2018/02/05

EL DON ENCADENADO XIX: Cuando la tentación es demasiado fuerte




En el laboratorio de Elore'il, Darial emprendía otra jornada con el prisionero de Misselas. Semanas de esfuerzos infructuosos en busca de alguna sustancia efectiva para doblegarlo habían hecho evolucionar el ánimo de alquimista, desde la furia de las primeras sesiones, hasta un estado de curiosa aceptación y cómoda cotidianidad.
Era difícil encolerizarse con un prisionero modelo como aquél, educado, inteligente, correcto y pacífico. Parecía hacerse cargo de los cambios de humor del Gran Alquimista, no decía nada para contrariarlo y nunca perdía la compostura, ni bajo los efectos de drogas potentes. Dado que no poseía el Don, Darial no se explicaba aquella sorprendente resistencia. Su única opción, hasta nuevas órdenes, era perseverar, salvaguardar el prestigio de Elore'il y de su laboratorio ante sus aliados humanos. En su fuero interno estaba convencido de que ningún maestro avanzaría más que él y de que las drogas no conseguirían nada a menos que el misselano se animase a hablar por iniciativa propia.
Si bien al principio Darial solía llevar consigo a su asistente o a otro oficial para que lo ayudase en la tarea de suministrar las dosis y controlar los tiempos, pronto aprendió que el elfo se mostraba aún menos comunicativo en presencia de terceros, con lo que optó por ocuparse en solitario. Además, las conversaciones lo relajaban. De manera paradójica, el supuesto enemigo le mostraba más deferencia que cualquiera de los otros miembros de la Casa.
Estáis muy callado hoy, su Señoría —observó el prisionero.
¿Mmm? Oh, tengo muchas cosas en la cabeza. —Eso no era del todo cierto; solo una cosa lo contrariaba.
¿Pensáis la guerra? Entiendo que no os apetezca entrar en detalles, nadie daría noticias a un espía sobre semejante asunto.
Mmm —murmuró el distraído Darial.
La vuestra es una posición difícil, con una gran carga de responsabilidad. El laboratorio de esta Casa tiene fama de ser uno de los mejores de todos los principados. Me halaga que el Gran Alquimista de Elore'il se ocupe en persona de alguien como yo, pero no deja de sorprenderme el trato que recibís. Vuestra posición y habilidades os hacen merecedor de mucho más.
Los ojos del rubio elfo se transformaron en dos ranuras desconfiadas bajo su ceño fruncido. Lanzó al misselano una mirada que nada tenía de amable.
¿Me dedicas un cumplido o me insultas? Además, ¿desde cuándo eso es un asunto de tu incumbencia?
Supongamos (y, que quede bien claro, esto es solo una suposición inocua)... Supongamos que vos sois un agente de un principado. Y, siguiendo en el terreno de las hipótesis, aceptemos que habéis estudiado durante mucho tiempo a prominentes personajes, tanto humanos como elfos, y que, de todos ellos, hay uno al que habéis llegado a admirar y cuyas habilidades no dudaríais en reclutar para vuestra causa, sin importaros el precio ni las condiciones.
»Lamentablemente, y este es el aspecto más delicado de mi suposición, este personaje en particular es leal a su gente y su comportamiento nunca se ha desviado del camino de la rectitud. Ah, pero vos, el agente, no podéis cejar en vuestro empeño y debéis poner en práctica todos los medios a vuestro alcance. Decidme —la voz del prisionero se tornó muy suave—, si fueseis vos este agente, ¿cómo llevaríais al objetivo a vuestro territorio?
¿Así que confiesas que eres un espía?
Por favor, solo me he embarcado en un ejercicio de conjeturas.
¿Te burlas de mí? —Darial comenzó a perder la paciencia.
Sabéis que no, y espero haberos probado, durante todas estas semanas, el profundo respeto que siento por vos. Yo no bromeo.
Yo tampoco. Y ya que hemos llegado a este punto, déjame avisarte de que, tal vez, el tiempo de las pociones ha pasado y es preciso utilizar otros medios más contundentes... y menos civilizados.
El prisionero suspiró.
Confío en vuestro criterio y sé que no desecharéis mis palabras sin dedicarles al menos un instante de consideración. Os ruego una simple respuesta: ¿creéis que existiría una posibilidad de diálogo para ese agente? ¿Una mínima posibilidad?
