2018/04/16

EL DON ENCADENADO XXIII: Muerte



Dervarn, la ciudad del Bosque de la Antigua Raza.
Más que una ciudad, Dervarn era una entidad, el nombre que los Silvanos de su clan otorgaban a la extensión de enormes y frondosos árboles entre los que habían establecido sus hogares. Era, en definitiva, un enclave de tejedores y, como tal, poseía la estructura y el encanto de un gran telar: docenas y docenas de plataformas y cúpulas de madera dispuestas alrededor de los árboles, en sus copas, a sus pies, con millas de pasarelas que las conectaban entre sí cruzándose igual que trama y urdimbre. Las construcciones, tanto las artísticas y elaboradas como las sencillas y funcionales, eran tan similares en tamaño y disposición que resultaba complicado —e inútil— determinar el rango de sus ocupantes. Imitaban a los árboles en torno a los cuales habían sido levantadas, y a veces lo hacían con tal maestría que parecían retoños arbóreos plantados y nutridos por la deidad del bosque misma.
En el centro del telar había un pequeño claro que hacía las veces de lugar de encuentro, cuyo corazón era una poza construida con piedras grises cubiertas de musgo. El agua cristalina que contenía reflejaba la luna por las noches, y los elfos solían detenerse ante ella para dedicar una oración a la diosa.
Por el sur, este y oeste, los lados del telar se fundían con la vegetación; por el norte, en cambio, una cadena montañosa hacía las veces de frontera natural. Las faldas de las montañas, extensión del tejido del bosque, estaban surcadas por senderos y cavernas que solo los miembros del clan conocían.
Dervarn era hermosa, y tan sutilmente integrada en su entorno que se había hecho una con la naturaleza. ¿Cómo llamar ciudad a algo así? Los Silvanos no lo hacían; era Dervarn, sin más, y ellos no se consideraban ciudadanos sino simples habitantes de la espesa arboleda, junto a los zorros, los ciervos y los búhos. A menudo era difícil distinguirlos cuando se movían con gracilidad sobre las pasarelas con sus ropas verdes, más aún cuando se apostaban a hacer guardia entre las ramas y en las plataformas de observación. En otras ocasiones destacaban como raras aves exóticas con atuendos de vivos colores, en especial los días de fiesta.
Dado que entonces no se celebraba ningún evento, el único elfo a la vista que no ocultaba su llamativa apariencia era Caradhar. Estaba sentando frente a la ventana principal de una de aquellas moradas. De forma circular, con dos plantas construidas en torno a la base de un gigantesco árbol de hojas verdes y plateadas, era la casa más extraña que el joven había visto en su vida. La pieza que ocupaba hacía las veces de salón. La habitación contigua era una cocina impoluta por la falta de uso. También había un cuartito con una gran tina de madera, aunque el dotado ignoraba si era la bañera o un recipiente para lavar ropa. La estancia principal de la planta superior era un dormitorio con exquisitos muebles de madera labrada, estantes con libros y pergaminos y un escritorio. Todo era extraño y hermoso para él; sencillo si se comparaba con la ostentosa Argailias, aunque, por otro lado, el lujo nunca le había importado mucho. A pesar de que había una mesa y sillas, había elegido sentarse en el suelo, e incluso desdeñaba la fuente con frutas y semillas y la jarra rodeada de copas, pues ni siquiera estaba hambriento.
La cabalgada hasta allí les había tomado cuatro días. Era sorprendente pensar que a cuatro jornadas de la mayor ciudad élfica se encontraba un enclave que los suyos desconocían, y que así había sido durante cientos de años. Nadie se aventuraba en el laberinto del bosque de la Antigua Raza; quienes osaban hacerlo pronto advertían la dificultad de orientarse por sus caminos ocultos, y decidían que era mejor resignarse a permanecer cerca de las lindes que arriesgarse a no abandonarlo jamás. Caradhar mismo había experimentado la confusión de los extranjeros al recorrer las sendas hasta aquel lugar, así como el hondo sobrecogimiento ante las primeras construcciones que se distinguían entre la espesura, pero estaba cansado y taciturno y no le emocionaba la idea de responder las preguntas de nadie en aquel momento. Y Ulmeh, haciendo gala de una inesperado respeto, lo había conducido a aquella casa y lo había dejado solo, en paz; algo por lo que estar agradecido.
Era tan extraño... Recordaba que al salir de Argailias se había sentido más furioso y defraudado que nunca. Disponer la muerte de alguien que le había salvado la vida... ¿Tan enfermizo era el afán de poseerlo de Sül? Ya le había costado aceptar aquel episodio en su refugio de la Zanja, la noche en la que el Sombra se había atrevido a usarlo de una forma no muy distinta a las preferencias de Darial. Asesinar a Reskveem a sangre fría estaba más allá del perdón.
Lo curioso era que, al dejar atrás las murallas, su ira ya había remitido de manera significativa, y los días transcurridos a lomos del caballo habían enfriado sus ánimos por completo. Su decepción, no obstante, seguía mordiéndolo con idéntica intensidad. Deseaba estar solo, repetir la reclusión de los años pasados en Therendanar. Dudaba que las cosas fueran tan sencillas como lo habían sido entonces, pero el comienzo era prometedor.
Un suave crujido llamó su atención; acto seguido, las cabecitas de dos niños elfos asomaron tímidamente por la ventana, un chiquillo alto y delgado y una niña algo más menuda. Ambos lo estudiaron con detenimiento, sobre todo la pequeña, cuyos labios rosados se abrieron en una mueca de admiración. Al cabo de unos instantes, la admiración se trocó en sorpresa. La niña elfa murmuró unas palabras a su compañero, en una lengua incomprensible para el dotado, y ambos salieron corriendo entre los arbustos.
No fueron los únicos. Más niños espiaron por la ventana, ya fuera apoyándose con descaro sobre el alféizar o desde una distancia prudencial. Caradhar comenzaba a sentirse molesto, aunque también perplejo por el número de críos que allí vivían; en Argailias no solían verse tantos. Y todos lo miraban con curiosidad, muchos con arrobo y algunos con cierto temor. Aquellas palabras que la primera niña elfa pronunciara tuvo la oportunidad de oírlas más veces y memorizarlas. Cuando se cansó de ser el espectáculo de Dervarn, cerró las contraventanas, volvió a tenderse en el suelo y dejó que el sueño lo venciera.
Lo despertaron el sonido de unos golpecitos y el sol de la mañana, que se abrió paso a través del hueco de la puerta. Había dormido parte de la tarde anterior y toda la noche. Cuando se incorporó, sin dejar de parpadear para protegerse de la claridad, comprobó que un elfo piadoso ya la bloqueaba con su cuerpo.
¿Vira?
