viento cortaba con la rotundidad del acero, la vista sobre Argailias era arrebatadora, en especial la impresionante estampa del Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas que se desplegaba ante los ojos de los elfos.
El palacio debía su nombre a las cuarenta y nueve torres que se alzaban en su centro, rematadas todas ellas con pequeñas cúpulas hechas de piezas de vidrio ensambladas. De la cúpula que servía de eje, la más elevada, partían todas las demás en una espiral descendente. Por el día refulgían como la plata bruñida bajo el sol; de noche únicamente eran iluminadas durante los grandes eventos, pero la cúpula central siempre brillaba con la claridad de la luna llena gracias a las luces que encendían en su interior. Era un espectáculo hermoso que Caradhar nunca había contemplado en toda su grandeza, y aquel era el mejor lugar de toda la ciudad para hacerlo. Reclinado sobre la baranda, observó cómo la luz de la gran cúpula se hacía más y más brillante a medida que el cielo se teñía de violeta.
Comenzó a llover. La lluvia formó una fina película —cuatro etéreas láminas de cristal— al caer desde las vertientes del pequeño tejado, convirtiendo el palacio en una visión nebulosa envuelta en una aureola de plata. Caradhar se preguntó por qué no había reparado antes en aquella belleza.
Desde su rincón junto a una columna, Sül no prestaba atención a aquella panorámica que ya había admirado en muchas ocasiones: lo que observaba con arrobo era el rostro de expresión concentrada y cabellos en desorden, flotando a su alrededor igual que una cortina de hilos de seda carmesí. Al apartar un mechón que se le había colado entre los labios entreabiertos, sus dedos fríos le rozaron la piel. Caradhar los sujetó antes de que los retirase, los sostuvo frente a la boca y los bañó con una bocanada de aire caliente. Sül lo miró a los ojos, hipnotizado, ajeno a la forma en que le estaba guiando las manos gélidas hacia el interior de su camisa hasta que no sintió el calor de su abdomen directo sobre la piel, la contracción de sus músculos por el contraste de temperaturas. A diferencia de ellos, sus facciones no mostraron reacción alguna, como si las hubiesen extraído de un bloque de mármol. Ah, pero era un mármol tan bello... Notó el ardor de sus propias mejillas, el cosquilleo que subía desde su vientre a la boca de su estómago con la intensidad de una corriente eléctrica. Atrajo al dotado hacia sí y se desplazó bajo sus ropas para trazar la línea de su columna y para sumergirse, a un tiempo, en el valle entre su cadera y su pubis. Evitaba a propósito su sexo, intrigado por saber hasta qué punto era capaz de despertar su pasión a base de simples caricias. Porque sabía que siempre comería de la palma de su mano. Porque quería provocar, de la única manera que conocía, que Caradhar lo deseara y lo necesitase.
El pelirrojo entrecerró los ojos, le hundió el índice y el corazón entre los labios y los removió para que los lamiese; esa sonda resbaladiza corrió entonces a la otra entrada del cuerpo de Sül, oculta entre sus nalgas, y se zambulló a través de sus frunces hasta que varios gemidos ahogados anunciaron que había localizado lo que buscaba.
Nnn... ah... No es justo —protestó el Sombra, sin mucha convicción—. Yo no iba al grano... todavía...
Tuvo que aferrar las caderas de Caradhar para no perder el equilibrio. Terminó empujándolo hacia una columna y atrapando su cuerpo contra la piedra. Ante la tentadora proximidad de su boca jadeante, el dotado la acarició con la punta de la lengua.
Adhar, si sigues haciendo eso... me correré antes de que me... Ah... Métemela...
Resbalaron hasta el suelo. Un par de manos colisionaron al tantear ambas entrepiernas y comprobaron, con placer, que estaban rígidas. Intercambiaron caricias. Sül soltó los cierres de las calzas de Caradhar y expuso su bajo vientre; este hizo lo propio con las prendas oscuras del Darshi'nai, lo colocó a horcajadas sobre él y gobernó sus caderas mientras se abría camino pulgada a pulgada. En respuesta, su amante se asió a una nuca cubierta de hebras enmarañadas y lo besó con fruición, como se saborea algo que se lleva deseando mucho tiempo. Pronto su cuerpo halló su propio ritmo ondulando sobre el regazo de Caradhar.



Aún seguían allí sentados mucho más tarde, dos cuerpos entrelazados para protegerse del frío; Sül, reclinado sobre el pecho de Caradhar; este, con las piernas acopladas en torno a su cintura y los dedos curiosos bajo su camisa, delineando las escarificaciones.
No veo cómo voy a salir de esta, Adhar. Aunque mi neidokesh me haya concedido algunas horas de gracia, quizá para que pudiese palmarla en paz, pronto tendrá que presentar mi cadáver o darán parte al Círculo Interno de Darshi'nai. Antes de que ocurra eso y ponerte a ti también en el punto de mira, prefiero entregarme.
Podríamos marcharnos.
Me encontrarían. Nunca abandonan una búsqueda y sus garras alcanzan pueblos y ciudades. Mal momento, además, para viajar al norte, donde con toda probabilidad nos ejecutarían por espías.