Tú mismo has dicho que ese... personaje en cuestión es leal a sus allegados, ¿no es cierto? —preguntó Darial tras un prolongado y violento silencio.
Sí. De lo contrario, sus cualidades desmerecerían.
Pues ahí tienes tu respuesta. —El alquimista se levantó—. Volveré mañana y quizá no lo haga solo; el hierro siempre ha sido un interrogador convincente.
Mientras se alejaba, el prisionero no apartó los ojos de él. Conservaba una actitud serena, imperturbable. Y en absoluto insatisfecha.

Hola, Caradhar. Hacía... mucho tiempo que no velabas conmigo. Te he echado de menos.
En los aposentos del Maede, el señor de la Casa daba la bienvenida al dotado con una sonrisa tímida y esperanzada. Estaba solo; su dama de compañía no se encontraba allí, según su costumbre, para recibir al dotado de guardia. El elfo recién llegado entornó sus ojos rojos.
No creo que esto sea una buena idea, mi va...
Si vuelves a llamarme eso en privado, te juro que... —El muchacho se cubrió el rostro con las manos y suspiró—. Por favor, te lo ruego, solo quiero que todo vuelva a ser como antes. No haré nada inapropiado, no diré nada que no deba. Todo lo que deseo es que, cuando estemos solos, me llames Navhares igual que has llamado Corail a madre. No te pido nada más. ¿Por favor?
Había tal súplica en sus ojos que Caradhar se acercó a su cama y se descalzó sin replicar. Navhares saltó a la suya propia con el semblante animado de un niño al que han prometido una historia antes de dormir. Reclinando la mejilla sobre la mano observó, como si fuera un espectáculo, los gestos de su compañero antes de acostarse..., hasta el momento en que se soltó los cabellos. La tentación de acariciarlos se volvió casi insoportable; giró sobre su espalda y trató de distraerse con otros pensamientos.
Madre me ha contado cosas acerca del prisionero de Misselas. ¿No es increíble que sea inmune a las pociones? Incluso a la voz de mando. ¿Crees que fue él quien mató al Maede Killien?
Caradhar no respondió —¿qué podía decir sin faltar a la verdad?— y se tendió a su vez, incómodo y fuera de lugar después de todas las semanas transcurridas desde su última guardia. Además, echaba en falta los brazos de Sül, el contacto de su pecho contra la espalda, la calidez de su aliento. Por la mañana tampoco disfrutaría el nuevo ritual del Sombra de aguardar junto a él hasta que tuviera a bien despertarse; no sentiría, al abrir los ojos, los labios que le mordisqueaban el cuello, ni el familiar bulto de su erección matinal presionando entre sus nalgas...
Era mejor no seguir pensando en aquello o su propia entrepierna reaccionaría. Se volvió hacia su compañero de dormitorio, quien, con la vista fija en el techo, seguía refiriéndole las noticias confiadas por Corail. Ciertamente poseía una bella estampa. En otras circunstancias, Caradhar habría estado más que dispuesto a arrimarse a él y cuidarse de que no siguiera hablando, pero a sus ojos, entrenados para ver más allá de los efectos de la alquimia, el muchacho seguía siendo aquel niño de Therendanar, el mismo que aún atesoraba un dragón mecánico en su escritorio. Y sangre de su sangre. ¿Seguiría sintiendo esos reparos en veinte, en treinta años? ¿Importaba, acaso?
Lo sacaron de sus cavilaciones la mirada intensa de Navhares y el suave jugueteo de sus dedos, enredados en sus cabellos. Había cedido a la tentación.
La Senniam dará a luz muy pronto. Yo también voy a ser padre, ¿no es extraño?
Supongo que sí.
Tendré que volver a palacio. ¿Vendrás conmigo, aunque solo sea por algún tiempo Puedes... puedes traer a tu guardaespaldas, si quieres.
Fue el turno de Caradhar de volver el rostro al techo.
Mientras no me obligues a compartir la habitación cuando estés con tu esposa.
¡No! No... no volveré a hacerlo jamás. No podría.
¿Y a qué se debe el cambio?
Por la misma razón por la que no podría mirar cuando... cuando Sül y tú estáis juntos. Porque duele demasiado. Buenas noches, Caradhar.
Buenas noches, Navhares.