Un examen detenido desmintió su primera impresión. No era tan alto, y su figura, cubierta con una sencilla túnica gris, era menos robusta; habría sido difícil imaginarse al descarado elfo que había conocido en Argailias vistiendo algo tan discreto. Ahora bien, su rostro, su largo cabello —suelto sobre la espalda en lugar de trenzado—, sus ojos..., compartían tantas similitudes que cualquiera los habría confundido a simple vista. Cuando el recién llegado le sonrió, la ilusión se esfumó por completo: aquel semblante sereno y tranquilizador no podía ser más diferente de la habitual socarronería de Vira.
El elfo también sometió a Caradhar a un examen igual de riguroso, si bien fue mucho más diplomático que los niños y su rostro no dejó de mostrar en ningún momento calma y agrado. Al posar en el suelo la enorme cesta que traía con él, recordó sus modales y se inclinó.
No imaginas cuánto me alegra conocerte al fin —dijo en la lengua de Argailias. Su acento era más marcado que el de sus paisanos—. Intuyo que te recuerdo a alguien, ¿no es cierto? Soy Lioges, el hermano mayor de Vira. Hum, aprovecho para ofrecerte mis disculpas por cualquier inconveniencia que mi hermano haya podido decirte o causarte. Y no dudo que alguna habrá surgido... —La hermosa sonrisa se ensanchó—. Te he dejado descansar porque supuse que lo necesitarías, pero a estas horas has de estar hambriento. Si me acompañas, te serviré el desayuno.
El elfo se encaminó a la cocina, cesta en ristre. Caradhar lo siguió, intrigado por la perspectiva de que el supuesto hermano de Vira fuese a cocinar para él, aunque lo cierto era que el estómago le rugía. Lioges le señaló una silla y se dedicó a preparar los alimentos que había traído en la cesta: leche, pan, miel, frutas y un pastel de aspecto inmejorable. Él mismo se había encargado de que así fuera, ya que sabía que sería la apariencia, y no el sabor, lo que abriría el apetito del joven. Después se sentó frente a él y compartió la comida de buena gana, sin que el silencio ni el intenso escrutinio de los ojos rojos lo incomodasen.
Supongo que ahora querrás hacer muchas preguntas —dijo, una vez que ambos quedaron satisfechos—. Yo tengo una: ¿siempre duermes en el suelo? Quizá mi dormitorio no sea digno de un príncipe, pero es más cómodo.
¿Tu dormitorio?
Esta es mi casa... a ratos, la mayor parte del tiempo me alojo en los dormitorios de la biblioteca. Pensamos que querrías algo de privacidad, y dado que voy a ser tu guía durante una temporada juzgué adecuado ofrecértela hasta que elijas dónde deseas vivir. Lamento la sencillez del lugar; suelo acudir poco y no necesito mucho. En fin, todo está a tu disposición, incluidos los escasos libros en tu lengua que poseo. Si te interesa el resto, yo te ayudaré a familiarizarte con nuestra lengua.
Yo tampoco necesito más, gracias. —Caradhar continuó observándolo—. Así que eres hermano de Vira. Sois similares y, al mismo tiempo...
... no nos parecemos en nada, lo sé. Hemos tomado caminos radicalmente diferentes salvo en una cosa: yo también he seguido con atención sus progresos durante estos años (no desde Argailias, me temo, puesto que mis deberes me retenían aquí) y agradezco a los dioses que te hayan hallado y devuelto a nosotros. Lo cual es simple lógica, porque, aunque más lejano, también eres pariente mío. Los lazos de sangre son muy importantes en nuestra cultura. Pero no pretendo que eso pese en la opinión que te formes de mí, de Dervarn; prefiero que hablen nuestras acciones, que lleguemos a inspirarte confianza.
¿Eres un...? ¿Cómo lo llamáis? ¿Tejedor?
Sí.
¿También eres telépata?
Muy limitado. Soy un empático, igual que Vira, si bien él descuidó el desarrollo de esos talentos y se centró en los de combate. Mi especialidad, la bendición que me retiene aquí, es otra: soy sanador. Como lo era tu abuela —sonrió—. Como lo eres tú.
¿Y cuál es la diferencia al utilizar la magia para la curación?
Que no he de derramar mi sangre y no se requiere el contacto físico directo con la zona afectada. Por otro lado, usarla requiere que yo esté consciente, así que tu Don tiene sus propias ventajas.
Antes de que Lioges pudiese reaccionar, el dotado deslizó la hoja de un cuchillo a lo largo de su mano izquierda. El corte se cerró de manera automática ante los contrariados ojos de Caradhar. ¿Por qué sanaba tan rápido? Repitió la operación, concentrándose esta vez para prevenir que su poder actuase. Tras lanzarle una mirada de reproche, el Silvano colocó la palma de su diestra contra la herida, sin llegar a tocarla, reunió su energía y tejió el pequeño hechizo. Apenas le provocó un suave cosquilleo. A continuación pasó un paño limpio por la piel sana e inmaculada para eliminar los restos de sangre.
Preferiría que no hicieras eso —pidió Lioges. Ahora sí sujetaba su mano—. No me gusta que te hieras sin necesidad.
Lo he hecho cientos de veces, no es importante. Solo quería ver...
Sí lo es, ya has sufrido suficiente dolor en tu vida. Te prometo que te enseñaré en profundidad cómo funciona mi talento, pero no así. ¿Qué tal un paseo? —sugirió, con tono más alegre—. No te sientas obligado a conocer a nadie aún, nos limitaremos a visitar algunos lugares que creo que te agradarán. Ah, y antes puedes asearte y cambiarte de ropa. Yo esperaré arriba.
Así pues, la tina era para su uso personal. Caradhar se dio su primer baño decente en varios días, vistió un juego de ropas sencillas de color verde claro y se reunió con su guía.
Fue entonces cuando se inició el auténtico proceso de familiarizarse con Dervarn, con sus extrañas casas de madera, con sus interminables pasarelas, con los hermosos y casi irreales efectos de la claridad y las sombras cuando la luz se filtraba a través de las copas de los árboles. Los elfos, discretos y respetuosos, le permitían disfrutar del paisaje sin interrupciones, aunque eran inevitables las miradas curiosas al extranjero de sangre mezclada y de cabellos como el fuego, sobre todo cuando se topaban con niños. Al sentir de nuevo el escrutinio de docenas de pares de pequeños ojos, el dotado recordó sus encuentros anteriores.
Lioges, ¿qué significa... —hizo memoria— Carhovall nasharah, iexu desharah?
¿Dónde has oído eso? —El Silvano frunció el ceño.
Los niños lo repetían. Supongo que es algo sobre mí.
Es una tontería sin importancia, cosas de críos. Ven, te enseñaré la biblioteca, donde podrás consultar todo lo que se te ocurra sobre nuestra historia y sobre el Telar. No temas solicitar ayuda con las traducciones, los bibliotecarios también hablan la lengua de Argailias.