Podríamos ir a los bosques.
Eres encantador —se burló Sül, cosquilleando las piernas que lo rodeaban— pero tú no has dormido al raso en tu puñetera vida. Se cuentan historias extrañas de los bosques.
Quizá tu maestro planea dejarte marchar. Por lo que me dijo, habría preferido conservarte si le hubieran dado a elegir.
No, él nunca haría eso. Aunque yo firmé mi contrato con el Maede Larsires de Llia'res poco antes de conocerte, él es Darshi'nai de la Maediam Corail desde hace muchísimos años y nunca se atrevería a cuestionarla. Está completamente encoñado, ¿sabes? Cierto día me contó, en medio de una borrachera descomunal, que en su juventud habían sido amantes. ¿Te lo puedes creer? Amante de una elfa como ella, que será una belleza pero tiene un palo metido por donde el sol no brilla. Después me advirtió que más me valía no contárselo a nadie, que si ella llegaba a enterarse le ordenaría rajarme la barriga y después lo forzaría a ahorcarse con mis tripas, o algo así.
¿Y por qué era tan importante que no se supiera? Corail ha debido de tener otras aventuras.
Ah, es que ella fue Doncella de la Luna en su juventud y le consagró su castidad a la diosa, ¿no lo sabías? Una de las razones por las que el Maede Killien se casó con ella, aparte de su belleza y su rango, era el prestigio de desposar una esposa virginal con un cargo honorable. ¡Virginal! —Sül relinchó de risa—. Me pregunto cómo se las arreglaría para engañar al pobre gilipollas durante la noche de bodas. Mi neidokesh juraba y perjuraba, hinchado de orgullo, que él era el único elfo que alguna vez la había tocado.
Las uñas de Caradhar se crisparon sobre la espalda de su compañero. Este notó a través de sus ropas el golpeteo de su corazón latiendo a toda velocidad. Su rostro había perdido toda movilidad; su mirada vacía estaba perdida en ninguna parte.
Adhar, ¿qué pasa? —Se giró y sacudió al pelirrojo por los hombros—. Adhar... ¡Caradhar!
El aludido volvió en sí. Sus ojos rojos se enfocaron en Sül.
Nada. Creo que he averiguado, al fin, quién es mi padre.

Caradhar no había vuelto a poner un pie en el interior de los muros de Casa Elore'il desde hacía casi nueve años. No retornaba por propia elección, sino porque no veía otra forma de resolver las cosas. Sül se había echado a temblar al escuchar la noticia; no se lo habría permitido de no ser por su convencimiento de que no merecía la pena huir de Argailias. Pertrechados con mantos que los ocultaban habían dirigido sus pasos hacia la noble Casa, donde el dotado exigió una entrevista con la Maediam. Tras una larga espera, les fue franqueada la entrada a la estancia más privada de Corail. Caradhar se despojó de su embozo y entró con paso firme. Sül le siguió de cerca, como una sombra.
Cuánto tiempo, Caradhar, has crecido —dijo elfa tras acercarse a examinar a su hijo. Ella no había cambiado en absoluto; conservaba la belleza y la majestuosidad que siempre había atraído e intimidado a todos—. Me alegra tanto que hayas vuelto...
Tengo algo que pedir —le espetó el joven, con voz impasible—, y no voy a admitir un no por respuesta.
Después de nueve años sin ver a tu... Maediam, regresas en los mismos términos en los que te fuiste, sin darme posibilidad de réplica. Supongo que crees que no me duele, pero lo hace, no te imaginas cuánto...
Corail, que siempre había sido alta, tenía ahora que alzar un poco los ojos para poder mirar al joven a los suyos, fríos y decididos. Posó la mano en su antebrazo y luego subió a acariciarle la mejilla. Le resultaba frustrante no disfrutar de un momento más íntimo con su hijo en aquella Casa llena de espías; el primero de ellos, Sül, estaba allí mismo, aún cubierto con la capucha que ensombrecía sus facciones. Como si acabara de percatarse de su existencia, la dama preguntó:
¿Es quien creo que es? Descúbrete cuando estés ante mí, chico. —El Sombra obedeció y levantó la cabeza muy despacio—. ¿Cómo es que no estás muerto? Creo que tu maestro fue muy claro respecto a cuáles eran tus órdenes, y tu vanim canceló su contrato contigo.
El contrato de sangre de Sül será conmigo y tú... vos no haréis nada para impedirlo; ni ahora, ni en el futuro. Consideradlo mi pago por los nuevos servicios que he prestado para vuestra familia, mi vaiam.
¿Por qué te marchaste, Caradhar? —La dama se alejó algunos pasos y tomó asiento—. Respeté tu elección y me privé de tu compañía para darte tiempo, a pesar de lo importante que eres para mí.
Vos sabéis por qué.
Justo porque lo sé te digo que me resulta difícil comprenderlo. Aquí está todo lo que necesitas, lo que de verdad vale algo, y tú renuncias a ello durante años para convivir con humanos. Y ahora, habiendo tanto en juego, ¿me culpas, acaso, por tratar de evitar la proximidad de los extraños? —Apuntó al Darshi'nai—. ¿Por proteger nuestros secretos?