A sabiendas de que Caradhar estaría acompañando al señor de la Casa, Sül se levantó al amanecer y aprovechó para dedicar algún tiempo a desentumecer los músculos. Seelvyan llegó poco después con una provisión de burlas sobre sus hábitos irregulares. «Pronto te crecerá una enorme barriga de mercader humano si no te cuidas» o «Comer, fornicar y, un día al mes, menear la espada» fueron algunas de las lindezas que le dedicó. Era de agradecer, pensaba el Sombra, que el elfo no se hubiera tomado a mal su rechazo, por más que siguiera lanzándole ojeadas pervertidas. Su pretexto era que, como no podía hincar el diente a la comida que servían en la mesa de los nobles, no había nada de malo en echar un buen vistazo al menú.
Al terminar se permitió usar la sala de baño privada de Caradhar, según era su costumbre. Con la cintura envuelta en una blanca tela de lino se acercó al escondrijo donde había embutido parte de su equipo, que incluía una cajita de madera con varios viales. Extrajo uno, pensativo, lo contempló antes de abrirlo y se detuvo a mitad del gesto con una sonrisa en la cara. Se escuchaba la puerta abriéndose y unos pasos que cruzaban la habitación; un sonido que habría reconocido en cualquier parte.
Buenas —saludó Sül antes de vaciar el contenido del vial en su garganta. Caradhar lo miró con curiosidad—. Espero que hayas dormido igual que un borracho. De hecho, espero que no hayas hecho otra cosa.
El dotado no hizo comentarios, sino que se acercó a él por detrás y examinó la cajita de madera y su contenido de viales con un ligero disgusto.
¿Nueva provisión de antídotos? —preguntó.
Ajá.
En ocasiones te pasas días sin salir de la Casa. ¿De qué manera te haces con ellos?
Por más que quisiera contarte cómo funcionan las cosas, no está permitido. —Sonrió, a modo de disculpa—. No voy a arriesgar tu cuello sobrecargándote de información.
No me agrada que haya cosas que desconozco de ti. De todas las personas, tú eres el único que no puede tener secretos conmigo, Sül.
Aunque la expresión de Caradhar no había cambiado, su voz se hizo un punto más grave. Se correspondía con el movimiento solemne de sus manos, que aflojaban con lentitud deliberada la tela que lo cubría para dedicarse, a continuación, a despertar su sexo dormido. El cuerpo de Sül, aún húmedo del baño, reaccionó buscando el calor a su espalda. Sus mejillas ya ardían, más por el placer que le causaban aquellas palabras que por la excitación. Nunca le había dicho nada así.
Sabías que era un Darshi'nai; información es lo... ah... lo que no está a mi alcance darte. Todo lo demás te lo he... Dioses, no tan rápido, me vas a...
He dormido solo, la persona que debiera haberse acostado conmigo tiene secretos para mí... Estoy doblemente frustrado, Sül, y necesito oírte gritar —prosiguió el pelirrojo mientras sus manos presionaban el miembro ya rígido arriba y abajo—. ¿Recuerdas nuestro primer día en el nuevo refugio? Eso... es lo que quiero.
No, aquí no, por favor... Espera... Oh, joder, vayamos al refu...
No puedo esperar.
Sül no fue muy consciente de cómo llegó a la cama. De repente se encontró tumbado de espaldas y, al bajar la vista, recibió la nítida visión celestial de los labios de Caradhar abarcándolo por completo, con la habilidad de un cortesano experimentado. Sus caderas no tardaron en empezar a oscilar por su cuenta. Traicionado por su cuerpo, alargó las manos sin mucha convicción para apartar a aquel espíritu maligno de cabellos rojos que con tanta rapidez lo estaba empujando al extremo, pero ya era tarde: su placer brotó, a borbotones, dentro de aquella boca portentosa.
Mientras aún se sacudía, el eco de su orgasmo resonando a lo largo de toda su entrepierna, unos dedos se aventuraron en el pasaje del lado contrario al que había recibido las atenciones hasta entonces. Sül no poseía la capacidad de recuperación de un elfo con el Don; una invasión súbita cuando todavía temblaba por el reciente clímax le habría resultado tan torturadora como a cualquier varón..., excepto que no lo era en absoluto.
El cosquilleo de cien diminutas corrientes eléctricas se extendió desde sus entrañas hasta la base de su miembro —que no perdió la rigidez—, cruzó su vientre, estómago y pecho y desembocó en su garganta, aunque los labios apretados ahogaron el grito. La sensación no dejó de ondular en su piel, como si fluyera de aquellos dedos mágicos. Las manos de Sül se retorcieron, arañando las sábanas.