El edificio de la biblioteca era impresionante; el único, de hecho, que destacaba sobre todos los demás, porque constaba de una gigantesca espiral que rodeaba un árbol inmenso, varias veces centenario. Las plantas bajas eran sencillos alojamientos para estudiosos, según había mencionado Lioges, A medida que ascendían, ante sus ojos desfilaban niveles y niveles de estantes de madera labrada en los que se apilaban por temáticas cientos de tomos y rollos. Y todos ellos contenían un saber perdido hacía mucho tiempo en su ciudad.
Una elfa se acercó a Lioges y le susurró algo relacionado con un paciente que esperaba en las plantas inferiores. Deseoso de ver más de aquella magia en acción, Caradhar lo siguió y observó cómo se ocupaba de alinear los huesos y restaurar las heridas de la pierna rota de un muchachito de pocos años. Era sorprendente.
Mientras el sanador consolaba al pequeño, el dotado se percató de que uno de los bibliotecarios que los había seguido lo estudiaba con una mezcla de curiosidad y respeto.
¿Habláis mi idioma? —le preguntó. El elfo asintió—. ¿Podríais traducir algo para mí?
Repitió las palabras de los niños. Tras el desconcierto inicial, el bibliotecario tragó saliva y murmuró:
«Fuego por fuera, nieve por dentro».
Como Lioges volvía en aquel momento, alcanzó a oír la última frase y a notar la expresión vacía del pelirrojo. Compuso una sonrisa despreocupada, pero mientras se alejaban él mismo lanzó al bibliotecario una mirada que nada tenía de amable.
Aquella noche había luna llena, y Lioges completó su primera visita guiando al dotado a la poza del claro, donde le mostró el blanco remedo en la superficie del agua. Daba la impresión de que un espejo hubiese capturado una copia exacta del cuerpo celeste y la hubiese encerrado en su fría e inalcanzable profundidad. El sanador musitó una oración a la diosa. Caradhar nunca había sido devoto, así que se contentó con observar la inspiradora imagen. Aquella luz en medio de la oscuridad le evocó un día especial, un día que se le antojaba muy lejano: oscuridad, agua de lluvia, él, en lo alto de una torre ante la cúpula encendida del Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas... Alargó la mano sin pensar y sumergió la punta de los dedos, en un instintivo empeño por tocar el círculo brillante. La sedosa superficie tembló.
Lioges lo miró de reojo sin que el abstraído dotado lo advirtiera y se preguntó qué estaría pensando. Sabía que era algo agradable, porque en la mente del joven se había aposentado una desconocida sensación de placer, un sentimiento que encendía sus bellas facciones con tal intensidad que no se necesitaba ser empático para percibirlo. Sin embargo, la euforia se fue tal como vino; los ojos rojos recuperaron la frialdad de la poza, sus labios de juntaron de golpe mientras se secaba los dedos mojados en la ropa. Afirmó que estaba cansado y Lioges lo acompañó de vuelta a su casa.

Pero nadie supo explicar por qué la alquimia se convirtió en el veneno que mató a la magia. Quizá fue, dijeron algunos sabios, debido a que la magia es un regalo de los dioses, y los dioses miran con excesivo celo los regalos que graciosamente entregan...

Caradhar dejó de leer y reclinó la frente sobre el marco de la ventana ante la que estaba sentado. En las plantas superiores de la biblioteca la vista era increíble, con aquel verde mar de copas de árboles que se extendía hasta el horizonte. El verano había llegado; la luz era tan brillante allí arriba que de las ventanas colgaban pesadas cortinas para atenuarla.
Con la ayuda de Lioges, uno de los bibliotecarios y un tratado sobre las lenguas argailiana y silvana, el dotado había comenzado a leer algunos libros. Se sentía el protagonista de una leyenda, de una de esas historias oídas en el laboratorio de Casa Llia'res sobre el origen de los tejedores, el de los alquimistas, la Gran Blasfemia... Nunca habría creído lo que narraban aquellos libros de no ser porque lo había presenciado con sus propios ojos, gracias a la intervención de Lioges. Aunque los tejedores no usaban sus talentos sin necesidad, el sanador se había ocupado de que su joven protegido asistiera a los entrenamientos de los novatos y observara, maravillado, las habilidades de telépatas, ilusionistas, sanadores, telequinéticos y demás iniciados. La magia de combate no estaba tan extendida como todas las demás y se practicaba en privado, así que Caradhar no tuvo muchas ocasiones de verla en acción. Curiosamente no conoció a nadie que la practicase a la manera de Vira. Lioges comentó que su hermano era único en muchos aspectos y después suspiró, sin que el dotado se atreviese a preguntar a qué se refería.
Había conocido asimismo a Padre, el elfo a cargo de todo lo relacionado con la búsqueda de Neharall en Argailias. Era un pariente cercano de su abuela que se había ganado su apelativo en el clan por su posición de figura protectora, y estaba henchido de satisfacción por el retorno del dotado —según decía— a sus raíces. El hecho de que Dainhaya no hubiese regresado aún había velado en parte su alegría, pues consideraba responsabilidad suya aplacar la irritación del prometido de la joven, quien llevaba varios años aguardándola. De Vira, en cambio, no decía ni una palabra.
Solía acudir a menudo a conferenciar con Lioges. Si bien lo hacían en su propia lengua, el pelirrojo sabía que el tema principal de conversación era él mismo. Padre se mostraba impaciente y Lioges correspondía con más impaciencia aún; cosa rara, ya que Caradhar había conocido a pocos elfos más comedidos y amables. Era un hecho que, aparte de su guía, el sanador se había convertido en su mentor y protector de una manera sutil y modesta. Revelaba pocos detalles sobre su persona, aunque resultaba obvio que era un pilar de la comunidad. Con todo, el joven nunca reunía la energía para hacerle preguntas.
Movida por un fuerte soplo de aire, la cortina rozó la mejilla de Caradhar y lo sacó del ensimismamiento que lo había distraído de su lectura. Por desgracia, la tela continuó haciendo de las suyas e interponiéndose entre él y las páginas. Era extraño, dado que fuera no se movía ni una hoja. El dotado decidió ignorar la pequeña molestia y concentrarse en lo que tenía entre manos, pero aquel tejido se enroscó, los dioses sabrían de qué forma, y envolvió por completo su rostro. Mientras se apartaba la cortina de la cara, una risita proveniente del otro lado de una estantería delató el juego sucio.
Una elfa espiaba, con expresión divertida, desde detrás de una pila de libros. Era menuda y hermosa, como Dainhaya, aunque no solo sus ojos, sino también su cabello, poseían aquella marca de color corinto característica de su clan. También aparentaba menos años, gracias, en parte, a las ropas masculinas que vestía, y su sonrisa era mucho más escandalosa. Caradhar no ocultó su fastidio.