Sül ha arriesgado la vida por mí. Nunca he conocido a nadie más digno de mi confianza y sé que no me traicionaría. Si aun así no queréis condescender a que permanezca en Argailias, entonces permitidnos marchar en paz y para siempre. Porque no voy a renunciar a él. A cambio de cuanto os he dado, esto no me lo quitaréis.
Sabe demasiado. ¿Que harías si le ordenara que se quitase su propia vida? —preguntó, con una serenidad que contrataba con la gravedad de sus palabras—. Podría hacerlo. La ley Darshi'nai estaría de mi parte.
No se lo permitiría. Me desangraría sobre él, si fuera preciso, y vos perderíais vuestras útiles marionetas. Sabed vos que una única cosa es cierta, mi vaiam: hacedle daño y jamás volveréis a utilizarme.
Y si transijo, si te entrego su vida, ¿te quedarás en Elore'il con nosotros? ¿No volverás a abandonarnos a tu Maede y a mí?
Caradhar respondió entonces, con voz calmada y sin inflexiones:
Mientras él esté a salvo.
Corail no daba crédito a su fortuna. Contra todo pronóstico, el joven Sombra había pasado de ser un fastidioso capricho de su hijo a convertirse en la cadena que lo ataría a ella. Caradhar no parecía consciente de ello, pero Sül sí, y sus ojos inquisitivos se clavaron en su compañero en tanto este esperaba la contestación de la que dependía su futuro. El dogal de su cuello se volvía más recio que nunca.
Será como tú deseas —dijo ella—, si bien estará obligado a celebrar un nuevo contrato de sangre contigo.
No pienso volver a hacerle tragar veneno.
No tienes elección; sin él, nunca le permitirán conservar su estatus en Darshi'nai. Un Sombra nunca deja de ser un Sombra. Por mucho que te rebeles, no llegarás a ser el dueño de su destino.
Sül puso la mano sobre el brazo de Caradhar y asintió, al tiempo que le susurraba al oído la frase «No estamos solos».
Creía que nuestras conversaciones eran privadas —afirmó el dotado, echando un vistazo sobre el hombro que pretendía ser casual—. Si ha de haber alguien más escuchando, preferiría que diese la cara.
Corail frunció el ceño y escudriñó la estancia. No pasó mucho tiempo antes de que una figura hiciese su entrada por un espacio que había estado vacío hasta entonces, como si hubiese brotado de las tinieblas. Una mueca de furia que no alcanzó a disimular —el primer sentimiento genuino de la reunión— asomó al siempre compuesto rostro de la elfa.
¡Neharall! ¿Cómo te atreves? ¡Te dije que debíamos quedarnos a solas!
Neharall, que no era otro que el maestro de Sül, se bajó la capucha. Caradhar contempló al Darshi'nai veterano con nuevos ojos, un tanto perplejo al reparar en que era la primera vez que escuchaba su nombre; lógico, si se consideraba que Sül no estaba autorizado a usarlo. Aquella era la sombra eterna de su madre, el arma oculta que seguía sus pasos por la Casa; el elfo que, muchos años atrás, había sido algo más que un simple contrato.
Os pido perdón con humildad, mi vaiam —se disculpó el recién llegado—. Dadas las circunstancias, no podía saber cuáles eran sus intenciones ni si aventurarían un ataque contra vos.
¿Con la voz de mando?
Quizá no muchacho, pero ¿y el dotado? Ambos sabemos de lo que es capaz.
No, no creo que lo sepamos. La prueba es este chico, en pie después de que le aplicases la ley Darshi'nai. —La elfa sonrió sin una pizca de humor y volvió el rostro hacia su Sombra—. Tu falta de eficiencia en todo este asunto me ha dado que pensar.
Nuestra costumbre establece que aquel cuyo contrato de sangre se ha roto sufra en su cuerpo las consecuencias. Sangre por sangre. Encerré al chico y lo encadené, encerré también al dotado. Mi cumplimiento de la ley fue escrupuloso.
Pues es obvio que no bastó.
Ya os dije lo que pensaba acerca de utilizar un agente cuyas habilidades son tan impredecibles. Vos tendréis vuestras razones para confiar en él. Mi deber, en cambio, es advertidos del peligro.
Sül era testigo del diálogo con una mezcla de fascinación y temor. Y pensar que se había mostrado tan incrédulo en la torre del templo, después de que Caradhar le confiase quiénes eran sus padres... Y, no obstante, era muy sensato si lo meditaba con calma, porque explicaba de dónde había sacado el joven elfo su atractivo, los brillantes cabellos rojos. Pero era al escuchar a su maestro hablar con aquella voz fría cuando sentía auténticos escalofríos: entonces comprendía de quién había heredado Caradhar parte de su carácter y esa fascinación morbosa por las marcas de su espalda. Con todo, era de sí mismo de quien estaba más asustado. ¿Acaso se había enamorado del dotado porque veía en él un reflejo de la figura de su maestro? Reverenciada, respetada, temida... Amada sin esperanzas.