Si bien los dedos se retiraron, el hechizo permaneció. Caradhar hizo que Sül se incorporara con un brusco tirón de sus muñecas, se lo colocó en el regazo y lo penetró, tallando su forma dentro de él con un único golpe. El Sombra gimió aún más fuerte. Su mente quería gritar dolor, pero su cuerpo pedía más y se rendía al control de unos brazos que guiaban sus caderas arriba y abajo a toda velocidad. Solo se permitieron una pausa para forzarlo a despegar los labios y dar voz a su éxtasis.
Necesito... oírte... gritar.
Su melena negra se convirtió en una aureola sombría cuando arqueó la espalda y se apoyó sobre los muslos de su montura, en busca de impulso para su cabalgada. La piel mojada, los húmedos cabellos adheridos al rostro, los músculos convulsionados por el goce, los gritos que brotaban de su boca abierta de par en par... Era un espectáculo demasiado excitante para no afectar a Caradhar, que se estaba quedando sin medios para contenerse. Apretó los dientes y deslizó su dedo medio, del que fluía el elixir mágico, dentro del ya saturado canal de su compañero.
La invocación de Sül a los dioses, tras estallar por segunda vez, traspasó con creces la barrera de lo blasfemo.



Quítate de encima. No eres precisamente un peso ligero.
Ah... Es culpa tuya por ser... el mayor bastardo de la Casa.
Soy un bastardo, es un hecho.
No esa clase... de bastardo.
Sül se apretó contra el cuerpo sobre el que se había derrumbado, jadeante, tras su sesión de intimidad llevada al extremo. Si Caradhar pretendía que se echara a un lado, tendría que empujarlo él mismo. Dejó vagar sus ojos por la superficie del colchón y atisbó, aquí y allá, algunas gotas de color oscuro, hasta que su atención indivisa fue capturada por un puñal con el filo teñido de rojo: el arma con la que su compañero se había herido para dejar fluir la sangre bendecida con el Don, sangre que le había proporcionado...
Ignoraba cómo describir sus sensaciones. No tenía palabras para expresarlas.
¿Dónde has aprendido a hacer eso? —inquirió, aún en las nubes.
Caradhar rememoró la expresión de placer que Navhares mostraba al probar su sangre, un pequeño éxtasis que no era nada comparado con lo que acababa de ver. Su mano se hundió en los cabellos negros del Sombra.
Si te lo dijera, no me creerías. —Sül alzó la vista hacia él. La sombra de una sorpresa brillaba bajo sus cejas fruncidas—. No es lo que estás imaginando, no me he acostado con nadie para experimentar.
¿Te cabrearás si te digo que, aunque es increíble, prefiero el sexo normal? No te equivoques, me vuelve loco todo lo que me haces y por los dioses que quiero repetirlo en más ocasiones, pero... es bueno conservar una pizca de cordura para disfrutar la cara que pones cuando te corres. —Como Caradhar permanecía callado y pensativo, Sül se pegó más a él—. ¿Te molesta? Me refiero a no ser capaz de compartir contigo los secretos de Darshi'nai.
Tú lo sabes todo sobre mí.
Si solo fueran mis pelotas las que estuviesen en juego...
El dotado lo interrumpió con una mirada.
De todas las personas que he conocido, eres la única que me queda en la que confío. Aceptaré que hay una parte de ti fuera de mi alcance, pero no podría aceptar que me decepcionases. Tú no.
Yo jamás te...
Además —volvió a interrumpirlo el pelirrojo, con un proyecto de sonrisa— he ideado una buena técnica para hacerte pagar cuando no me satisfagan tus explicaciones: cantarás para mí. Me fascinan esas muecas tuyas cuando te retuerces, gritando, sobre mi regazo.
A diferencia de la suya, la sonrisa de Sül fue amplia y lasciva. Frotando sus músculos desnudos contra las formas más suaves que aprisionaban, preguntó, con voz sugerente:
Y tú, ¿cuándo dejarás que te suba a mi grupa? Porque se me pone dura con solo imaginarte cabalgándome.
Se mordió la lengua al comprobar la reacción de Caradhar, quien dejó de sonreír y se giró a un lado en un intento de zafarse. Contrito, lo abrazó por la espalda y susurró a su oído:
Perdóname, no volveré a insistir. Como si necesitases hacer algo especial para ponérmela dura.