¿Eres tú quien está haciendo esto?
Sí, para ver si sonreías, ¡pero he fallado! —exclamó ella, con un mohín de frustración bien simulada—. ¿Para qué sirve una cara tan bonita si tiene la movilidad de la corteza de un roble?
Para nada, supongo. Ve a mirar cortezas de roble, pues. Al menos a ellas no las molestarás —replicó él, reanudando la lectura.
¡Oh, vamos! —La elfa puso los brazos en jarras—. Si un elfo de por aquí recibiese un cumplido de una chica, como mínimo estaría bendiciendo su suerte de rodillas.
¿Y por qué no gastas tus cumplidos en los elfos de por aquí?
Porque ellos no son dotados de fuera del bosque, por supuesto. Me moría de ganas por verte de cerca. Te llamas Caradhar, ¿sí? —La falta de réplica no la amilanó—. Yo soy Mirtuillë. ¿Qué estás leyendo?
La franca joven se acercó y levantó sin ceremonias la cubierta del libro que él sostenía en sus manos.
¿Del origen de la alquimia? Venerable diosa, ¿no había un libro más tedioso que ese? ¡Lo dudo mucho! —Dado que Caradhar seguía sin responder, ella lanzó un resoplido tan fuerte que le pasó la página—. Oh, vamos. Hacéis perfecto juego tu libro y tú, a cuál más soso. ¿Por qué no dejas eso y me cuentas cosas de Argailias? ¡Nunca he tenido la oportunidad de ir, y eso que se lo he pedido mil veces a Padre! ¿Por favor?
El grueso tomo se alzó de las manos del dotado, se cerró y se posó con estruendo a su lado. Los fríos iris rojos que atravesaron a la joven elfa no le robaron la sonrisa ni la hicieron azorarse; de hecho, se acercó aún más a él.
¿Ya tejes? Padre dice que...
Mirtuillë.
Para alivio de Caradhar, la figura de Lioges hizo una conveniente aparición y dejó caer su reprobadora sombra sobre la muchacha, quien resopló de nuevo. La dificultad para amedrentarla era evidente.
Lio, molestas. Estaba conociendo a Caradhar mejor. Tarde o temprano haré que se rinda y hable, aunque solo sea por aburrimiento.
Mirtuillë, eres tú la que está molestando con un comportamiento inapropiado y hablando de temas sobre los que debería callar.
¿Eso es lo que se espera ahora de mí? —interrumpió Caradhar—. ¿Que utilice la magia? Ya le dije a tus compañeros que yo no tengo ningún talento.
Sí que lo tienes —afirmó ella con vehemencia—, eres una versión descontrolada de Vira. Si quisieras podrías poner de rodillas a...
Mirtuillë, ya basta —zanjó Lioges, muy serio—. Deja de comportarte como una niña. Acabo de ver a tu maestro abajo y me ha dicho que lleva dos horas buscándote. Tu madre me encomendó que, si te sorprendía saltándote las clases, habría de aplicarte un castigo ejemplar. ¿Quieres ponerme a prueba?
Está bien, está bien. Bah, ¿por qué no te parecerás más a tu hermano? —refunfuñó la elfa—. Él sí que sabe homenajear a una chica, lo que no deja de tener gracia, considerando que no le...
Enmudeció de golpe ante el escrutinio del sanador. Tras resolver que era preferible no tentar a la suerte, se encogió de hombros y se escurrió hacia las escaleras de bajada, no sin antes despedirse de su víctima.
Bueno, continuaremos en otro momento, cuando el señor Aguafiestas no esté por aquí y yo me canse de mirar cortezas de roble. Hasta la próxima, Caradhar. Adiós, señor Aguafiestas.
Lioges desplegó una sonrisa arrepentida.
La... exuberancia de los jóvenes de Dervarn sobrepasa aquello a lo que estás acostumbrado, me temo. Escucha, Caradhar, no debes dar por sentado que esperan algo de ti. Tú no has venido para cumplir expectativas, sino para...
Todo el mundo ha esperado siempre algo de mí, Lioges —lo cortó el dotado—. Sé que tus intenciones son buenas, pero puedes ahorrarte las palabras conciliadoras. Eso sí, te repito que yo no soy de los tuyos, no soy un tejedor.
Tenedor o no, eres de los míos, no lo olvides nunca.
Como quieras.
Sin dejarse impresionar, volvió a girar el rostro hacia la ventana. Su compañero ocupó el asiento que antes acaparara Mirtuillë.
Sé que ha de ser difícil para ti aclimatarte, solo dale tiempo —prosiguió, procurando elegir con cuidado sus palabras—. Has pasado toda tu vida en Argailias. Sentir... nostalgia es inevitable y natural.
No siento nostalgia —negó. Hasta a un empático entrenado con la habilidad de Lioges le resultó imposible distinguir si mentía o decía la verdad—. Ha sido elección mía venir, aquí es donde he de estar.
Lioges lo miró fijamente. Parecía estar sopesando algo.
El guía de nuestro clan desea conocerte y mostrarte algo importante, si te place. Aunque es un viaje largo e incómodo, creo que no te arrepentirás de realizarlo. ¿Aceptarás que te lleve ante él?
Caradhar asintió sin mucho entusiasmo. El agrado de Lioges le sirvió para disimular su desasosiego por el estado del muchacho, apático, apagado a pesar de toda la energía que fluía por la bendecida Dervarn. No lo conocía lo bastante para saber hasta qué punto se debía a su carácter, pero sospechaba que el auténtico motivo era aquel que Caradhar negaba: la magia pura, sin tejer, que corría por sus venas.

Varios días más tarde cabalgaron hasta el límite norte del bosque. La cordillera que lo bordeaba componía una barrera natural casi tan impresionante como lo había sido Dervarn. Al confiarle los caballos a un pequeño destacamento de vigías Silvanos, Caradhar se preguntó de qué manera se las arreglarían para desplazarse a pie por aquel terreno escarpado, hasta que Lioges le explicó que la ruta a seguir discurría por cavernas subterráneas bajo las mismas montañas. Añadió que, si bien había sido acondicionada e iluminada a lo largo de los años, la ausencia de aire fresco y luz natural podía resultar asfixiante.
No era así para el dotado; después de haber vivido durante años en los laboratorios de Therendanar, su cuerpo —si no su ánimo— se sentía a salvo en aquellos pasadizos excavados en la roca. Para el líder de una comunidad que vivía al aire libre, entre los árboles, la cosa cambiaba. ¿Qué los empujaba a sepultarse bajo toneladas de piedra? Pensó en hablar de ello con Lioges, pero la actitud del sanador lo desconcertaba en aquellos momentos: siempre se mostraba serio y lo acribillaba a preguntas sobre su estado, y en dos o tres ocasiones lo había pillado observándolo cuando creía que no se fijaba.