Todo eso poco importa ahora —sentenció Corail—. Dado que has escuchado a escondidas la conversación, ya sabes a lo que atenerte. Supervisarás la celebración del nuevo contrato de sangre. Te encargarás asimismo de garantizar la seguridad de Sül. Y ahora dejadnos a solas. Ha pasado mucho tiempo desde nuestra última charla y quisiera privacidad con...
Con mis respetos, mi vaiam —la interrumpió Nerahall, tratando de mantener bajo control la rabia contenida—, toda mi vida os la he entregado a vos. Y este... este crío irrespetuoso que os habla con arrogancia aparece un día cualquiera y obtiene, con una palabra, lo que yo no he conseguido en todos mis años de fidelidad. ¿Por qué?
Si sigues hablando, Nerahall, agotarás mi paciencia. No te atrevas a cuestionar mis decisiones. Nunca —Corail enfrentó al Sombra con una dura mirada a los ojos—. Jamás he utilizado la voz de mando sobre ti. ¿Me obligarás a hacerlo hoy?
Con un expresivo apretón de mandíbulas, el Darshi'nai tomó a Sül por el brazo y se encaminó hacia la puerta. Antes de marcharse se acercó a Caradhar y le dijo en voz baja, solo para sus oídos:
Así que mi muchacho es tu condición para volver a la Casa. Vaya, calculé mal. Si lo hubiera sabido... En fin, no hay de qué preocuparse. Aún estoy a tiempo de enmendar el error.
En cuanto Caradhar se cercioró de que estaban solos, su actitud cambió por completo. Esa crueldad sobre la que Sül había estado meditando afloró por un instante, afilada como un cuchillo de obsidiana.
¿Entiendo, Corail, que nunca le has dicho a Neharall que soy su hijo?
Las mejillas de la elfa se tornaron tan pálidas que el joven no necesitó más confirmación.
¿Quién te ha dicho eso? —susurró ella, con voz casi inaudible.
Era tu Sombra, estaba en condiciones de saber quién se acercaba a ti. Y se vanagloriaba porque era el único, ¿verdad? Aunque no debería haberse confiado. Si fuiste capaz de esconderme de él, a saber qué otras cosas podrías haberle ocultado.
Era Doncella del Templo de la Luna. Pasé dos años en retiro espiritual, prácticamente sin ver a nadie. Lo hice para... poder darte a luz en secreto.
¿Por qué no le dejaste que se quedara conmigo? Los hijos de los Sombra pertenecen a los Sombra, te habrías librado de un fastidioso problema.
Por varias razones. Primero, no quería hacer a nadie partícipe de mi secreto, ni siquiera a él. Segundo, naciste con el Don; por incierto que fuese tu pasado, habrías sido muy valioso para la Casa. Y tercero... —Alzó la cabeza en ademán desafiante—. Tercero, porque ningún hijo mío se iba a convertir en esclavo de una organización de asesinos.
Cierto, mejor que la Casa conservase la propiedad exclusiva del esclavo en lugar de compartirla. —La miró con desprecio.
¡Deberías agradecérmelo! ¿Habrías preferido pertenecerle a una secta que te habría usado como matón a sueldo, que te habría alquilado al mejor postor? ¿Una secta que habría de conservar por siempre el poder de decidir sobre tu vida y tu muerte?
¿Puedes explicarme, madre, en qué se diferencia eso de lo que tú llevas haciendo conmigo desde que nací?
La elfa palideció aún más, si cabe, y perdió toda su entereza. Una mano tímida se estiró hasta rozar la de su hijo, que permanecía laxa a un costado. Los dedos de ambas se entrelazaron.
He cometido muchos errores, Caradhar, pero me duele que compares tu existencia con el cruel mundo al que te habría condenado Neharall. Yo solo deseo que estés a mi lado. Aunque amo a mi... a nuestro pequeño, tú eres mi hijo. Te quiero y te necesito conmigo.
Aún estoy a tiempo de averiguar lo que habría pasado —afirmó el dotado, apartando la mano—. ¿Qué ocurrirá si le digo a ese Sombra que soy su hijo?
¿Has perdido el juicio? —inquirió una incrédula Corail—. ¿Por qué ibas a hacer algo así?
Neharall me odia, piensa que tú y yo somos amantes y que quiero apartarte de él. La voz de mando no serviría a largo plazo para contenerlo. En cambio, si le digo quién soy, quizá podamos emprender una convivencia pacífica, ¿no crees? Sin que nadie mate a nadie.
Eso es... es... absurdo... ¡Descabellado! Neharall no hará nada si yo no se lo ordeno.
Cierto, no te espía a tus espaldas y nunca tocaría a alguien a quien proteges —ironizó—, lo que no impide que acabe de amenazar a Sül. No, no voy a arriesgar a mi Sombra. Revelemos al tuyo mi identidad; dejémoslo entrar en nuestra pequeña familia.