Besó con tiento la porción de cuello bajo sus labios y deslizó la palma de la mano hasta el vientre de Caradhar, ondulando a la par que sus abdominales. Tras detenerla justo debajo de su cintura presionó con fuerza. El latido de Sül se aceleró.
¿Puedo...?
El dotado experimentó otro tipo de presión más íntima contra su entrada trasera.
Sí...




Darial se había evadido de sus obligaciones por aquel día. Ya no aguantaba el impulso de ir a su encuentro; deseaba verlo de cerca, deseaba tocar de nuevo aquella piel perfecta, deseaba... Se ahogaba tanto en deseo que no alcanzaba a concentrarse. Le daría otra oportunidad. Si aceptaba volver con él lo perdonaría, incluso, por lo que había hecho.
El camino hasta la habitación de Caradhar estaba libre por una vez. Desafiaba las órdenes directas del Maede pero poco le importaba. ¿Por qué iba a tomarse en serio a aquel crío? Además, Corail ni tan siquiera le había mencionado el asunto y aún era ella la que gobernaba la Casa, ¿no era cierto? No estaba violando ninguna prohibición merecedora de tal nombre. Todo estaba bien, sin duda.
La puerta que conducía a su lecho se presentó ante sus ojos. Él debía estar dentro. Pronto, sus manos estarían sobre...
Se paró a tomar aire. No era prudente mostrarse tan agitado, sobre todo si pretendía sostener una charla civilizada. Simplemente lo había estado enfocando mal: el dotado ya era un adulto, someterse a él sin más explicaciones tenía que resultarle difícil. Hablarían. Le demostraría que era la mejor opción a su alcance, que para él no era un capricho, que lo atesoraría siempre.
Ahora bien, si todo lo demás fallaba... Siguió con la vista la mano que rebuscaba dentro de los pliegues de su túnica. En ella descansaba un vial lleno de líquido dorado.
Y entonces los oyó. Habría sido imposible no hacerlo en un amplio radio a la redonda. Aquellos gritos, los inconfundibles sonidos de una pareja enzarzada en el sexo de la manera más brutal y ardiente, provenían del interior de la habitación. El alquimista se quedó inmóvil. Los nudillos que apretaban el vial se tornaron blancos por la tensión.
¿Por qué sucedía eso? Durante sus encuentros pasados, el dotado casi no había despegado los labios y jamás había mostrado ni una pizca de la pasión que ahogaba sus oídos en aquel instante. Ese maldito guardaespaldas, escoria de la peor clase... ¿Cómo se atrevía a dejarse tocar por él? ¿Cómo se atrevía a hacerle eso?
El vial estalló bajo la presión de sus dedos. Apenas notó la humedad que se extendió sobre su piel. Al mirar de nuevo distinguió, como si fuese algo ajeno a él, un reguero de líquido amarillo y sangre goteando de entre sus nudillos y fragmentos de vidrio incrustados en su carne.
Darial.
Al girarse, el alquimista se dio de bruces con la figura airada del Maede en persona.
Navhares también había elegido aquel momento para burlar a sus escoltas y acercarse a la habitación; también estaba oyendo los gritos y había comprendido su significado; y, por si eso solo no hubiese bastado para ponerle un nudo en el estómago, había descubierto la alta y delgada figura parada ante la puerta. Aquello fue la gota que colmó el vaso. La furia, que le proporcionó fuerzas para empujar a Darial contra la pared e inmovilizarlo por los hombros, propició también que este no pudiera hacer nada para resistirse.
Gran Alquimista, os dije que no volvierais a acercaros a mi dotado. He estado informándome, porque sentía curiosidad, sobre el tipo de relación que habíais mantenido con él en Casa Llia'res. Averigüé que, cuando no era más que un niño, vos lo... —Navhares apretó con tanta rabia que Darial tuvo que ahogar un gemido de dolor—. Es repugnante, se me revuelve el estómago solo de pensarlo. Si vuelvo a veros cerca de él, si llego a enterarme de que os atrevéis, siquiera, a mentar su nombre...
»Soy el Maede de esta Casa y el yerno del Sennim. ¿Creéis que desobedecer mis órdenes no tiene consecuencias? Intentadlo otra vez: haré que me entreguen vuestra cabeza.
Darial no reaccionó de inmediato después de que el muchacho soltase su presa. A duras penas atinó a quedarse allí de pie, observándolo con incredulidad, hasta que Navhares terminó por escupir un «¡Fuera!» que, por supuesto, fue obedecido sin demora.