Se toparon con algunos guardias en el camino, aunque ninguno les dio el alto; actuaban como si supiesen que se trataba del sanador incluso antes de ponerle la vista encima. En todos los casos, las miradas fijas eran para el dotado, y las consecuencias muy poco tranquilizadoras para él, pues le sobrevenían mareos y zumbidos en los oídos cuando uno de aquellos Silvanos lo estudiaba. Aquellos ojos lo taladraban hasta el interior mismo de su cráneo. La mayoría de la veces leía en sus rostros —o eso creía— la curiosidad, la admiración o el desconcierto, pero nunca había sido bueno interpretando emociones y la experiencia era agotadora para él.
Después de que cruzaran aquel laberinto, el paso desembocó en una amplia caverna llena de luces que casi cegaron al joven elfo. Había más Silvanos por allí, más, de hecho, de los que esperaba hallar. Llegado a ese punto, Caradhar no se encontraba nada bien; aunque su cuerpo estaba pletórico de energía, la cabeza le latía tanto que parecía a punto de estallarle, y el zumbido se había transformado en una colmena de abejas furiosas. Se dejó caer contra una pared, con la respiración entrecortada, luchando por hallar un ritmo de inhalar y exhalar que le permitiera relajarse.
Lioges reaccionó con presteza. Tras tomar al joven por las sienes, se asomó al interior del caos de su cerebro y emprendió la tarea de restablecerle el orden con singulares fórmulas apaciguadoras. Al cabo de un rato de salmodia, Caradhar ya no distinguía si aquellas palabras procedían de sus labios o resonaban sin intermediarios en su cabeza; lo cierto era que funcionaban con la eficacia de un sedante, de manos que cubrían sus oídos cansados, de algodones que envolvían sus pensamientos y los aislaban de aquel rugido ensordecedor.
Lioges, ¿qué me has hecho? ¿Qué... qué me pasa? —Temblaba. El sanador reclinó su frente contra la de él y apartó algunos cabellos rojos.
Shhh, ahora todo está bien. Es este lugar, Caradhar, aquí la magia fluye más poderosa que en ningún otro. Tu cuerpo lo sabe y tu cerebro intenta canalizar la energía que posees, pero no sabe cómo hacerlo.
No me gusta. Es... como si algo luchara por salir.
Tranquilo. Aunque mis habilidades telepáticas son pobres, ayudarán a escudar tu mente para que nada salga ni entre. Quédate cerca de mí, te conduciré hasta nuestro guía.
Lioges se separo de su joven compañero con cierta reluctancia. Las cavernas también lo afectaban a él, su propia magia cruda se acumulaba tan rápido que su cuerpo no daba abasto para tejerla. La necesidad de protección de Caradhar, sin embargo, le servía para encauzar todo aquel exceso en la construcción de una vaina que lo mantuviese a salvo de su propio desbordamiento, trayendo así una paz relativa para ambos. No era fácil despegarse de él.
Continuó guiando al muchacho a través de los túneles. Caradhar observó que aquí y allá fluían regueros de aguas subterráneas de un curioso color rosado. A medida que avanzaban, la tonalidad se intensificada más y más, hasta que...
Contuvo la respiración. La más impresionante caverna se extendía ante sus ojos, centelleando bajo la luz de mil antorchas. En el centro, alimentada por un acuífero, había una laguna poco profunda del más intenso tono corinto imaginable. Era igual que asomarse a una gigantesca versión de los ojos de su compañero. Diseminadas por su fondo, en los bordes y en las paredes, había rocas translúcidas de la misma tonalidad, el origen del increíble centelleo de la caverna. En el centro se alzaba una de tamaño gigantesco, junto a la cual meditaba un elfo arrodillado. A esa distancia solo se distinguían sus cabellos castaños y las ropas verde oscuro que lo identificaban como habitante de Dervarn. Al notar que tenía visita, se levantó y les hizo señas para que se acercasen.
No temas —dijo Lioges—. No es muy profundo y es una bendición entrar en el agua.
Diciendo esto, se despojó de sus botas y caminó hasta el otro elfo con el agua cubriéndolo hasta las rodillas. Caradhar lo imitó.
Aquel desconocido palmeó con cariño la espalda del sanador. Cuando se volvió hacia el joven, sus ojos a juego con cuanto lo rodeaba lo miraron como si pudiesen traspasarlo hasta su centro. En contraste con semejante intensidad, sus manos eran gentiles; mostraron el mismo afecto al posarse en los hombros del dotado y atraerlo hacia sí en paternal abrazo.
Saludos, Caradhar. He esperado conocerte durante largos años, desde antes de saber que existías, y hoy me siento feliz al ver cumplido el deseo de mi corazón. Mi nombre es Savran. Dervarn me hace la merced de llamarme su guía, aunque no soy más que uno entre muchos. No quisiera abrumarte ni prolongar en exceso tu estancia en este paraje tan cargado de energía. Sé que nada en tu vida te ha preparado para reconocer tu posición en el Telar y puede que aún no estés listo, pero tengo algo que enseñarte. —El elfo colocó su mano, con gran veneración, sobre la gran roca translúcida que descansaba en el agua—. Contempla, Caradhar, la fuente de toda la magia, tal cual nos fue ofrecida por los dioses al inicio de los tiempos.
El dotado se acercó para observar la roca con más detenimiento, atraído por una inusual forma encapsulada en su centro. Se inclinó hasta que sus ojos casi acariciaron la materia de la que estaba hecha, escrutó el interior... y lanzó un grito ahogado. Allí dentro descansaba el cuerpo desnudo de una muchacha; parecía dormida, congelada en un enorme trozo de hielo de color corinto. No habría alcanzado a decir si era elfa o humana, dado que poseía rasgos de ambas razas, pero era hermosa, y su rostro reflejaba serenidad.
¿Esta... está muerta? —preguntó Caradhar, cautivado por la visión.
Nadie sabe gran cosa, hijo mío, excepto que ha estado en este lugar quizá desde antes de que nosotros llegáramos, y que los dioses la depositaron aquí por razones que solo ellos conocen. Ella es la que tiñe el agua, la que marca a algunos de nosotros con el color de su magia, la que nos confiere sus talentos. Aunque estuvo muda durante mucho tiempo, ahogada por el veneno de la alquimia, en cuanto fue purificada de su corrupción volvió a cantar en nuestra sangre. Y no es la única, sabemos que hay otras rocas similares a esta custodiadas en lugares lejanos. Este es nuestro santuario, Caradhar, lo que nosotros protegemos y lo que nos protege a nosotros. Y también a ti.