¡No puedo hacer eso! —La elfa hincó las uñas en los reposabrazos de su silla—. Sería igual que entregarte a los Darshi'nai. Y no alcanzo a comprender que tú consideres, aunque sea para martirizarme, tal posibilidad.
¿Y por qué no utilizas tu poder de persuasión para convencerlo de que mantenga la boca cerrada? Una elfa tan hermosa como tú...
Caradhar, no funcionaría. Es la única cuestión con la que un Darshi'nai no transigiría jamás, él menos que nadie.
Entonces nos queda una única alternativa.
Corail cerró los ojos.
Quieres que elimine al mejor Sombra con el que nadie haya podido contar por la simple razón de que ha lanzado amenazas veladas contra tu joven capricho.
Tú pretendías hacer lo mismo con mi joven capricho, la balanza se equilibra. —Se inclinó sobre su madre y colocó las manos en ambos brazos del asiento, sus rostros apenas separados por media pulgada—. Al principio pensé que despreciabas a un hijo bastardo como yo, Corail. Me ha llevado tiempo darme cuenta de lo valioso que soy para ti, de tu interés en tener un aliado con tu sangre. Pues bien, para conservarme vas a tener que renunciar a algo que aprecias. Por primera vez en su vida, la niñita noble va a ver contrariados sus deseos...
La previsible bofetada de la elfa le abrió una herida en el rostro con su sello de armas. Caradhar no llegó a inmutarse por un corte que duró dos segundos. En respuesta a su enervante indiferencia, ella lo aferró por las mejillas y depositó un violento beso en sus labios.
El fuego y el hielo de su padre...
Vas a obligarme a matar a quien me dio a mi único hijo, a tu propio padre —murmuró—. Eres demasiado inexperto para hacerte una idea de lo que significa eso. Solo espero que comprendas que, algún día, mirarás atrás y desearás poder cambiar las cosas.




La reacción de Sül al conocer la situación desconcertó a Caradhar. No había esperado que acogiera la noticia con entusiasmo, ni mucho menos, pero tampoco estaba preparado para enfrentarse con tanta resistencia.
No toleraré que se neutralice a mi neidokesh como si fuera un conejo indefenso en una trampa. ¿Cuál es el plan? ¿La Maediam le ordenará que se raje las tripas con su propia espada?—preguntó, con ironía—. ¿O será más generosa y le dirá que se esté quietecito mientras alguien más hace el trabajo? No, no puedo aceptarlo. Un Darshi'nai ha de morir a la manera Darshi'nai.
¿Y quién sugieres que se encargue? Es mucho más experimentado que tú, nunca lo derrotarías.
Sül apretó los puños. Que sus palabras fueran ciertas no significaba que no resultasen hirientes.
No comprendo por qué sientes escrúpulos —insistió el dotado—. Toda tu vida te ha tratado a golpes. Casi te mata.
Es lo más parecido a un padre que he tenido. Joder, Caradhar, ¡es tu padre! ¿No se te revuelve el estómago?
Es alguien que, dado que no puede atacarme directamente, prefiere acabar contigo y confiar en que con eso se librará de mí. ¿Que provengo de su semilla? ¿Y qué? Ni ha sido relevante en el pasado, ni lo será en el futuro.
Vale, no voy a discutir —aceptó a regañadientes el torturado Sül—, es inútil y sé que procederéis me guste o no. Pero, por favor, déjame medir espadas con él. Déjame darle una muerte honorable.
No voy a arriesgar de nuevo tu cuello.
Tú estarás allí para cubrirme. —El Sombra tomó al dotado por los hombros y le lanzó una mirada implorante—. Por favor. O no creo que pudiera vivir con ello.
Caradhar no replicó. En su cabeza se fraguaban alternativas.

Al filo de la medianoche, tres elfos permanecían aún en una sala de entrenamiento de Casa Elore'il cuando los legítimos usuarios de la guardia ya la habían abandonado. Dos de ellos ocupaban la palestra, preparados para medir sus habilidades en un combate a dos espadas. Sus atuendos eran ligeros; sus cabellos morenos y castaños, respectivamente, iban recogidos en sendas colas de caballo. El tercero, de llamativa melena roja, observaba de pie, fuera del círculo.
El encuentro se había planeado aquella misma mañana, al recibir Neharall la propuesta de su pupilo de practicar con la espada. El Sombra veterano no se negó, si bien se acercó al dotado a la primera oportunidad y le preguntó, en un susurro: «¿Estás intentando tentarme o facilitarme mi propósito?». Ni respondió Caradhar ni mudó el gesto; por lo que al Sombra respetaba, el suyo era uno de los rostros más difíciles de leer con el que jamás se había topado.
Así pues, los Darshi'nai tomaron posiciones y se estudiaron durante algunos segundos. Neharall atacó primero, girando sus espadas en un arco descendente sobre la diestra de Sül. Este se cubrió con la espada corta que sostenía en la izquierda y aventuró una estocada al hombro de su contrincante, quien bloqueó con ambas armas al completar el movimiento de balanceo. Como el costado izquierdo de Sül había quedado desprotegido al defender, Neharall dirigió hacia allí su próximo golpe. El joven esquivó con un giro, bajó la izquierda para bloquear y lanzó la espada larga hacia el costado de su neidokesh. Tras rechazar el ataque, este abrió los brazos en abanico y respondió al golpe con contundencia, haciéndolo recular por el impulso.
