2017/10/09

EL DON ENCADENADO X: Atravesados




La curiosidad de la Maediam hacia el nuevo aprendiz no se había satisfecho en una sola cita. Volvió a llamarlo pasada una semana y de nuevo al cabo de otros siete días. Conservar la fiereza de los inicios era extenuante para Caradhar, tanto más cuanto que él sí había perdido interés en la novedad. Un encuentro con ella se desarrollaba igual que una dura sesión de entrenamiento con las armas: enfocar la ira, moverse rápido, golpear con fuerza. Y siempre con imágenes ominosas presidiendo sus pensamientos.
Durante esa temporada no recibió visitas de Sül. La sensación de vacío era tan extraña, después de todo ese contacto ininterrumpido, que empezó a llenar algún que otro momento recordándolo. Se asemejaba ciertamente a Nestro en sus rasgos superficiales, pero... El maestro de armas había sido la estampa de la satisfacción: bromista, fácil de complacer, próximo, sin máscaras. Sül parecía dispuesto a salir a correr en el momento en que alguien tratase de levantar un borde de su caperuza.
Y justo cuando se dio cuenta de que deseaba volver a verlo, el Sombra acudió de nuevo, con la misma sonrisa de antaño, el mismo tono ligero y esa particular manera de dejarse caer en el borde de la cama. Manteniendo las distancias.
¡Eh, chico! —saludó—. Has estado muy ocupado, ¿eh? Diría que estás perdiendo peso otra vez. Tch, tch, menuda viciosa insaciable es la Mediam. ¿Algo nuevo?
Estoy tomando contacto —respondió Caradhar tras una pequeña vacilación ante el despliegue de naturalidad—. Solo la he visto otras dos veces. Ayer nos encontramos en su...
Ya, detalles irrelevantes —lo cortó Sül, quizá demasiado rápido—. ¿Y en el laboratorio? ¿Hay progresos?
Aún no. Me propongo ser elegido para una expedición a Ummankor. Creo que me haré una idea más aproximada de lo que buscan allí si veo con mis propios ojos lo que están haciendo. Mi nivel es más avanzado de lo que creen; los humanos van al grano cuando entrenan aprendices, son menos formalistas.
Ummankor es un lugar muy peligroso.
Ya he estado antes. —Se encogió de hombros.
No me convence el plan. Las cavernas son un entorno complicado y me las veré y me las desearé para cubrirte las espaldas. No siempre podré estar a tu lado.
Estas últimas dos semanas no te ha costado gran cosa dejarme a mi aire.
Sül se mordió la lengua. No quería decirle que no había dejado pasar ni un día sin venir a comprobar cómo estaba, a pesar de haber tenido que realizar otras tareas. Tampoco quería confesar cuánto le costaba encararlo con toda esa desenvoltura. Decidió cambiar de tema.
Pues yo tengo nuevas noticias, no he estado tocándome las pelotas. Escucha esto: el Sennim ha comunicado a los Maedai que planea casar a su única hija. La noticia no se ha hecho pública, pero unos oídos agudos escuchan hasta en el silencio.
No veo qué tiene de especial.
El Sombra enarcó las puntiagudas cejas. A veces resultaba curioso el desconocimiento de los asuntos más comunes del que adolecía Caradhar.
Te lo resumiré en dos puntos. Primero, alguna de las Casas, con seguridad una del primer círculo, sentará a uno de sus hijos junto al trono de Argailias. Eso supone un golpe para Arestinias porque, ya ves, no hay críos correteando por aquí. Segundo, ¿a qué viene tanta prisa? La Senniam es aún muy joven, apenas tiene tetas. Nació ya en la madurez de sus padres y es muy improbable que tengan otro hijo a estas alturas. Si esperaran a que la chica llegase a la mayoría de edad, podrían nombrarla heredera y tomarse su tiempo para buscarle un marido apropiado. Con toda esta prisa, en cambio, habrán de conformarse con el primer niñato que pillen. O bien alguien presiona al Sennim o hay algo más que no sabemos.
¿Y qué tiene todo eso que ver con lo que hacemos aquí?
Hay alguna conexión, me lo dicen las tripas.
El ataque en Ummankor ocurrió hace muchas semanas. Si la decisión del Sennim acaba de darse a conocer, no veo cómo pueden estar relacionadas ambas cosas.
Ah, pero es que siempre hay Casas que se hacen con información privilegiada. Me apuesto el culo a que nuestra Maediam Neska le ha calentado el catre al Sennim, por lo menos una vez. Y eso que son parientes... Ni los caballos de los establos están a salvo cuando ella anda cerca.
En cuanto lanzó esas palabras preñadas de inquina, Sül se giró con brusquedad y expuso inadvertidamente el costado izquierdo. A través de una rasgadura en la tela negra se distinguía una larga herida cubierta de sangre seca que le cruzaba la cintura y parte de la espalda. Captado su interés de experto, Caradhar alargó la mano para examinar el daño; poco se esperaba la reacción desproporcionada del Sombra, cubrirse y saltar fuera de su alcance.
¿Cómo te hiciste eso? —preguntó, intrigado.
¿Esto? Naaa, una tontería, un saliente afilado. Me está bien empleado por trepar con la torpeza de un principiante.
Ven aquí, me ocuparé de ello.
No, no es necesario, es un triste rasguño. Olvídalo.
Te he dicho que vengas.
La voz sonaba tan autoritaria e incisiva, los ojos rojos lo taladraban de tal manera... Sül no pudo sino obedecer. Se acercó de nuevo a la cama y allí permaneció, con los puños apretados y las mandíbulas encajadas. Tras examinar la herida, Caradhar dictaminó que, si bien no parecía seria, era mejor prevenir infecciones, así que se hizo un corte en un dedo y extendió su sangre curativa a lo largo de la piel afectada. El Sombra sintió un extraño hormigueo y una sensación cálida. Era su primera experiencia con el Don y no sabía a qué obedecían sus escalofríos, si a los efectos de la curación sobrenatural o bien al roce de aquella piel suave... La voz de Caradhar lo sacó del trance.
¿Qué son esas marcas?
Al tironear de la tela rajada, Caradhar asistió al despliegue de una serie de curvas blanquecinas que serpenteaban por la espalda del Darshi'nai. La impresión fue breve; Sül agarró su mano con dureza implacable y la apartó al tiempo que se daba la vuelta para ocultar el revelador desgarro.
¿Más cicatrices? —insistió el dotado—. ¿Puedo echarles un vistazo?
¡No! Escucha, te agradezco que me hayas ayudado con la herida pero lo de mi espalda ya es viejo. Olvídalo, por favor.
El tono del Sombra era de súplica. Caradhar se apartó sin replicar, con una expresión neutra que no revelaba sus pensamientos.
Igual que en su último encuentro, la tensión volvía a ser palpable al separarse. Aquella frialdad se abatió como una losa sobre el ánimo de uno de los dos.

Las cinco jornadas de festividades para celebrar la noche más larga del año eran un evento importante en el calendario de los elfos. En cada hogar de Argailias, y también en las Casas nobles, la actividad se trasladaba a las horas de oscuridad y las llenaba de banquetes, cánticos y danzas. Por el día, en cambio, la ciudad dormitaba y recuperaba fuerzas para comenzar la siguiente vigilia de excesos.
Dado que Caradhar no pertenecía a Arestinias, le estaba permitido abandonarla y celebrar las fiestas con su propia gente. El joven dotado aprovechó para comunicar al Sombra una idea que le venía rondando la cabeza desde hacía tiempo.