El Maede no se decidía a seguirlo. Prefería no oír lo que pasaba al otro lado de la puerta, pero, a un tiempo, no podía ordenar a sus piernas que echasen a andar. ¿Masoquismo? Quizá, aunque no conocía tal palabra. Solo sabía que aquel sonido era el de Caradhar compartiendo con otro lo que él deseaba y nunca tendría. Notó una cierta agitación bajo su cintura. Apretó los puños, se odió a sí mismo, sintió deseos de llorar.
Sus piernas acabaron reaccionando y lo sacaron de allí a toda prisa.

¿Puedo atreverme a preguntar qué es ese revuelo que se nota en el ambiente? —inquirió el prisionero misselano tras varios días en los que Darial no había hecho acto de presencia—. Hasta aquí encerrado me doy cuenta de que todos comentan algo. Siento curiosidad.
El alquimista permaneció callado, como si no hubiera entendido la pregunta. Luego dijo distraídamente:
La Senniam ha dado a luz un hijo. Dado que la sucesión del trono ha quedado garantizada, el Sennim ha partido hacia el norte. Los ejércitos norteños se han estacionado a lo largo de la frontera y han tomado las ciudades de Aiksen y Varemethe; Therendanar y Argailias presentarán batalla para retomarlas antes de que avancen más al sur.
El prisionero no movió ni un músculo. Era la primera información que recibía sobre el exterior desde que lo hicieran prisionero en el principado vecino, y Darial se la había ofrecido como si nada.
¿Qué opinión os merece todo esto? ¿Qué creéis que sucederá?
El elfo estaba perdido por completo en sus propias meditaciones.
¿Y tú? —preguntó, al fin, con una expresión en el rostro que era nueva para el misselano—. Dímelo tú. ¿Cuál es la baza de tu gente para ganar? ¿Qué les ha dado la confianza para embarcarse en esta guerra?
Ambos se sostuvieron la mirada durante un periodo que habría incomodado a cualquiera. El prisionero, que llevaba meses conteniendo el aliento, respiró. El camino estaba preparado; había llegado el momento de obtener los frutos.
Durante muchos años, Therendanar y Argailias han ostentado la supremacía en el campo de la alquimia, gracias, sobre todo, a su cercanía a Ummankor. Han establecido una gran tradición, pero se han estancado y se limitan a reproducir las mismas fórmulas para reforzar su continuidad en el poder, sin atreverse a arriesgar e innovar. Y tampoco desean compartir el dominio del valle, aun a sabiendas de los beneficios que las nuevas ideas aportarían al avance de la ciencia. Vos debéis saberlo, debéis saber la frustración que se siente cuando todo lo que esperan es que realicéis el mismo trabajo día tras día, sin reconocimiento, sin nada de lo que sentirse orgulloso. Ese tipo de mentalidad no merece detentar el único acceso a la mayor fuente de materia prima alquímica que existe en la actualidad.
»¿Queréis saber cuál es la baza de mi gente para ganar? Os lo diré, Darial: yo. Yo soy una muestra de lo que los laboratorios del norte pueden hacer. Y con acceso a los secretos de Ummankor y alquimistas capaces, que sean algo más que el bastón en el que los nobles se apoyan para conservar sus polvorientas tradiciones y sus inmerecidos privilegios, ¿os imagináis lo que podríamos conseguir?
El misselano calló. Sospechaba lo que ocurría dentro de la cabeza del alquimista; todo cuanto debía hacer era darle un poco de tiempo para pensar.
¿Recuerdas aquel agente del que me hablaste? ¿Aquel que estaba interesado en reclutar a cierto personaje? —preguntó Darial con voz fría y resuelta. El prisionero asintió—. Si no te importa, ahora me agradaría unirme al juego. Ya sabes, el juego de las suposiciones.
»Supongamos que este personaje sopesara la oferta. Si le pidiese al agente una prueba de que su integridad y sus privilegios iban a estar a salvo, ¿qué crees que este le respondería?
Aventuro que sería un elfo de palabra, así que le ofrecería esa garantía. Y en lo concerniente a la seguridad de este personaje, opino que él sería más que capaz de proporcionársela a sí mismo, considerando todas las fórmulas alquímicas que domina y que podría usar sin ninguna cortapisa.
Sí, pero... si este agente hubiese demostrado poseer unas habilidades peculiares que le otorgaran inmunidad a esas sustancias y decidiese volverse contra aquel, no habría manera de saber si cumpliría su promesa.