Neharall podía permitirse alardear de su talento con maniobras complejas. El estilo de Sül, en cambio, era conservador y previsible, basado en usar la corta para defender y la larga para atacar. Tenía un cuerpo ágil y atlético, bien dotado para la danza de los dos filos, pero era joven y aún le faltaba soltura al coordinar los ataques dobles y al cambiar de ritmo alternando movimientos a una o dos manos. Su maestro lo conocía a la perfección y sabía bien cómo aprovechar sus carencias.
A pesar de todo, la concentración y el arrojo de Sül eran irreprochables y Neharall no los pasó por alto. Luchaba para ganar, con las mandíbulas apretadas de una manera que no había vuelto a percibir en él desde su infancia. Aquella era la misma imagen del niño desesperado que quería evitar los castigos a toda costa. ¿Y a quién se debía tal determinación? Miró de reojo a Caradhar; el dotado no había movido un músculo desde el inicio del combate y lo seguía con ese bello rostro inexpresivo, en apariencia insensible ante la suerte de su compañero. ¿Acaso, se preguntaba, el condenado crío planeaba algo?
La ligera distracción le costó cara a Neharall, porque Sül aprovechó una abertura en su costado izquierdo para lanzar una estocada que traspasó sus ropas e hizo que su hoja probara la sangre. Esto enfureció al Sombra veterano. Sus intenciones de entretenerse haciendo bailar a su pupilo hasta la extenuación se trocaron en fría eficacia destinada a agilizar el desarrollo de la liza, en una lluvia de acometidas rápidas y precisas. Como quiera que Sül las esquivase con una pericia inesperada, su maestro perdió la paciencia y resolvió poner fin a aquello de una vez por todas. Forzó al joven a retroceder hasta el reborde de madera del círculo y fintó hacia su derecha, lo que provocó que Sül bloquease con ambas espadas. Con la velocidad de una serpiente, el veterano le abrió un tajo en el muslo izquierdo y arrojó la espada corta en dirección a Caradhar. Sül no pudo evitar volverse, atraído por el horrible señuelo; lo único que vislumbró fue una imagen de la hoja sobresaliendo del vientre del dotado. La vista se le emborronó al tropezar sobre el reborde y caer de espaldas, y luego quedó fija en el artesonado del techo, en los ojos entrecerrados de su maestro, en la espada dirigida hacia él. Esta se hincó en tierra y abrió una profunda herida en su cuello; Neharall hundió entonces el tacón en la muñeca del joven, le arrebató la espada larga y la clavó al otro lado para inmovilizarle la cabeza. Como último recurso, Sül lanzó un ataque desesperado a la pierna que lo retenía, pero su rival le pateó el brazo. El acero salió disparado fuera de su alcance.
Eres Darshi'nai, Sül —dijo Neharall, colocando las manos en las empuñaduras de ambas armas largas—. Nosotros no practicamos esgrima al estilo de los nobles; nosotros luchamos para ganar.
Caradhar, a quien el dolor había hecho caer de rodillas, se extraía del abdomen el instrumento del juego sucio del Darshi'nai con la lengua machacada entre los dientes para no gritar. Dado que desde su posición no alcanzaba a ver qué era de él, Sül clavó los iracundos ojos oscuros en su maestro. Este reaccionó con desprecio.
Has dejado que te convierta en un pelele. Me equivoqué, debí matarte allí mismo, cuando rompieron tu contrato. Y tú —advirtió en dirección a Caradhar, quien se disponía a lanzarse sobre él con el arma en la mano—, quédate donde estás o cruzaré las espadas y comprobaremos qué tal funciona tu sangre con un cuello seccionado.
Las tentativas de liberarse de Sül solo consiguieron que las hojas mordiesen a más profundidad en su carne. El dotado decidió a toda prisa cómo actuar. Sabía que no tenía ninguna posibilidad contra el Sombra y que era muy probable que cumpliese su amenaza.
Si lo matas, no ganarás nada —le advirtió—. Contaré a la Maediam por qué lo has hecho y perderás su confianza de todas formas.
Está muy pagado de ti mismo, ¿eh, mocoso? ¿Crees que la tienes comiendo en la palma de tu mano? Quizá debiera forzar mi suerte. Quizá debiera, simplemente, librarme de ti.
¡No! —gritó Sül— ¡Ella acabaría con vos!
¿De veras? No la conoces, ella valora más el lado práctico de las cosas que la venganza. En el caso de perder a un dotado, ¿por qué habría de privarse también del mejor Darshi'nai? A diferencia de un buen protector, un amante es fácil de sustituir.
Extrajo las espadas clavadas en el suelo; al hacerlo, sus filos ahondaron en los cortes del cuello de Sül e hicieron brotar dos regueros rojos. El Neharall más amenazador caminó hacia Caradhar.