Ahora la seguridad estará más relajada que de costumbre. Si permanezco en la Casa, quizá se me presente una oportunidad para colarme en el laboratorio y echar un vistazo en el despacho donde el Gran Alquimista celebra esas reuniones con la Maediam.
Ya lo había pensado, pero no es prudente. Si alguien descubriese que han estado curioseando por allí, tú te convertirías en el principal sospechoso, precisamente por ser de fuera y haberte quedado en Arestinias. Es mejor que aproveches los cinco días y te largues de forma bien notoria. Yo me encargaré de todo.
Tú no eres alquimista. No estás capacitado para conducir un registro, se te podrían pasar por alto cosas relevantes.
Soy lo mejor que tenemos, así que habrá que apechugar.
¿Y si me llevas contigo? A mí no se me escapará nada. Apuesto a que te las arreglas para colarme.
¡Ja! Bastante difícil es para uno solo, sin el problema de cargar con un crío fastidioso. No. Nos arriesgaríamos mucho.
No sería la primera vez y, que yo sepa, en aquella otra ocasión las cosas salieron según lo planeado.
¡Casi te matan! —El Sombra tragó saliva al recordar el episodio con el Maede Killien.
No es tan fácil matarme, ya te lo he dicho. Merece la pena intentarlo. ¿Qué me dices?
Sül bajó la vista, embargado por la duda. Para ser sinceros, Casa Arestinias no presentaba un gran problema en lo que a seguridad se refería. Y, sin embargo... Observó a aquel Caradhar extraño de cabellos negros, tratando de no imaginarse lo que le sucedería a alguien tan joven e inexperto si lo descubriesen. Inexperto... Al instante rememoró su encuentro con la Maediam, las miradas de la elfa, las manos de uñas lacadas que lo toqueteaban a su antojo. No, eso no necesitaba imaginárselo porque ya lo había presenciado. Y seguiría ocurriendo mientras se prolongase la misión que los mantenía allí.
De acuerdo —concedió, al fin—. Mas te vale, eso sí, obedecer cuanto te diga y no despegarte ni una puta pulgada de mí, ¿estamos?




Llegadas las fiestas, Caradhar solicitó a su mentora, Raisven, licencia para abandonar la Casa, y corrió a encerrarse en el escondrijo de Sül en la Zanja. Durante la primera noche de vigilia, mientras el Sombra preparaba el terreno, el dotado curioseó por el cuartucho. Era poco más que un agujero sin ventanas con un catre, una lámpara de aceite, un lavamanos desportillado y una estera acolchada en el suelo. No había más efectos personales a la vista. Caradhar torció el gesto al recordar que el Sombra se había atrevido a decirle que su habitación en Therendanar era un nido de ratas. Dado que no había nada para entretenerse, se echó en el catre y cayó en un profundo sueño, ignorando las risas, música y estruendo de fuegos artificiales que llegaban desde el exterior. Incluso en la Zanja, la fiesta del solsticio era uno de los eventos más populares del año.
Cuando despertó, descubrió que una figura oscura lo contemplaba en silencio desde la pared contraria. Se incorporó de golpe y se colocó en guardia, puñal en alto, hasta que la risa suave del desconocido le anunció que no había ningún peligro. Era Sül.
No te asustes, pequeño —se burló el Sombra—. Falta poco hasta que amanezca, creo que es la mejor hora para salir. Pero antes...
El espía apartó la estera. Aunque el viejo suelo de madera bajo ella parecía idéntico al del resto de la habitación, al presionar en varios puntos se levantó una trampilla que custodiaba ropas, armas y varias cajas selladas. Sül sacó un atuendo igual que el suyo y un par de estiletes y se los lanzó a su compañero, el cual se cambió sin decir nada.
El ruido en las calles se estaba apagando poco a poco, pasada la algarabía de la noche. Llegaron a Casa Arestinias no sin algo de esfuerzo para Caradhar, ya que el Sombra había elegido un camino que discurría en parte sobre los tejados. Una vez allí, Sül colocó en el calzado de ambos una especie de suela auxiliar para no dejar huellas, se deslizó a través de una claraboya y pidió a su aliado que aguardase. Al cabo de un rato asomó la nariz e hizo una seña con la mano que significaba vía libre.
Dentro había una habitación atestada de cajas y barriles. Caradhar los sorteó manteniéndose cerca del espía, salvo en los momentos es que este se adelantaba a estudiar el terreno. Después de abandonarla, saltaron desde una balaustrada de madera a la viga más próxima del techo de una sala familiar: los almacenes del laboratorio. Si no recordaba mal, el corredor al otro lado de las puertas desembocaba en su mesa de trabajo. Cruzaron entonces la viga hasta llegar al otro extremo, donde el Sombra desencajó una celosía de listones de madera que cubría un conducto de ventilación; a juzgar por los anaqueles vacíos a ambos lados, el conducto había servido antaño de cámara para macerar sustancias. Tras retirar una celosía idéntica al final, se encontraron contemplando el laboratorio desde lo alto.
Sül dejó caer una cuerda fina y resistente por la que descendieron. La dejó allí, preparada para ser su ruta de huida. Sin explicar el porqué, destrabó la puerta principal y luego caminó al despacho del Gran Alquimista.
El Sombra indicó al dotado que vigilara mientras él se afanaba en abrir la complicada cerradura de la puerta. Así lo hizo Caradhar durante el largo rato en el que las manos expertas trabajaron con las ganzúas. No bien el clic de los resortes proclamó su éxito, el espía amateur siguió al auténtico al interior de la habitación.
Un extraño erizamiento del vello de la nuca —el instinto natural de los Sombra— avisó a Sül de que algo no marchaba bien. El movimiento de volverse y empujar a Caradhar, casi simultáneo, evitó que una daga impactase en su cuello desprotegido. La hoja le pasó rozando. Tomado por sorpresa, el dotado trastabilló y se golpeó un costado contra la pared; apenas percibió una imagen borrosa de su compañero, agachándose y lanzando una patada contra la inesperada figura que se había materializado junto a ellos. Por el atuendo, el elfo dedujo que era otro Darshi'nai.
El segundo Sombra esquivó la patada y contraatacó arrojando la daga a su contrincante. Este rodó sobre un costado, se alzó de nuevo con la celeridad de un resorte y desenvainó dos estiletes. Como el recién llegado bloqueaba la puerta e imposibilitaba la huida de Caradhar, Sül lo obligó a recular con un carga. Sabía que eludiría el ataque e iría a por sus flancos descubiertos; lo único que deseaba era despejar el hueco para que su protegido pudiese poner tierra de por medio. El dotado aprovechó para escurrirse fuera del despacho, excepto que, en lugar de correr, empuñó su propia arma y se abalanzó sobre la espalda del Darshi'nai desconocido.
Sül había estudiado los movimientos de su enemigo y sabía que no era un principiante. De hecho, le recordaba a su maestro por su habilidad para reaccionar, como si la tierra no tirase de él y maniobrar no le supusiera ningún esfuerzo. Era un tipo peligroso, y por eso se alarmó cuando vio, por el rabillo del ojo, a Caradhar tomado posición tras ellos. Su preocupación estaba justificaba: el segundo Sombra actuó con la celeridad de una sierpe y arrojó una nueva hoja que se clavó en el hombro derecho del elfo más joven, forzándolo a soltar su estilete. Sül ladró un perentorio «¡Corre!». El instante de irresolución de su aliado antes de volverse y obedecer bastó para que su oponente le lanzase una estocada que le desgarró la capucha y desparramó los cabellos teñidos de oscuro sobre sus hombros. Ya a la desesperada, Sül empujó una estantería llena de libros sobre el Sombra. Mientras la esquivaba, Caradhar aprovechó para llegar a la cuerda y trepar hasta el conducto.