El dotado no podía dejar de observar a aquel ser, atrapado igual que un insecto en el ámbar dentro de un sarcófago trasparente. Muerta y viva a un tiempo. ¿Era un regalo de los dioses? ¿Una diosa? ¿Uno de los espíritus que los servían? Los eruditos de los Silvanos no habían sido capaces de descubrirlo en cientos de años. ¿Cómo iba a hacerlo él? Pero allí estaba, y en su presencia sentía la sangre fluir en sus venas de otra manera, como si quisiera escapar de ellas y tuviese que añadir capas y más capas a la vaina que Lioges tejiera a su alrededor para contener lo que le estallaba en la cabeza y el pecho.
El guía miró a su espalda y sonrió. Una joven elfa había surgido desde uno de los túneles que desembocaban en aquella caverna y los saludaba desde el borde del agua.
Es mi hija, viene a velar conmigo mientras su madre se encuentra fuera —afirmó Savran—. Hija mía, ven.
Y entonces apareció a espaldas de la elfa, surgida desde el mismo túnel que ella, una abominación. Caradhar se alarmó y gritó a la joven que se apartara. Echó mano a su puñal, sus ojos buscaron automáticamente los de Sül... pero el Sombra no estaba allí. Claro que no, se dijo, no puede estarlo, se ha quedado atrás, en Argailias. Cuando ya se disponía a saltar para defender sus vidas, Lioges lo retuvo aferrándole la muñeca. Estaba muy calmado; tanto, que parte de esa serenidad se derramó dentro de él. ¿Por qué?
La abominación gruñó por lo bajo y se acercó al costado de la muchacha, quien la miró sin mostrar reacción alguna aparte de una ligera sonrisa. Casi la rozó en su camino hasta el agua. Al borde de la laguna, todo cuanto hizo fue hundir las fauces en ella y beber con mansedumbre, perfecta estampa de un animal domesticado. Excepto que no es un animal y no está domesticada, pensó Caradhar, petrificado a poca distancia de la criatura. Mientras tanto, Lioges le arrebató el puñal de la mano y volvió a guardarlo en su vaina sin hacer ningún comentario.
No entiendo —balbuceó el pelirrojo—, ¿por qué no nos ataca?
¿Por qué habría de hacerlo, Caradhar? Eran personas con el talento que la alquimia torturó y corrompió hace mucho tiempo; personas similares a ti y a mí, por difícil que resulte de creer. Este lugar las atrae, las calma, las reconcilia con lo que fueron. ¿Sabes dónde estamos? En las entrañas de Ummankor.
Las entrañas de Ummankor... Aunque no se había detenido a meditarlo, era cierto, estaba en la frontera montañosa entre el valle y el bosque. Así pues, la fuente de la magia se hallaba en aquel lugar maldito que los alquimistas codiciaban y que tanto elfos como humanos habían convertido en el objeto de su lucha; las abominaciones no se congregaban allí para esconderse, sino para intentar aliviar el dolor que sentían; y la alquimia había estado nutriéndose, durante cientos de años, de la energía que se había empeñado en destruir.
Pero... ¿por qué atacan a los elfos de la superficie y devoran sus cadáveres? ¿Por qué me atacaron a mí?
No atacan por placer, defienden su hogar de los invasores y arrastran cualquier cuerpo fuera del paso para que no pueda contaminar el agua. En cuanto a tu pasado encuentro con ellas, ¿estás seguro de que te atacaron? ¿Te causaron algún daño?
No, lo cierto es que... tiró de mí. Creí que pretendía arrastrarme a su cubil.
Olió nuestra sangre. Únicamente quería traerte con los tuyos —intervino Savran, sonriendo—. No hay nada que temer.
La criatura volvió sus ojos lechosos al grupo de elfos que se alzaba en el centro de la laguna y caminó hacia ellos. Al llegar junto al guía, este le palmeó la testuz con amabilidad. La abominación olisqueó entonces a Lioges, y luego encaró a Caradhar. El dotado no pudo evitar tensarse ante su proximidad, recordando sus previos encontronazos. Su gente siempre las había temido, ¿y ahora había que considerarlas aliadas? Aguantó como mejor supo su olisqueo, el interés por un olor que era nuevo para ella. Cuando sintió el morro pegado a su pierna a punto estuvo de salir corriendo; lo habría hecho si Lioges no se lo hubiera impedido con una mano protectora en el hombro y un cuerpo implacable cortándole la retirada. Solo volvió a respirar en cuanto el ser completó su inspección y se alejó por donde había llegado.
Lo lamento si te has sentido forzado —se disculpó el sanador—, solo quería demostrarte que no hay peligro alguno. Les gustas, se ven atraídas por tu energía. Tú también la sientes, ¿verdad? En ningún lugar es tan fuerte, no puedo parar de tejer para contener toda la que se desborda de ti. Te mostraré algo más, si me lo permites. Por difícil que sea, has de confiar en mí.
El sanador se hizo con una antorcha, enrolló la manga del dotado para descubrir su antebrazo y se la acercó.
No tengas miedo.
Aunque Caradhar no las tenía todas consigo, permaneció inmóvil mientras la llama se aproximaba a su brazo. Notaba el calor del fuego lamiendo su carne, cada vez más intenso, la antorcha cada vez más próxima. Cuando quiso darse cuenta, toda su mano se había convertido en el corazón de aquel fuego que hacía hervir su piel sin llegar a quemarla. No experimentaba dolor, pero sí un intenso hormigueo similar al que lo recorría cuando sus heridas se cerraban, solo que cien, mil veces más fuerte; como si su Don restaurase el daño al mismo tiempo que lo sufría; como si lo hiciese antes, incluso, de recibirlo...
El guía clavó las pupilas en Lioges. Su voz penetró en él.

Lioges, ¿por qué no ha aprendido a tejer?
¿Has mirado dentro de él, Savran? Debe ser un telépata o un empático, o ambos. Si hubiese nacido con otro tipo de talento ya lo habría dejado fluir; es la combinación de esos dos en concreto lo que causa el conflicto.
Entiendo. Dado que no posee empatía, no puede conectar con los sentimientos de las personas de manera natural y, sin esa conexión, es incapaz de canalizar su energía. Estar aquí ha de resultarle muy doloroso.
Así es. Pugna por salir y no encuentra una puerta. He de emplearme a fondo para aislarlo de las otras mentes con las que trata de conectarse sin éxito.
Me cuesta entender a qué se deben sus carencias. Cualquier persona aprende a identificarse, aun a nivel básico, con las emociones de los demás. Veamos, dijiste que le faltaba el sentido del olfato, si no me equivoco. El olor es importante, nos acerca a los demás de una forma primaria que solo los animales son capaces de utilizar en toda su valía, pero de la cual nosotros también dependemos en nuestras relaciones. ¿No hay nada que puedas hacer como sanador? Tal vez si restaurases esa parte...