No es su amante —articuló Sül, casi ahogado por la pérdida de sangre—, sino su hijo. Es... carne de vuestra carne.
Si un rostro experimentó alguna vez una transformación radical, tuvo que ser el del Sombra veterano en ese preciso instante. La sorpresa más salvaje, nacida del anhelo nunca satisfecho, luchaba contra la incredulidad natural de un asesino que jamás había confiado en nadie. Se quedó a medio camino entre ambos elfos, controlando sus movimientos con expectación y desconfianza.
Me sorprendes, Sül —profirió, con voz ronca—, nunca fuiste dado a inventar patrañas. Supongo que es la reacción lógica de un animal acorralado.
No miento, vos lo dijisteis. Recordad los dos... años de la Maediam en el Templo de la Luna. Justo después, un huérfano con el Don aparece... a las puertas de Casa Llia'res. —Trató de incorporarse—. Mi... erda, observadlo bien. Observadlo y decidme que no la veis a ella.
Neharall obedeció, y lo hizo a la luz de una mirada distinta. Descubrió, como si fuese su primer encuentro, las similitudes del color de sus cabellos, de las líneas delicadas de su cara, del arco de las cejas rojizas, de los labios llenos y siempre serenos... De todo, excepto los ojos. Aquellos no eran los ojos de Corail, sino los suyos. Lo embargó la incertidumbre.
Caradhar aprovechó para acudir junto a su compañero caído y detener la debilidad que lo consumía por la pérdida de sangre. Mas no se contentó con cerrar sus heridas, sino que también deslizó entre sus labios el contenido de un vial, un vial de líquido dorado. Poco duró la tregua antes de que el maestro de Sül apuntase de nuevo a su cuello y reclamara el objeto oculto en la palma de Caradhar, el vial vacío. Estudió el recipiente, forzó al dotado a alzar la barbilla con la parte plana de la hoja y le preguntó:
¿Qué le has dado a beber, alquimista novato?
Mi propia versión de unos apuntes que encontré en el Gran Laboratorio —respondió el joven—. Me costó ocho años refinarla.
¿Ah, sí? ¿Y cuáles son los efectos de esa...?
Neharall cerró la boca de golpe. No puede ser, pensó; no puede ser, pero si lo es... Cuando apuntó a Sül con la espada su brazo no le respondió. Apenas pudo moverlo algunos dedos, a pura fuerza de voluntad, antes de que las nauseas lo llevaran al borde del desmayo. La tensión que le agarrotaba los músculos solo cesó al dejar de pensar, al poner en blanco la mente y alejarse. Lejos, muy lejos de él.
Deteneos —ordenó Sül. Al veterano no le quedó más opción que hacerlo, aunque las piernas le fallaban por momentos—. Tirad las armas.
El Darshi'nai acató la nueva orden. El resonar del chasquido metálico fue lo único que se escuchó durante un largo intervalo de tiempo, hasta que los pasos amortiguados de Sül lo llevaron ante su inmóvil maestro. Su rostro era la viva estampa del pesar; el de Neharall mostraba una sonrisa amarga.
Dime que has robado la fórmula y al menos me sentiré orgulloso de tu astucia. Porque, si os la ha entregado por propia iniciativa, entonces... Entonces es como si ella misma hubiese pedido mi cabeza.
Caradhar no es un mentiroso. Si ha dicho que la ha obtenido así, debe ser la verdad.
Te hiere en tu amor propio, ¿eh? Tener que recurrir a la voz de mando para desembarazarte de tu neidokesh.
Puede ser, pero yo no lo quería ni lo pedí. Además, no hago sino seguir vuestras enseñanzas: los Darshi'nai luchan para ganar, de una forma u otra. Si no hubierais herido a Caradhar...
A la mueca de ira de Sül Neharall respondió con otra de burla, en parte dirigida a sí mismo. Esos sentimentalismos que despreciaba, el enamoramiento, la humillación, ¿acaso no eran también su pecado de Darshi'nai? Luego comentó, esperando contra toda esperanza:
Ha sido una buena treta, eso de pretender que este chico es mi hijo. Me has tocado la fibra sensible. Que te sirva de ejemplo: las debilidades siempre conducen a la perdición.
Yo tampoco os he mentido, ella es su madre. Vos estabais en la mejor posición para saber... si hubo alguien más, aparte de vos.
Neharall se giró muy despacio, al borde de la solemnidad, para contemplar de nuevo a Caradhar. El dotado sostuvo su mirada sin inmutarse.
Qué... hembra —suspiró el veterano—. Y pensar que fue tan hábil como para esconderlo de mí... Lo ha sido todo: la más bella, la más inteligente, la más peligrosa. Si lo hubiera sabido... Si hubiera sabido que eras hijo mío...
Ella nunca habría aceptado entregároslo. Y sabed que yo tampoco.
Nunca serás un buen Darshi'nai, Sül. Nuestro mayor orgullo es que nuestra sangre pertenezca a Darshi'nai. Ser... una pieza que encaja, una parte de algo mucho mayor y más poderoso.