Con su protegido a salvo, Sül se concentró al fin en presentar batalla al segundo espía pero, cuanto más se prolongaba la contienda, más se desvanecían sus esperanzas de acabar con él. Era demasiado rápido y demasiado hábil. Pronto, todo cuanto pudo hacer fue pelear a la defensiva. Su último recurso fue permitir que se acercase y arrojarle un puñado de polvo de cegar al rostro. Rápido como una exhalación, tomó el mismo camino que Caradhar y volvió sobre sus pasos. No tardó en alcanzarlo. Juntos recorrieron el resto de la ruta hasta la claraboya por la que habían entrado y se alejaron a través de los tejados. Por desgracia para ellos, la silueta de su perseguidor se materializó muy pronto a sus espaldas.
El cerebro de Sül trabajó deprisa. Por un lado, sabía que le resultaría imposible huir con el lastre de remolcar a Caradhar. Por otro, no era descabellado suponer que aquel Darshi'nai se habría percatado de que su compañero no era ningún profesional; si se dividían, probablemente iría a por él, con la razonable estimación de que sería más fácil de capturar. Cuando vio que acortaba distancias, se decidió. Arrastró a Caradhar tras un muro, señaló al hueco en penumbra que había entre dos edificios y siseó:
Salta y espera hasta que sea seguro salir para regresar al refugio. Haré que me siga.
Sin darle opción de réplica, se arrancó la capucha y echó a correr en otra dirección. Esperaba que sus cabellos oscuros sueltos fuesen el cebo que forzase al enemigo a morder el anzuelo.
Le costó dos horas de correr en zigzag como una liebre ante un galgo, de colarse por huecos precarios y de soportar la lluvia que empezaba a caer sobre las calles desiertas, pero logró dar esquinazo al Sombra. Un Sül exhausto, empapado y malhumorado hizo su entrada en el escondrijo de la Zanja y se reclinó contra una pared para recobrar el resuello; tras dos simples parpadeos, se percató de que Caradhar no estaba allí. Aguardó durante un tiempo que se le hizo interminable, maldiciendo la inconsciencia del dotado, maldiciéndose a sí mismo, sobre todo, por haberlo dejado solo. Cuando ya no aguantó más, salió en su busca.
Puso todos sus sentidos en desandar el trayecto que hubiera debido seguir desde el punto donde se separaron en los tejados de Arestinias. Aunque temía que aquel formidable enemigo se abalanzase sobre él desde cualquier esquina, no dejó palmo de terreno por inspeccionar ni escondite por rebuscar. La perspectiva de volver a enfrentarse a él era mucho mejor que la alternativa: que el Sombra diese antes con su joven compañero.
Al cabo de seis horas dio con Caradhar. Se hallaba justo en el lugar donde lo había dejado, en una grieta en penumbra entre los muros de dos edificios. Al saltar a ciegas, confiado en su capacidad para sanarse, el espía aficionado había pasado por alto los restos de una estructura metálica abandonada en el fondo; en el impulso de su caída, se había empalado con una barra de más de cuatro codos de longitud. La horrenda pieza de hierro sobresalía de su pecho por la parte donde debía estar la base de su corazón.
Sül se quedó sin aire. Tiñendo un par de palmos de la parte sobresaliente de la barra había restos de sangre semidiluidos por la lluvia, pero más espesos y concentrados que en el resto de la superficie de metal. Comprendió entonces lo que le había ocurrido al elfo: cómo la herida se había cerrado alrededor del objeto extraño que lo atravesaba; sus tentativas de impulsarse fuera de la barra a pura fuerza de sus músculos; el dolor al sentir la carne de su propio corazón desgarrarse a cada intento y volver a regenerarse, hasta que la energía lo abandonaba...
Tomó el cuerpo exangüe en sus brazos. Estaba helado y empapado, y el agua le había disuelto el tinte del pelo, dejando negros surcos en su rostro. Al observar que el joven había tenido la suficiente presencia de ánimo para arrancarse un jirón de la ropa y hacerse una mordaza que acallase sus gritos al tratar de liberarse, las lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas del Sombra y a mezclarse con las gotas de lluvia. Él ni siquiera las notó; lo único importante era que Caradhar estaba vivo. En cuanto aflojó la mordaza, el dotado recuperó la consciencia y le devolvió la mirada a través de un par de ojos vidriosos.
Duele... mucho...
Lo sé, lo sé, tranquilo, shhhhh —le dijo, con la típica dulzura reservada a los niños. De manera automática, acarició sus empapados cabellos rojos para calmarlo—. Ahora te voy a sacar de ahí y todo estará bien, todo estará bien enseguida... Lo siento, te voy a hacer daño una vez más y después pasará todo, te lo prometo... Solo una vez más...
Tienes que... taparme la boca o gritaré...
Sül asintió, sintiendo cómo se le formaba un nudo en el estómago al volver a anudarle la tela. Su mente en caos estudió cuál sería el procedimiento menos doloroso de liberarlo. Tras decidirse por empujar, en lugar de tirar de él, se acuclilló bajo Caradhar, le sujetó los costados, apretó los dientes y se impulsó hacia arriba. La mordaza y la lluvia no consiguieron amortiguar por completo el aullido del joven antes de volver a desmayarse.
Al cargar con el dotado, una nueva sensación de ahogo oprimió el pecho de Sül, pues por el agujero en sus ropas se distinguía la terrible herida que lo atravesaba de lado a lado, su corazón latiendo, su propia mano a través, sujetándolo. Por suerte para su cordura, la carne seccionada pronto empezó —a falta de una definición mejor— a expandirse, y los extremos separados volvieron a tocarse unos con otros hasta que no quedó orificio alguno, tan solo una gran mancha de sangre. No se atrevió a esperar más, expuestos como estaban a que el otro Sombra los capturase y a tener que sortear el bullicio de la noche. Confiando en que la lluvia borraría su rastro, se colocó a hombros el cuerpo inanimado y regresó al refugio.
Ya en la habitación depositó a Caradhar en el catre, prendió la lámpara y le quitó la rota y empapada camisa, frotando su pecho y sus brazos para devolverles calor. Su corazón latía por fin con normalidad, su piel pálida adquiría un poco de rubor. A continuación tomó un paño húmedo y lavó los restos de sangre coagulada y las marcas oscuras que el tinte había dejado sobre su rostro y su pelo. Nunca lo había tocado así, y sus ojos quedaron prendidos por un momento en las delicadas facciones del elfo, en las cejas y pestañas rojas, en la suave curva de sus labios. La mano que sostenía el trozo de tela resbaló del pecho hasta la cintura, cruzó sobre su ombligo y acarició su vientre. Y continuó descendiendo más y más hasta que Sül volvió en sí de aquel trance febril y dejó caer el paño como si quemase.
Contemplar el agua rojiza del lavamanos atemperó en cierta medida los nervios del afectado Sombra y lo ayudó a recuperar la compostura. Cuando, tras unas cuantas inspiraciones profundas, retomó su tarea, descubrió que su compañero ya estaba despierto e incorporado en el catre y lo miraba fijamente.
¡Caradhar! —exclamó, arrodillándose junto al pequeño lecho—. ¡Dioses, lo siento! Si no te hubiera dejado venir, si te hubiese encontrado antes, yo...