Eso supera mis habilidades. Físicamente está sano; al fin y al cabo, es un dotado. Para curar algo que ha de estar en su cabeza nuestro único recurso es el talento de tu esposa.
Y ella no ha regresado de su viaje y aún tardará en hacerlo.
Cuidaré de él hasta que la tengamos de vuelta. Savran. Mi temor es que decida alejarse de nosotros mientras tanto.
Has de impedírselo, Lioges. Utiliza tu talento si es necesario, o nunca estará completo.

Este es el don, esta es la savia de los dioses, Caradhar —dijo el guía, con voz suave—, aquello por lo que luchamos, aquello a lo que nos debemos para restaurar el Telar tal y como fue. Bebemos de ello, su semilla está en nosotros, y sería injusto y cruel que descuidásemos la tarea de esparcirla. Por eso vivimos así, hijo mío.
»También está en ti, más fuerte y puro de lo que crees. Sé que es mucho lo que te pido, pero si valoras la posibilidad de compartir tu sangre con nosotros —Savran volvió a posar la mano sobre la roca donde descansaba la figura—, los dioses nos bendecirán a todos.

Caradhar no dijo una palabra en el camino de vuelta a Dervarn. Estaba muy confuso después de todo lo que había visto, y el flujo de energía en su cuerpo había sido tan enervante que le había dejado secuelas. Si bien Lioges no escondía su preocupación, tampoco pretendía obligarlo a discutir en voz alta sobre ello. Sabía que el joven necesitaba meditar.
Tras su regreso, Caradhar cayó dormido sin probar bocado. Lioges decidió quedarse con él en la casa en lugar de regresar a su alojamiento de la biblioteca. A pesar del cansancio, el sueño no condescendía a visitarlo, así que pensó en sacar algún libro de la estantería del dormitorio y entretenerse leyendo. Un sonido de respiración algo agitada provenía de la cama; el dotado debía estar soñando. Permaneció de pie junto a la puerta y observó.
Era relajante mirarlo. A simple vista parecía cierto lo que decían los niños, que era fuego por fuera y nieve por dentro y su mente robaba todo el calor. Con todo, aquella experiencia de compartir su energía con él le había resultado plena, satisfactoria, como si alguna especie de equilibrio se hubiera restablecido y hubiese cubierto necesidades que echaba de menos sin saberlo. ¿Qué tipo de sentimiento era aquel? ¿Fraternal? Lo dudaba, él nunca había necesitado confortar a su independiente hermano a pesar de sus complicadas circunstancias. ¿Paternal, entonces? Tampoco, ya que no pasaba el tiempo suficiente con sus hijos para tener que ejercer de protector. ¿Afectivo? Recordó a la madre de sus hijos, la talentosa elfa con la que Padre lo había emparejado hacía tiempo y a la que no veía mucho, pues vivía lejos con su propio clan. Era bella, la admiraba y la respetaba, le había dado placer..., pero nunca había ido más allá. Ambos eran demasiado fuertes para depender el uno del otro.
Se forzó a no seguir pensando; la última posibilidad iba contra los dictados habituales de la naturaleza y él no era igual que su hermano. Él siempre había cumplido con su deber, se había emparejado cuando le había llegado la hora, había dado hijos a su compañera. El mismo Caradhar tenía un hijo, ¿no era cierto? Y no obstante, ¿no era un hecho que su último amante había sido un Darshi'nai varón? ¿Que compartía los impulsos de Vira? ¿Pudiera ser que él, Lioges, sintiese atracción por otro elfo?
No, era absurdo. No importaba cuán hermoso fuera, con aquel cabello y aquellos ojos tan llamativos; todo debía obedecer al puro instinto de protegerlo. O quizá aquel joven usaba su poder de atracción tan indiscriminadamente que había caído, sin quererlo, bajo su hechizo. De una forma u otra, era una situación pasajera. El dotado aprendería a tejer aquella energía y todo volvería a la normalidad. Sí.
Bajó las escaleras de puntillas, olvidando el libro en la habitación.



Caradhar se revolvió en el lecho: por primera vez en su vida soñaba y no era su imaginación. En realidad no era un sueño en sí, puesto que no había imágenes sino una sucesión de sensaciones, pero eran tan vívidas que suplían con creces la falta de estímulos visuales.
El protagonista del sueño era él. Tenía los ojos cerrados o bien se hallaba en la oscuridad más absoluta, ya que no podía ver nada. Todo cuanto sabía era que estada desnudo y echado de espaldas mientras alguien maniobraba entre sus piernas de la manera más deliciosa posible; alguien que sabía muy bien lo que le agradaba, dónde acariciar, dónde lamer, dónde presionar para que el placer fuese prolongado e intenso. Su único cometido era dejarse llevar, arquear el cuerpo para que sus caderas estuviesen a la completa disposición de las manos y los labios misteriosos. Sus piernas se enredaron con las de su compañero fantasma, se flexionaron, se retorcieron sobre el colchón; sus brazos, estirados hacia atrás, aferraron con fuerza el cabecero de la cama y lo hicieron crujir. Ya andaba cerca, sí, tan cerca de explotar que no había músculo de su cuerpo que no estuviese rígido y expectante. «Sül», se oyó gemir. Los benditos labios se detuvieron antes de que él pudiese alcanzar el orgasmo.
Bajó las manos, palpó los contornos de aquel rostro y comprobó que, ciertamente, era el Sombra quien había estado haciéndolo gozar hasta entonces. La reconfortante garantía le arrancó un suspiro de alivio y un turbador interrogante. ¿Por qué se había detenido? «Sül, no pares, por favor», rogó, «haz lo que quieras, pero no pares». Su compañero se estiró hasta alcanzar su oído, poniendo buen cuidado en no tocarlo. La voz de Sül, tal cual él la recordaba, susurró: «Continuaré. Eso sí, antes has de decirme que me quieres».
Despertó de golpe con un grito ahogado. Estaba sudoroso, excitado y el corazón le latía muy deprisa. Una luz brilló en las escaleras; era el solícito Lioges que subía a todo correr.
¿Caradhar? ¿Sucede algo? —El sanador colocó una vela en la mesita—. ¿Una pesadilla?
Yo nunca sueño. —Apoyó los codos en las rodillas y se encogió—. Nunca sueño y, sin embargo... Lioges, ¿qué sucede conmigo? Hay algo que no funciona dentro de mí. Nunca me había dado cuenta en Argailias y ahora no me lo quito de la cabeza, sobre todo desde que salí de aquella caverna. ¿Me lo habéis hecho vosotros? ¿Es por la magia que no sé usar? Yo... ya no puedo más. Por favor, enséñame a sacarla. No quiero sentirme así, incompleto. No quiero que los críos vuelvan a llamarme cosas cuando me vean afuera. Haré lo que me pidáis...