Ese agente sería un gran estúpido si se plantease poner en peligro a aquel cuya colaboración lleva buscando durante meses, ¿no creéis?
Tal vez lo único que busca es una vía para salir de la prisión en la que está encerrado.
Cambiaron los tiempos verbales, y con ellos el juego. Por toda respuesta, el elfo se liberó de sus cadenas y se apresuró a alzar las manos, en gesto de buena voluntad, ante los ojos atónitos de Darial.
Si hubiera deseado dañaros, lo habría hecho ya. También habría podido marcharme cuando me hubiese apetecido, Darial, pero eso no me habría servido para nada, no sin vuestras habilidades. No sin vos.
El alquimista tragó saliva y miró a su alrededor, temeroso de que alguien los estuviese escuchando.
Necesitaré... —dijo al fin, pasándose la lengua por los resecos labios—. Necesitaré que me cuentes hasta el más mínimo detalle cuál es tu plan para salir de aquí. ¡Quiero saberlo todo! Además, tengo una condición: hay... algo que deseo llevarme.

En aquella época de cambios y transformaciones, las reuniones de Caradhar y Sül con los Maedai eran de lo más inusual. Y, sin embargo, los cuatro eligieron una noche para sentarse con tranquilidad y compartir una botella de vino. La alegría por la noticia del nacimiento del heredero al trono había quedado empañada por la marcha del Sennim al frente, hueco que Navhares habría de llenar en la medida de sus posibilidades. Partiría de nuevo a palacio, disfrutaría de la compañía de su hijo y reanudaría la vida conyugal con su esposa. A Caradhar le habían encomendado marcharse con él, llevándose consigo a Sül.
En el encuentro se respiraba una ligera tensión. Aparte de que el Sombra no alcanzaba a sentirse a gusto con semejante compañía, estaba, además, ese extraño hormigueo en la nuca, ese desasosiego que venía experimentando desde hacía horas y que sus instintos interpretaban como algo más serio que simple incomodidad. Él era el único que vigilaba la entrada y, hasta el momento, nada había turbado la tranquilidad de la Casa. Puede que se equivocara. No obstante...
En medio del silencio, la puerta se abrió de par en par y permitió el paso a dos figuras armadas: Darial y el prisionero de Misselas. Los ocupantes de la habitación se quedaron inmóviles, a excepción de Sül, quien echó mano a su cinturón. El gesto fue inútil; su cuerpo dejó de obedecerle cuando el alquimista dio la orden de «¡Quietos y en silencio!».
Darial había osado ingerir la poción y enfrentarse a sus Maedai. El principio alquímico básico dictaba que, cuando varios usuarios de la voz de mando coincidían, no les era posible darse órdenes mutuamente ni tampoco atacarse. Por desgracia para Caradhar y su grupo, el elfo que el alquimista había traído consigo poseía una probada inmunidad parcial a sus efectos.
¿Cómo te has atrevido? —le espetó la Maediam, la ira centelleando en sus ojos.
No voy a quedarme en una Casa que llama Maede a un crío caprichoso. Pero ahorraos la palabrería, no tengo tiempo de charlas; solo he venido a por una cosa. Caradhar, ven aquí.
¡No! —gritó Navhares—. Caradhar, no te muevas.
Ven aquí o yo mismo le atravesaré la garganta a tu querido guardaespaldas, y bien saben los dioses cómo disfrutaría haciéndolo. Aquí... ¡ahora!
No... no lo hagas —insistió el Maede, lívido.
El misselano murmuró unas palabras inquietas a su compañero. Fueran cuales fuesen, Darial no iba a renunciar a sus planes.
Ahora, o...
Caradhar lanzó una mirada a Sül, una mirada que quería ser tranquilizadora; luego se volvió hacia su madre y asintió, casi imperceptiblemente, mientras se acercaba al Gran Alquimista. Obedeciendo la indicación de su hijo, Corail se vio forzada a sujetar a su heredero para que no se colocase al alcance del misselano. En cuanto al angustiado Sül, única víctima de la poción, suya fue la carga más pesada, la mayor impotencia. Observaba a la persona que amaba caminar directa a las garras de aquel elfo odioso y no había una maldita cosa que pudiese hacer al respecto.
Al llegar a la altura de Darial, este sujetó al dotado por la muñeca y le colocó el puñal al cuello.