No le quedó más remedio que interrumpirse, porque el otro elfo lo agarró por el cuello de la ropa y la emprendió a tirones con las cintas que mantenían las prendas en su lugar. El sorprendido Sül reculó sobre la estera, ayudándose de las manos, pero el dotado saltó del catre y se colocó a horcajadas sobre él para continuar desvistiéndolo.
Te dije que no era fácil matarme —fue su único comentario.
¡Espera! Yo no puedo... —protestó el Sombra. En su rostro, la angustia y el deseo formaban una extraña combinación.
Caradhar bajó la mano a la entrepierna de su compañero y la posó sobre la erección que presionaba contra las calzas negras. De sus labios brotó una orden simple:
Cállate.
Cansado de batallar con los cierres de su ropa, deslizó la camisa y toda la parte superior a lo largo de su torso y brazos. Las yemas de sus dedos delinearon los altibajos desnudos de su pecho y abdomen, bien provistos de músculos y salpicados, aquí y allá, de cicatrices. Dado que eso no bastó para satisfacerlo, lo instó a colocarse boca abajo sobre la estera. El panorama que se presentó entonces ante sus ojos lo dejó boquiabierto: un mapa de blancas cicatrices, trazadas siguiendo un intrincado diseño de líneas rectas y curvas, cubría cada pulgada de su espalda y se perdía en las profundidades de su cinturón.
La mano del dotado pasó y volvió a pasar sobre aquel tapiz tejido en la piel, sin más afán que disfrutar el tacto de sus relieves. Debajo de él, Sül se esforzaba en contener el sonido de sus jadeos. Deseando ver el cuadro en su totalidad, tiró de las calzas y las hizo resbalar sobre los firmes glúteos de atleta del Sombra. El dibujo se extendía, en forma de pico, hasta el coxis; sus dedos lo siguieron hacia el punto donde se iniciaba la hendidura entre los glúteos y se detuvieron.
Dentro de sus propios pantalones su miembro ya había despertado por completo. Los desató, se escupió sobre la palma y la restregó por la carne rígida, mezclando la saliva con la humedad de su excitación. Luego aferró las caderas del Sombra y tiró hacia sí sin contemplaciones, con la vista fija en la entrada entre sus nalgas. Sül lanzó un grito sofocado.
¡No¡ ¡Espera! Por ahí nunca me han... ¡Argh!
El Darshi'nai solo pudo apretar los dientes en preparación al ariete que se abrió camino en él. En cuanto penetró por completo, comenzó a ir y venir sin tregua. El ritmo lento inicial aumentó poco a poco su cadencia, siempre brusco, siempre hasta el fondo, asegurándose de que sintiera cada uno de los golpes contra sus nalgas. El candente dolor lo tomó por sorpresa, como una hoja que se deslizara dentro de sus entrañas una y otra vez. Trató de distraerse concentrándose en pequeños detalles, en el cálido cepo sobre sus caderas, en la caricia de los largos cabellos húmedos que rozaban su espalda, en el sonido de respiración jadeante, más y más acelerada. Cuando creía que ya no podría soportarlo más, Caradhar lo aprisionó aún con más fuerza y se quedó inmóvil, su orgasmo pulsando y bombeando en su interior. No cesó ahí la marea de sensaciones. Después de que el dotado se derrumbase sobre él, una súbita sesión de caricias se abatió sobre su sexo: manos que lo rodeaban, que se deslizaban y rozaban los puntos más vulnerables, que transmitían a su vientre una inesperada corriente de goce...
Para su propia sorpresa, Sül también eyaculó.




Permanecía tendido de costado sobre la estera, con los brazos de Caradhar en torno a la cintura y una aguda presión en el pecho, allá donde su corazón aún latía a toda velocidad. Envuelto en la calma que seguía al sexo, Sül ya no sabía qué había sido más intenso, si el deleite o el dolor. Tampoco le importaba, en realidad; estaba con la encarnación de varios años de sueños y no habría cambiado aquel acercamiento por ninguna otra cosa. Al girarse, un escozor lacerante en el trasero le arrancó un quejido. Había restos de sangre entre sus muslos. El dotado bajó la vista, consciente de su responsabilidad, y frunció el ceño.
Mientras el Sombra esperaba que el malestar pasase, un nuevo toqueteo entre sus glúteos colocó en tensión cada músculo de su cuerpo. Caradhar pegó los labios a su oído y le susurró que no temiese nada, que solo debía relajarse y dejarlo utilizar su sangre curativa. El contacto de los dedos fue muy reconfortante, similar al de su primera experiencia con el Don, salvo que la zona era más sensible, más secreta. Pronto, el escozor se volatilizó y fue sustituido por un cosquilleo más ardiente a medida que ahondaban en el orificio...
No más, por favor —suplicó Sül, saliendo del trance—. Déjame recuperarme o, al menos, permíteme que sea yo quien te...
No volveré a hacerte daño —susurró el pelirrojo—. Te doy mi palabra.
Se desembarazó de sus calzas, hizo lo propio con las de Sül, aún enredadas en sus rodillas, y acarició despacio la piel recién descubierta. Aquellos ojos del color del fuego eran tan profundos... El hipnotizado Sombra estiró el cuello en busca de sus labios, pero Caradhar prefirió enterrar el rostro bajo su mentón, besarlo, lamerlo. En el correr de su lengua sobre la piel caliente llegó hasta las tetillas, donde se demoró hasta conseguir que se irguieran, y prosiguió hacia más al sur, dejando una línea de saliva a lo largo de los abdominales, el ombligo y la lisa y suave pelvis. El deseo, que había vuelto a despertar la carne de Sül, puso una hendidura rebosante de néctar en su camino. La enloquecedora lengua jugueteó con ella hasta que la erección apuntó de nuevo al cielo. Eso fue demasiado para el Sombra; arqueó la espalda y aferró la llameante masa de cabello desplegada sobre él, en muda súplica para que aquella boca mágica concluyera allí su viaje. A duras penas reconocía al mismo amante tras unas maneras tan distintas.
Y la boca obedeció. Mientras se cerraba al frente para complacer las exigencias de Sül, los dedos retomaron su empeño de abrir por segunda vez la retaguardia. Las apretadas paredes, mucho más tiernas y receptivas, cedieron al asalto, plegándose con docilidad a aquella endiablada destreza que no tardó en localizar la fuente de su placer. El gemido de Sül brotó de su misma alma. Su primera reacción de rechazo al sentirse nuevamente penetrado se convirtió en abandono, en entrega. Separó más las piernas, onduló las caderas para que las caricias se hicieran más intensas.
Ah... Adhar... Sigue y me correré...
Se apartó Caradhar con un obsceno chasquido húmedo para buscar otros lugares donde hundirse. No esquivó entonces sus labios. El ansia de las lenguas al encontrarse, entre jadeos y bocanadas de aliento ardiente, le reveló lo mucho que Sül había deseado ese beso. Lo sintió bajo él, respondiendo con todo su cuerpo, abrazándolo con tanta fuera que casi le hacía daño. Una separación decepcionante para el Sombra, un parpadeo, una mirada a los ojos oscuros... y de nuevo lo hizo volverse de espaldas.