¿Queréis ser propiedad de muchos? Aceptaré vuestra palabra, porque yo nunca me he sentido así. Me basta con pertenecer a uno. Lamento no haber satisfecho vuestras aspiraciones.
Sül se sintió herido en lo más profundo. Quizá su sangre no era la de su maestro, pero igualmente les había sido entregada a ellos... y no había bastado. Tras recoger una de las espadas, apuntó con ella al cuello de Neharall. Este sacudió la cabeza.
No. Al menos déjame saborear mi propia muerte, muchacho.
Las cejas del joven se fruncieron en un ademán de desconsuelo. Hizo descender la hoja a la altura de su estómago, se obligó a mirarlo a los ojos y se la hundió, sin vacilación, hasta la empuñadura. En un intento por no derrumbarse, Neharall extendió los brazos al frente, donde halló unos hombros firmes que lo depositaron en el suelo y una mirada compasiva; más que los de un asesino, aquellos ojos eran los de un hijo devoto. Los labios del maestro se curvaron al distinguir la lágrima solitaria que brillaba en ellos.
En ese momento, Caradhar se inclinó y susurró algo al oído del moribundo, algo que solo él escuchó y que obró la magia de expandir su sonrisa. Con una última bocanada de sangre, Neharall quedó inmóvil para siempre.

Al sur de Argailias había un camino recto que cruzaba una pradera de hierbas muy altas, tan altas que ocultaban a cualquiera que se aventurase entre ellas. No bastaban, sin embargo, para tapar la gran extensión de bosque al final de la senda, un enorme mar verde que se prolongaba leguas y leguas hasta donde alcanzaba la vista. Los argailianos lo conocían como el Bosque de la Antigua Raza. Nadie lo cruzaba, a pesar de que era el acceso más directo al borde del océano. Los elfos siempre habían dado un rodeo para hacer uso de los puertos del este; el Bosque de la Antigua Raza era peligroso, siniestro y místico, incluso para los más aventureros.
En el borde del linde, robado a las hierbas y a los árboles, había un valle de túmulos donde los elfos habían depositado a sus difuntos desde la fundación de la ciudad. Suaves montículos que se cubrían de flores en la primavera y se fundían con el paisaje marcaban los lugares de enterramiento. Si alguien tomaba el camino del sur, de seguro era para despedir a algún ser querido.
Alguien había enterrado un cuerpo en el valle, a tenor de la tierra removida que aún no se había cubierto de hierba. Un grupo de figuras encapuchadas se acercaron, al abrigo de la noche, a la reciente tumba. Mientras dos de ellas cavaban, otras tres se limitaban a observar.
¿Lo hemos confirmado, pues? —preguntó una de las tres figuras. La voz era de varón; su lengua, desconocida.
Dainhaya estaba de guardia en la ciudad, Padre —respondió otra voz de varón—, sosteniendo el hilo con la misma fuerza que siempre. Al subir la luna cayó dormida y la muerte se coló en sus sueños. Cuando despertó, angustiada por el presagio, el hilo ya estaba roto. Vigilamos con cuidado a todos los que tomaron el camino del sur y solo se produjo un enterramiento clandestino. Ha de ser este.
El llamado Padre aguardó, con semblante grave, a que sacaran el cuerpo de la tierra. Según la costumbre de Argailias, estaba envuelto en un sudario de tejido sin teñir, atado con finos cordones. Tras desenvolver con cuidado el cadáver, los dos varones de la conversación se inclinaron a estudiarlo seguidos por la tercera figura, Dainhaya, que había permanecido en silencio y algo apartada. Su atento examen provocó que se llevara una mano a la boca para ahogar un suspiro; esa misma mano bajó y acarició, con gran delicadeza, el rostro del difunto.
¿No cabe duda, Dainhaya? —inquirió el que había hablado primero.
He reconocido los rasgos de su madre —habló, al fin, la interpelada—. No lo entiendo. He buscado y rebuscado en Argailias, desde las casas de los nobles hasta las de los proscritos de la Zanja, sin dejar de sentir su presencia al otro lado del hilo. Ahora bien, puedo jurar por el Telar que nunca antes había puesto la vista en esta cara. ¿Cómo es posible?
No habrías podido cruzarte con él si vivió a perpetuidad bajo techo. O en las sombras.
Tantos años tras sus pasos, tantos anillos como ha engordado el árbol de su nacimiento..., y solo nos es devuelto tras la muerte. ¿Es eso justo? —La voz de la llamada Dainhaya delataba su desconsuelo.
Si hay un fruto, debió haber una semilla. No te dejes vencer por el desánimo, hija mía, porque nuestro trabajo acaba de empezar. Ahora hemos de averiguar cuanto podamos sobre la vida que llevó en la ciudad. ¿Quién sabe? Puede que nuestra espera no haya sido en vano. Vamos.
Los dos trabajadores dejaron el túmulo tal cual lo encontraron. Luego cargaron con el cuerpo y partieron hacia el bosque, no sin que antes Dainhaya volviese a colocar, con reverencia, el sudario impregnado de tierra fragante sobre el rostro de Neharall.






Anterior                                                                                                                        Siguiente