Con todo lo que aprecio esta bella cabeza, me temo que la separaré de su cuerpo si no tenemos vía libre para abandonar la Casa. No os arriesguéis... por el bien de todos.
Aunque a Sül le tomó bastante tiempo reaccionar después de que desaparecieran, en cuanto pudo hacerlo desenvainó sus armas y se precipitó hacia la puerta.
¡Alto! —ordenó la dama—. Ya has oído lo que ha dicho. Y posee la voz de mando, además.
Madre, ¿vamos a quedarnos sin hacer nada? —preguntó, por su parte, el iracundo Navhares.
Navhares, Sül, ambos lo conocéis. Enviaré tras ellos a todos los Darshi'nai que logre reunir, pero, por ahora, hemos de esperar. Confiad en él.
Sül estuvo a punto de derrumbarse. No podía moverse, no podía salir tras Caradhar, no podía pensar con claridad... Solo quería gritar.

Dainhaya, he de salir tras ellos ya, y me importa poco si tú crees que aún no es el momento. Fuegos del abismo, debería haberle prestado más atención a ese misselano. Que los dioses me maldigan..., ¡y malditos sean ellos!
Ulmeh respingó ante la blasfemia. Dainhaya solo suspiró.
Me temo que no podemos elegir, Vira. Por si no lo habías notado, no eres inmune a los efectos de la alquimia. ¿Cómo vas a combatir la poción y al poderoso aliado misselano al mismo tiempo?
Algo se nos ocurrirá. ¡El chico estará de nuestra parte!
Es cierto. Está esperando el momento propicio para ir contra él, pero tengo miedo. —Volvió a suspirar—. ¿Y si lo matan?
Es inteligente y duro de pelar. Y ese alquimista no deja de ser un perro lujurioso que se ha arriesgado a sacarlo de la Casa en lugar de huir en medio de la noche; es evidente que no le tocará un pelo a menos que le vaya la vida en ello. No voy a esperar más, me voy.
Sin más ceremonias, Vira partió, dejando a su compañera a cargo del apoyo a distancia. Dainhaya cerró los ojos y rogó a los dioses para que protegiesen a los suyos, aunque también les dedicó una muda plegaria de agradecimiento: aquella era la mejor oportunidad para tomar contacto que se les había presentado.

Por más que la situación excediese sus posibilidades, Sül había decidido no esperar a los demás Darshi'nai y emprender la búsqueda por su cuenta. En su fuero interno, maldecía a Corail por la escasa energía que había demostrado. ¿Qué madre conservaba así la sangre fría mientras se llevaban a su propio hijo? ¿Qué madre arriesgaba su cuello de aquella manera? Si ella hubiera intervenido... Si hubiesen ganado algo de tiempo...
Una cosa era cierta: si aquel tipo era un espía del norte, su curso de acción más lógico sería dirigirse a una de las ciudades ocupadas. Varemethe era la opción más prometedora, dada su cercanía. Pero ¿cómo planeaban esquivar las patrullas con las que se toparían en el camino? ¿Contarían con aliados o actuarían en solitario?
Cuando alcanzó la muralla ya quedaba poco para el amanecer. Eligió el caballo más rápido y robusto de los establos, lo sacó a espaldas del mozo de cuadras —ni le pertenecía, ni le importaba— y se dirigió al portón de los mensajeros. De repente, un curioso sonido en la distancia hizo que desenvainara y se volviese como un rayo, alarmado ante la posibilidad de que lo estuviesen siguiendo; y no habría sido de extrañar, dado que la precipitación minaba la cautela con la que solía proceder durante sus misiones. Pero no distinguió a nadie.
Continuó su camino, esa vez con más prudencia. Y de nuevo se produjo ese peculiar sonido.
¿Quién anda ahí? —preguntó, furioso—. No tengo tiempo ni ganas para jueguecitos. ¡Sal, si tienes cojones!
El Sombra esperó, escrutando el entorno. Todo estaba en calma.
Al cruzar el portón halló un billetito incrustado en una de las grietas de la madera. Tras una nueva inspección infructuosa, recogió la nota y la desplegó. La caligrafía era una de las más singulares que había visto en su vida; en cuanto al texto, rezaba así:

Toma el camino de Therendanar. Usa los senderos del margen derecho. Evita las patrullas hasta nueva orden.

A continuación, la mano desconocida había escrito a toda prisa:

Y puedes creerme, tengo cojones. Dos, para ser exactos.







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