La obra de arte de las escarificaciones se desplegó ante la vista de un Caradhar que no se cansaba de admirarla. Recorrió los remolinos, las curvas y las ondas. Bordeó sus fronteras, desde la nuca hasta el coxis, como si trazase los márgenes de un cuadro. Se tomó su tiempo para alimentar su excitación, aunque su miembro, ahora igual de resbaladizo que el de su compañero, anhelaba sumergirse de nuevo en la brecha que ya había hecho rendirse. Nunca, en todos los años de vida del Sombra, había recibido su piel un homenaje semejante.
Cuando Caradhar se acomodó de nuevo entre sus nalgas, Sül se tensó de manera involuntaria. No se esperaba la ristra de pequeños besos desde el cuello hasta la punta de la oreja, ni la voz queda que lo arrulló con un sereno «Confía en mí». Cerró los ojos. Rememoró todas las veces que había espiado a su protegido en la cama con Darial o con la Maediam Neska. Si bien no era un pensamiento agradable, hasta donde podía recordar jamás les había susurrado palabras tranquilizadoras ni los había abrazado como lo estaba abrazando a él. Alzó una mano y se las arregló para acariciar el hermoso rostro, incitándolo a continuar.
El Caradhar de ese segundo encuentro fue muy distinto del primero: esperaba a que se amoldase a sus formas antes de empezar a impulsarse dentro de él, dejaba escapar jadeos encendidos sobre su nuca, se preocupaba de que los dos disfrutasen en la misma medida. Parecía querer purgar su anterior vehemencia con un poco menos de pasión animal y una buena dosis de pericia. Sül no habría sido capaz de elegir entre uno u otro. Quizá estaba tan infatuado que no razonaba con objetividad, pero ambos lados de su carácter lo atraían por igual. Lo volvían loco.
Alcanzó el clímax una vez más, casi a la par que él. Y en esa ocasión no se sorprendió.




En el catre se combatía mejor el frío, a base de arrimarse mucho en el estrecho espacio. Sül reposaba boca abajo, la vista fija en la pared desnuda; Caradhar, con la mejilla apoyada en el dorso de la mano, se complacía en volver a estudiar las cicatrices del Sombra. Al fijarse con más detenimiento descubrió que era un tatuaje de escarificación viejo y muy inusual, ya que consistía en una línea continua que se iniciaba en una espiral en el omóplato izquierdo y recorría toda la piel hasta finalizar en el otro costado. No la habían trazado de golpe; en algunos lugares se distinguían tramos algo abultados, allá donde el filo de la hoja había retomado la labor de una sesión anterior. Palpó en busca de esas interrupciones y se maravilló de lo largos y precisos que habían sido los cortes.
Ahora me pregunto si me has follado a mí o a mi tatuaje —ironizó el Sombra.
¿Todos los Darshi'nai tienen uno?
Por los fuegos del abismo, no. Y tampoco me apasiona que lo encuentres tan arrebatador. No quería que lo vieras porque, bueno, siempre ha sido mi vergüenza. —Hundió el rostro en la pequeña almohada.
¿Por qué? Es hermoso. Es perfecto.
Sül giró la cabeza hasta que alcanzó a enfocar a Caradhar por el rabillo del ojo. Aunque, por lo que sabía, el dotado no había bromeado en su vida, le costaba creer que admirase de veras su espalda mutilada. La única explicación posible era que hacía gala de un gusto bastante estragado.
¿Quién te lo hizo? —insistió el pelirrojo.
Sül vaciló. Aquellos eran recuerdos que no le apetecía sacar a la luz, a pesar de afloraban a su mente más a menudo de lo que hubiese querido. Con todo, sintió que bien podía satisfacer la curiosidad de su compañero. Nunca los había compartido con nadie.
Mi neidokesh. «Para templar los nervios», decía. ¿Los nervios de él o los míos? Eso nunca me quedaba claro. En fin, a veces la jodía a lo grande en los entrenamientos. Entonces me hacía tumbarme boca abajo, sacaba la hoja y cortaba. Yo era un crío, pero ni aun así me permitía moverme, ni gritar, ni tan siquiera morder un palo. Era efectivo, dioses, porque durante las siguientes sesiones me esforzaba el triple: sudaba como un cerdo, me doblaba como un junco, saltaba hasta echar los pulmones por la boca de puro agotamiento... Y todo para no cometer ni una sola pifia. Bueno, pues incluso tras esas raras jornadas de ejecuciones impecables, cuando le venía en gana, iba a por su juguetito y continuaba rajándome por donde se había quedado antes.
»Yo no lo entendía. ¿Qué estaba haciendo mal? Al final me armé de valor y le pregunté por qué me castigaba cuando no cometía fallos. Él me miró, compuso esa sonrisa suya que hacía que se me encogieran las pelotas y me respondió, muy tranquilo: «Oh, ¿así que crees que esto es un castigo? No has comprendido nada». Ese día me hizo tanto daño que eché los pulmones por la boca, y después frotó las heridas con sal. Me desmayé, no me siento orgulloso de reconocerlo. Lo que sé es que, desde entonces, jamás volví a cuestionarle nada.
»Ahora entiendo que no mentía, lo que pretendía era templar mis nervios. Hay muchas ocasiones en las que un Darshi'nai tendrá que hacer de tripas corazón y aguantar lo que le echen hasta bien pasado el punto de no poder más. Muy efectivo, pero eso no quita que mi neidokesh sea el mayor cabrón que ha pisado esta ciudad.
El dotado escuchó con interés. No llegó a compadecerlo; consideraba la compasión un insulto que en nada se aplicaba a un elfo con la valentía y la fortaleza de Sül. Terminada la historia, apoyó la mejilla sobre el tapiz de escarificaciones expuesto bajo él y lo besó.
Qué pena que no te conociera entonces —se lamentó el Sombra, con una sonrisa amarga—. Habrías podido borrar las cicatrices.
¿Destruir algo tan hermoso? Nunca lo habría hecho.
No, Caradhar no se burlaba. Y esa rotundidad inspiraba a Sül sentimientos contradictorios, a medias entre el orgullo y el escalofrío. Lo encaró con seriedad, privándolo de su entretenimiento del momento, e inquirió:
¿Y es lo único que te atrae de mí?
No. Ya me interesabas antes de que me dejases ver tu cara.
¿Por qué?
Porque eras Darshi'nai y me intrigabas. ¿No es lo que me sucede a mí? La gente se interesa cuando sabe que poseo el Don.
No siempre. A mí me fascinarías aunque tu sangre no fuese especial, pensó Sül. No se atrevió a expresarlo en voz alta ni tampoco a confesar que la respuesta del dotado lo había decepcionado un poco. Para ocultar su desengaño, emprendió un aturrullado cambio de tema.
La verdad es que me ha sorprendido cómo eres en la cama. Ya sabía que te trajinabas a aquel maestro de armas, pero siempre te había visto debajo de Darial y creía que... mi culo estaría a salvo.
Caradhar frunció el ceño.
Si quieres acostarte conmigo, así son las cosas —replicó, con voz inexpresiva—. Si lo que pretendes es cambiar posiciones, te sugiero que busques a otro.
Luego maniobró para dar la espalda a su compañero. Este reaccionó a toda velocidad y lo abrazó, hundiendo la nariz en sus cabellos. No iba a permitir que su comentario bocazas diese al traste con la invitación implícita en esas palabras.
¿Eres idiota? —susurró—. Yo era virgen por ahí detrás, maldito bastardo, claro que no quiero buscarme a otro.
Relajado en sus brazos, Caradhar se durmió. Sül se pasó mucho tiempo escuchando su respiración, maravillado de que ese sonido suave pudiera imponerse sobre la algarabía que se filtraba a través de los muros. Llevaba tanto tiempo deseándolo... Casi desde la primera vez que lo viera en los brazos de Darial, con aquella mirada fría que expresaba: «Es cierto, estás encima de mí, pero aunque tú creas que me posees yo no le pertenezco a nadie». Sí, puede que estuviese infatuado, y no iba a negar que era un tanto ingenuo e impresionable en lo que al sexo se refería. Sus experiencias hasta entonces se habían reducido a esporádicos encuentros con muchachas de la Zanja; nunca antes se había acostado con otro elfo y jamás pensó que lo haría de aquella manera, ni con él. Se había resistido, había intentado mantenerse alejado, ceñirse a su misión.
Ya no había vuelta atrás. Había desobedecido la orden más tajante de su neidokesh, no intimar con su protegido. Una falta que, de descubrirse, podría llegar a costarle muy cara.
Por el momento no pensaría en ello. Estrecharía a su bello compañero; aspiraría su aroma, tan dulce; disfrutaría el tacto de aquella piel inmaculada... Se permitió, incluso, caer dormido durante un rato, con los sentidos envueltos por el embrujo de Caradhar.






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2017/09/25

EL DON ENCADENADO IX: Se reanuda el juego en Arestinias




Varias semanas más tarde, Caradhar entraba a caballo por las grandes puertas de Argailias. Sentía un poco de aprensión después de la larga ausencia y no dejaba de mirar a todos lados, inquieto por volver a encontrarse entre sus muros. Porque, para él, la ciudad no dejaba de ser una cárcel; hermosa, resplandeciente, mucho más vasta que la suya..., pero una cárcel, al fin y al cabo. Su único consuelo consistía en que iba a adoptar una identidad diferente, no lo acosaría una escolta, podría dedicarse a la profesión que le gustaba y nadie sabría que el Don corría por sus venas.
Aquel tiempo extra lo había pasado aprendiéndose su papel de aprendiz de alquimista de Misselas. El Sombra se había empleado a fondo en proporcionarle información sobre el principado del norte y en ponerlo al día sobre los acontecimientos relevantes de los últimos años.
Primero —había comenzado el espía— tendremos que cebarte bien. En tu estado, hasta un niño podría darte una paliza. También haremos ejercicio con la espada para desentumecer tus músculos, si es que aún siguen ahí. Nunca se sabe cuándo se va a necesitar un poco de diplomacia del acero. Yo, por mi parte, prefiero confiarme a una hoja antes que a las palabras. Por cierto, ojos rojos, pelo rojo... Demasiado llamativo, y tú no eres precisamente una cara nueva en la ciudad. Nada, te teñiremos. A partir de ahora serás igual de moreno que yo. Una lástima, ¿eh?
»Casa Arestinias no alcanza el nivel de seguridad de Elore'il, ni siquiera el de Llia'res. Lo he comprobado por mí mismo. Mejor hubiera hecho la Maediam Neska en buscarse un consorte y aliado y reforzar su guardia, como hacen todos los Maedai, en lugar de dejarse llevar por el orgullo y gobernar sola. Ahora todo lo que hace es acostarse con quien se le pone por delante, igual que el ex Maede Killien, con la diferencia de que ella suele usar la maniobra para comprar favores. Ya es triste que ni confíe en sus propios consejeros. Eh, yo no los culpo a esos tipos: si hubiese visto a mis colegas caer ante mí como moscas por el simple hecho de hacer su trabajo, no estaría por la labor de aconsejar gran cosa. Y hablando de aconsejar... Si por esas casualidades de la vida te topas con ella, no se te ocurra contradecirla. Lo digo por tu salud.
»Una vez dentro de la Casa, conserva los ojos y los oídos bien abiertos; eso sí, sin pasarte. Eres extranjero y todos desconfiarán de ti, recuérdalo. Yo estaré cubriéndote las espaldas, pero siempre habrá lugares y momentos en los que no podré echarte una mano porque, por patéticos que resulten sus Sombras, tendré que tomarme algo de tiempo para esquivarlos. Sé un niño bueno y apártate de los objetos afilados. Si te hieres y descubren que tienes el Don, algún lumbrera atará cabos y estamos listos. ¿Qué más? Utiliza ropas oscuras y guantes y...
¿Cuál es tu nombre? —había preguntado, de buenas a primeras, Caradhar—. ¿Tendré que llamarte Sombra para siempre?
Es, hum... Sül.
Fácil de recordar.
Mi neidokesh no quería complicarse mucho.
¿Tu maestro te puso tu nombre?
Hasta donde yo sé, mi maestro se ha ocupado de todos y cada uno de los aspectos de mi vida. Menos de follarse a mi madre, quien quiera que fuese. Su único pesar siempre ha sido no tener un hijo propio que lleve su nombre entre los Darshi'nai, por eso me adoptó a mí. El hijo de un Sombra pertenece a los Sombra; aun siendo un hijo adoptivo, mis cadenas son más gruesas de lo que puedas imaginar.
Caradhar dejó las reminiscencias al desmontar ante la entrada lateral de Casa Arestinias. Una guardia lo condujo a una sala de espera. Allí fue recibido más tarde por uno de los alquimistas asistentes, a quien mostró su certificado y su carta de recomendación con su nuevo nombre, Eitheladhar. Tras soportar durante horas el largo curso de la burocracia, al nuevo aprendiz de alquimista de Casa Arestinias le asignaron una cama en un dormitorio común y un hueco donde dejar su escaso equipaje. Las comodidades brillaban por su ausencia; con todo, era un alojamiento de lujo si lo comparaba con Therendanar.
Su primera asignación fue en un laboratorio auxiliar. En los días que siguieron, el joven tuvo que realizar las tareas más ingratas y tediosas, aquellas que eran encomendadas a los miembros inexpertos: limpieza, orden, acopio y traslado de material... Muchas noches permaneció en pie hasta el alba, vigilando los procesos de cocción o destilación de ciertas fórmulas. Durante las mañanas que seguían le costaba un gran esfuerzo concentrarse, agotado como estaba, pero aun así acometía sus nuevos deberes con eficacia y sin protestar. Si bien echaba de menos su pequeño refugio en Therendanar, la ausencia de órdenes absurdas y la libertad para acometer sus proyectos privados, sentía cierto alivio por volver a lo que para él era la civilización, por más que no quisiese reconocerlo.
Se cuidaba muy bien de mantener los ojos abiertos y no forzar sus oportunidades. A pesar de esa actitud discreta, no tardó en dar muestras de que sabía lo que hacía y estaba capacitado para mucho más que ser un chico de los recados. Por desgracia para él, el maestro alquimista de su laboratorio auxiliar no estaba dispuesto a perder al más diligente de sus aprendices cediéndoselo al principal.
La suerte le cambió de una manera muy curiosa. La asistente personal del maestro, una elfa de ojos lánguidos y labios seductores, comenzó a prodigar su sonrisa en la dirección de Caradhar con excesiva frecuencia. El maestro alquimista —que tenía pretensiones de dominio exclusivo sobre la joven— sentenció entonces que el novato de Misselas no era tan imprescindible y que había llegado la hora de enviarlo a nuevos destinos. Esto suponía para el dotado mayores y más interesantes cometidos, acceso a los altos cargos de la Casa y el uso de un diminuto —pero privado— cuarto para dormir. Cuando, finalmente, pudo contactar con el Sombra y contarle cómo habían ido las cosas, incluyendo el papel que su admiradora había jugado en la historia, este se rio tanto que hubo de embutirse un guante en la boca para evitar hacer ruido.



El Gran Laboratorio de Arestinias contrarrestaba la falta de un equipamiento tan sofisticado como el de Elore'il con más personal y una actividad frenética, lo que llevó a Caradhar a preguntarse sobre los motivos tras semejante despliegue. Por supuesto, las tareas que desempeñaba eran las mismas, un nuevo comienzo desde la base, y ni era informado sobre qué tipo de experimentos se estaban realizando ni había podido posar la vista en ningún cuaderno de anotaciones desatendido. Dado que sabía que adquirir posición era una empresa larga y requería paciencia, decidió seguir siendo cauto y no hacer preguntas inapropiadas.
La alquimista a cargo de vigilar su rendimiento era Raisven, una elfa madura y poco habladora cuyo único interés era la alquimia. Aunque Caradhar sacó a relucir el tema de Ummankor, sus intentos de tirarle de la lengua no cosecharon éxito alguno. Raisven no era una persona que promoviese la charla a destiempo. Aparte de ese inconveniente, el dotado no abrigaba quejas contra ella; era concienzuda y observadora en el trabajo, cualidades que admiraba.
Una noche en la que debía velar una destilación junto con su superior pudo ver, de pasada, al Gran Alquimista. Las puertas del laboratorio se abrieron; un elfo de cierta edad, rodeado de varios asistentes que susurraban a su alrededor, se precipitó en la estancia y se dirigió derecho al despacho del fondo, sin reparar en quienes lo rodeaban. Raisven se inclinó a su paso y propinó un codazo en las costillas a Caradhar para que hiciese lo mismo. Este obedeció, no sin echar una buena mirada al importante personaje y aguzar bien el oído. El esfuerzo fue vano, pues las pesadas puertas del despacho se cerraron tras ellos.
Varios días más tarde, y a plena luz, las puertas del laboratorio volvieron a abrirse de par en par para dar paso a una personalidad eminente. En esa ocasión, todo el mundo dejó lo que estaba haciendo y aguardó, con la más respetuosa de las reverencias, a que la visitante cruzase la sala hasta el despacho del Gran Alquimista, donde este la atendió en persona. Se trataba de Neska, la Maediam de Arestinias. Caradhar no se había topado con ella hasta entonces, pero la había reconocido por la descripción que le había proporcionado Sül. Aunque de corta estatura, la leonina melena castaño rojiza que se expandía en torno a una ostentosa diadema de amatistas la hacía parecer más alta y augusta. Sus ojos tenían el color de las aguamarinas, el carmín pintaba un corazón en su boca pequeña y carnosa, su ceñido vestido púrpura aprisionaba sus formas de tal manera que era imposible no adivinar lo que la tela ocultaba. Se la podía calificar de bonita y exuberante.
La Maediam mostraba poco interés en la actividad que allí se desarrollaba. Se encerró en el despacho a escuchar el parte de la jornada justo el tiempo que tardó en entrar en ebullición un experimento de Raisven; luego volvió a salir y se paseó con tranquilidad entre las mesas del laboratorio, seguida por su escolta. Por el rabillo del ojo, Caradhar notó que los alquimistas la saludaban con una inclinación al pasar y después reanudaban su trabajo. Él los imitó pero, para su sorpresa, Neska no siguió su camino, sino que se detuvo unos instantes.
A ti no te he visto antes. ¿Eres nuevo? —preguntó, sonriendo.
Con vuestra venia, mi vaiam, su nombre es Eitheladhar y es un aprendiz venido de Misselas —intervino Raisven con su voz más respetuosa—. Está a mi cargo y respondo por él para que no traiga deshonor a la Casa —añadió, usando una fórmula tradicional.
Sí, sí. —Neska continuó su escrutinio. Luego observó con despreocupación—: Deshonor, ¿hmmm? Esperemos que sea como dices.
Mientras se alejaba, un alquimista guasón pronunció claramente las palabras carne fresca. Raisven lo mandó callar y luego advirtió al joven que se comportase con una mirada severa y cargada de significado.
Lo que la alquimista se temía no tardó nada en ocurrir. Aquella misma noche, un edecán se presentó en el cuartito del aprendiz de alquimista y le comunicó que la Maediam lo llamaba ante su presencia. Caradhar dudó durante algunos segundos. Ignoraba si aquella convocatoria era buena o mala, pero tampoco tenía elección, así que siguió al edecán sin decir una palabra. Intuía de que el Sombra estaba a la escucha y actuaría en consecuencia.
Fue guiado hasta una parte alejada de la Casa a través de un área abierta, a modo de peristilo. Llovía y el frío era intenso a pesar de la cubierta de los corredores. Su guía lo hizo pasar a una sala con enlosado de piedra que contenía una bañera baja llena de agua humeante, un brasero, una cesta con utensilios de baño y un banco de mármol cubierto de cojines de raso. La pared del fondo tenía un curioso diseño de celosía en su parte superior que permanecía en sombras. El brasero llamó la atención del aterido Caradhar; la bañera y el resto de los objetos, en cambio, no hicieron más que despertar su desconfianza, en especial la oscura celosía de la pared. Una elfa jovencita vestida con una túnica blanca se presentó y le hizo una reverencia.
La Maediam me envía para que os asista en el baño.
Dicho esto, echó mano al jubón del asombrado elfo y empezó a desatarlo. Este dio un paso atrás. No era un ingenuo, se hacía una idea de por qué lo habían llamado.
Puedo hacerlo yo solo.
Mi vaiam ha sido muy específica al respecto, debéis dejar que yo me ocupe o ella se sentirá muy contrariada. Y no deseamos contrariarla.
La operación de desvestir a Caradhar no sufrió más demoras ni interrupciones. La bañera era bastante amplia, pero tan baja que ofrecía poca consideración al pudor. La parte más alta, donde se reclinaba la espalda, estaba orientada de cara al tabique calado. Aunque el elfo agradecía el agua caliente tras experimentar el frío del exterior, la sensación de incomodidad no hacía sino aumentar: en toda su vida consciente, era la primera vez que alguien lo ayudaba a bañarse. Le preocupaba, además, cuánta agua resistiría el tinte de su cabello antes de diluirse. La doncella se arrodilló, tomó un paño y un recipiente de aromática pasta de jabón e hizo ademán de desatar su pelo. Caradhar reculó.
¡No! Yo... lo haré.
Las atenciones de la muchacha se centraron entonces en enjabonar el resto. El agua que le empapó la túnica blanca adhirió la tela a su piel. Debajo no llevaba nada más, salvo curvas suaves y areolas rosadas revelándose a través del tejido transparente; una visión que muy pocos habrían podido resistir. Caradhar no lo intentó, desde luego. Sus pupilas se prendieron en el espectáculo hasta que, se diría que de manera calculada, las manos de la doncella resbalaron sobre su vientre y pasearon el paño por su ingle. Aunque el impulso del joven fue juntar y flexionar las piernas, se vio forzado a separarlas para que le enjabonasen la cara interior de los muslos, revelando así la erección que escondían. Ella se mordisqueó los labios para ocultar su sonrisa. Finalmente vertió agua clara sobre el jabón, lo secó, lo envolvió en una bata de baño y lo empujó a la salida. Una cortina con varias capas de gasas de colores y abalorios impedía distinguir qué había más allá.
Caradhar apartó los tintineantes adornos. La estancia contigua estaba iluminada con lámparas de aceite y conservaba el calor gracias a los braseros de cada esquina, las alfombras y los tapices. En el muro que la separaba del baño, oculta por una tela corrediza, adivinó la celosía que había llamado su atención. La atmósfera dorada y discreta que lo envolvía todo había sido concebida aposta para hacer resaltar el elemento más llamativo del conjunto, la cama; o, mejor dicho, la persona que se recostaba sobre aquella lisa extensión de sedas y pieles, que no era otra que Neska. Todo cuanto llevaba encima eran su melena suelta y un finísimo vestido de gasa, sujeto con un ceñidor que empujaba sus pechos hacia arriba. La carne desbordaba de la ligera envoltura de tela. Se la quedó mirando, con las cejas un tanto arqueadas, hasta que recobró la compostura y se inclinó en una profunda reverencia. Ella sonrió, satisfecha por el efecto causado.
Espero que hayas disfrutado el baño como yo lo he hecho. —Soltó una risita—. Te llamas... Eitheladhar, ¿cierto? Acércate, quisiera examinarte de cerca.
El elfo acató la orden. A sus espaldas se oyó el sonido de puertas que se cerraban, en poética alusión a su destino. Tras alcanzar el borde del colchón, la dama gateó hasta él y se arrodilló al borde. Sus brazos, pegados al cuerpo, aprisionaban y juntaban sus senos exuberantes, ofreciéndolos aún más a la vista. En aquella postura incitante desató, sin miramientos, el cinturón de la bata de baño y la dejó caer al suelo. Los ojos de color aguamarina quedaron prendidos en el miembro del Caradhar, de nuevo rígido, y vagaron después por su cuerpo esbelto y de piel inmaculada. Una pequeña mano de extravagantes uñas lacadas se posó sobre la erección.
Me agrada que no seas tímido. —Los dedos juguetones no dejaban de subir y bajar—. Tengo entendido que eres un joven cumplidor y muy obediente, así que tus órdenes de esta noche... son hacerme gritar de placer. ¿Crees que podrás cumplirlas?
Caradhar tragó saliva. Desde su destierro voluntario en Therendanar no había compartido cama con nadie, ni siquiera alguna escapada furtiva a una casa de citas. Necesitó de toda su fuerza de voluntad para no sucumbir enseguida a sus caricias.
¿Qué deseáis, mi vaiam? —preguntó, en tensión—. ¿Que mis manos y vuestros gritos sean gentiles o bien que os haga chillar de verdad?
Vaya, vaya, ¿no somos presuntuosos? —La risita se convirtió en carcajadas—. Veamos, sí, cómo pretendes hacer eso.
Afianzó el agarre sobre los testículos del joven. Este aflojó su ceñidor de un tirón, liberó los senos de su escueto encierro y los juntó para lamer sus pezones. El aroma de diez fragancias diferentes que brotó de aquella carne suave pasó de largo sin seducirlo; para él solo era una punzada amarga en la parte posterior de la lengua. No tardó en empujarla de espaldas y rasgar la gasa de su vestido de arriba abajo, aplastando con su propio cuerpo cada porción que descubría, hasta que su entrepierna encajó en una entrada ya húmeda. Se frotó contra ella pero no la penetró aún; prefirió separarle las piernas y exponerla en la misma postura vergonzosa que él soportara en el baño antes de dirigir hacia allá sus labios y demostrarle qué sabía hacer. Y cuando ya gemía de puro deleite —quizá con restos de una pequeña sonrisa, porque su placer distaba mucho de los gritos prometidos—, la tendió boca abajo, tiró de sus caderas y se preparó para entrar en ella.
La visión de aquel cuerpo estremecido bajo el suyo le trajo un recuerdo, una imagen de noches pasadas en la Zanja, aunque la muchacha de aquel entonces poseía curvas delicadas y casi no se la oía cuando suspiraba. Después de ella solo había habido manchas grises y una sucesión de encuentros decepcionantes. La escena se oscureció más y más, se trocó en sangre roja sobre tela blanca, en una criatura recién nacida del engaño... y en el exquisito y radiante rostro de su madre. Se detuvo en seco, ahogado en sus propias dudas. Sintió miedo.
Cuando su compañera ya iba a protestar por el súbito cambio de ritmo, los dedos del elfo se sumergieron en la cálida humedad de su vientre y luego ascendieron hasta el cerrado acceso entre sus nalgas, donde se unieron con su lengua. Apenas podía mirarla a la cara, asustado por la perspectiva de volver a identificar en ella los rasgos de Corail. Neska reanudó el ronroneo placentero hasta que lo sintió, duro y violento, abriéndose camino en la entrada posterior de su cuerpo.
¿Qué es lo que estás...? ¡Ah! ¡Ah! ¡¡¡Aaaah!!!




Felicidades, sí que la hiciste chillar.
Caradhar no registró la ironía del saludo que recibió al regresar a su cuarto. En su estado, ya hacía rato que cualquier excitación se había convertido en cansancio, y su agilidad mental no disfrutaba su mejor momento. Aun así, dedicó una larga mirada a la figura del Sombra, cuya indolencia contrastaba con su típica pose en alerta. Su lengua, en cambio, sí tenía ganas de moverse.
Ha sido un día de lo más provechoso —continuó, con ese matiz sardónico—. ¿Quieres la crónica? Soy un Darshi'nai eficiente, así que te seguí en cuanto el criado pomposo vino a buscarte. Ya conozco esa zona de la Casa, tranquilo, no sudé ni un poco la camisa. Veamos... Bien por el espectáculo del baño, admito que me lo pasé en grande con tus expresiones. Se notaba que no te aburría tanto como aquel alquimista horrendo de pelo amarillo que... Perdona, me estoy desviando. Al dormitorio no crucé, lo admito (no soy tan temerario), pero puede echar un vistazo a través de la celosía. A partir de ahí... Bueno, no duré mucho. Un polvo se parece mucho a otro polvo y, además, estaba cansado de estar de puntillas. Aparte de que se oía perfectamente sin necesidad de mirar. Desde siete habitaciones más allá, si me preguntas. —Caradhar no preguntó—. Sí, reitero mis felicitaciones: unas semanitas aquí y ya se la estás metiendo a la Maediam. Claro que, en mi opinión, deberías haber empezado por el Gran Alquimista. Para no perder la costumbre.
Hasta alguien como Caradhar no habría podido dejar de notar la amargura creciente en su voz. Y tal vez, solo tal vez..., ¿el despecho? Se sentó junto a él, le apartó la capucha y lo miró con esa calma suya tan enervante.
Fuiste tú quien me aconsejó que no la contradijese.
Y bien que me has hecho caso. Nuestra anfitriona y su permanente estado de celo... ¿Qué más se podría esperar de ella? Salvo que no es tan tonta, sabe elegir. Debe ser cierto eso de que los dotados huelen tan bien que a todos les entran ganas de tirárselos.
No lo sé. —Se acercó al espía, imperturbable, hasta que sus rostros estuvieron a un par de pulgadas—. ¿Quieres comprobarlo?
Al escuchar esas dos simples palabras, Sül se estremeció. Estaba tan cerca que percibía su aroma en toda su intensidad y le resultaba casi doloroso resistirse. Se sintió tentado de quitarse los guantes, alargar la mano, gozar el tacto de aquella piel perfecta bajo las yemas de los dedos... Se vio vulnerable y débil; asumió que esa debilidad se desbordaba por las comisuras de sus ojos oscuros.
Aunque trató de leer los de Caradhar, no fue capaz de distinguir si era sincero o se burlaba de él. Impulsado por el miedo, huyó de la habitación.






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