El sanador lo sujetó por las sienes para consolarlo, aunque cerca estuvo de retirar las manos de golpe y saltar hacia atrás, tan fuertes eran las emociones que fluían del joven: añoranza, desengaño, rabia... y un deseo tan intenso que Lioges hubo de respirar hondo para calmarse.
La persona que va a ayudarte está de viaje, atendiendo a un miembro de otro clan. Te prometo que cuando vuelva...
Por favor, Lioges, dile a tu guía que acepto sus condiciones. ¿Es mi semilla lo que busca?Se la daré. —El sanador se tensó—. Se la daré a quien él elija con tal de que me ayude.
Caradhar, no tomes ninguna decisión precipitada. Eres uno de los nuestros. Obtendrás ayuda y afecto aunque no accedas a la petición de Savran.
Te equivocas, Lioges. —La mirada del dotado se enfrió y recuperó, por un instante, su habitual escepticismo—. Si algo he aprendido en este mundo es que nadie consigue nada por nada. Nadie.
Duerme. Hablaremos por la mañana, cuando estés más lúcido.
El Silvano se arrancó de su lado, recogió la vela y cerró la puerta a sus espaldas. Pequeños pinchazos de incomodidad lo aguijonearon al bajar las escaleras. ¿Se debían a la determinación del muchacho? Era un triunfo, si lo consideraba desde un punto de vista práctico. Él y el resto de su clan valoraban el regalo que Caradhar accedía, al fin, a compartir con ellos. Entonces, ¿por qué lo irritaba la idea?
Era una pregunta cuya respuesta empezaba a conocer demasiado bien, por mucho que prefiriese no pensar en ella, como también conocía a quién iban dirigidos ese deseo y esa añoranza arrolladores. Habría sido muy sencillo reconfortarlo, decirle «quizá te sientes incompleto porque echas de menos a tu amante».
Entonces, ¿por qué no lo hacía?



Aunque la oscuridad y el silencio invitaban de nuevo al descanso, Caradhar no dormía; echaba de menos esos brazos a los que tan acostumbrado estaba y que acababan de rodearlo en sueños. Deslizó la mano dentro de sus pantalones, en busca de un alivio para lo que tan dolorosamente presionaba dentro de ellos.
Cuando terminó seguía experimentando ese mismo vacío.

Sül yacía en la cama de su refugio de la Zanja. Era allí donde había dejado transcurrir los primeros días desde que Caradhar se fuera, negándose a creer que aquello fuera real; donde se había refugiado para envolverse en las sábanas que todavía conservaban un ligero aroma a su compañero. Ah, ¿por qué olía tan bien, él, que ni siquiera poseía ese sentido? Había pasado horas boca abajo, con la nariz hundida en la almohada, haciéndose ilusiones de que volvería, de que aquello había sido un enfado pasajero —pero ¿cuándo había sufrido Caradhar enfados pasajeros o de cualquier otra clase?—, de que entraría por la puerta, se acostaría a su lado y lo abrazaría por detrás, igual que hiciera aquella última noche en la que él, maldito idiota, había comenzado a estropearlo todo.
Y a la mañana siguiente, después de haberlo... después de habérselo follado como un animal —no existía otra expresión más adecuada—, con una saña peor que la de aquel alquimista malnacido, Caradhar aún había querido besarlo y él había apartado los labios. ¿Se podía ser más imbécil? Era lógico que se enfadase. Ahora bien, si había sido capaz de perdonarlo y sellar la paz con un beso... también lo perdonaría por aquello, ¿verdad? Él no sentía nada en absoluto por aquel guardia de Arestinias. Solo estaba con él por agradecimiento, porque...
¡Dioses! No, no iba a aceptarlo. Lo había espiado haciéndolo muchas veces y lo perdonaría otras tantas, no era nuevo para él. Ahora bien, que los dioses se compadecieran de quienquiera que le pusiese las manos encima. Aunque fuera su propio hijo.
Y de nuevo lo atacaban esos condenados celos que lo habían empujado a su actual situación. ¿Tenía derecho a deshacerse de alguien que había salvado la vida de la persona que amaba? De no ser por ese guardia, ¿quién sabía lo que habría podido ocurrir en Ummankor? Y ahora, los dos se habían ido.
A pesar de los remordimientos, en lo más profundo de sí mismo no dejaba de culpar a Caradhar. Estaba loco por él, la posibilidad de acostarse con otros era algo que jamás se había planteado. Por insensible que fuese el dotado, le resultaba difícil digerir que no le correspondiese. ¿Lo quería? ¿Lo quería la mitad que él? ¿Una cuarta parte? Y a él, a Sül, ¿le importaba? Mientras hubiese permanecido a su lado, ¿habría supuesto alguna diferencia si hubiera sido por amor, por apego, por costumbre? ¿Le quedaba algo de amor propio?
El joven se debatía en estos tortuosos pensamientos hora tras hora, una y otra vez, hasta que un dolor sordo le martilleaba las sienes. Al cabo de una semana se buscó otro refugio más discreto, aunque no dejaba de vigilar por si su compañero volvía. Y veinte días más tarde, cuando se le hizo necesario volver a Darshi'nai para recoger su dosis de antídotos, decidió que iría a hablar con el Maede, quien no habría dejado de remover cielo y tierra en busca de su padre, y le contaría que se había ido. Y se pondría a su merced si el chico le hacía pagar su fracaso en retenerlo, porque ya no soportaba más aquel trance. Quizá Caradhar solo se escondía para darle una lección, y saldría al fin si su vida peligraba y le levantaría el castigo. Quizá...
Su encuentro con Navhares no transcurrió como habría deseado. Este lo atendió en una estancia privada de palacio y escuchó lo que tenía que decir: que se había reencontrado con aquel guardia de Arestinias; que lo había matado en contra de los deseos de Caradhar; que este había elegido marcharse a los dioses sabrían dónde por su culpa. El contrariado joven frunció el ceño y le dio la espalda, concentrándose, al parecer, en lo que se veía a través de los vidrios de una ventana. El silencio fue tan largo que Sül no pudo aguantarlo.
La Maediam dijo una vez —prosiguió, con amargura— que mi integridad dependía de que Caradhar permaneciera en la Casa. ¿Qué planeáis hacer, puesto que he fallado tan miserablemente? ¿Juzgáis que merezco alguna represalia?
No puede haberse esfumado de la faz del continente, mantendré la orden de búsqueda —respondió con frialdad tras otra larga pausa. A continuación añadió—: Caradhar... abriga sentimientos hacia ti. Nunca me lo perdonaría si te causara algún daño.
¿No está claro que eso ha terminado? —La voz de Sül se volvió desesperada—. ¿Que ya no soy capaz de retenerlo?
Pues entonces tendré que tener mas fe que tú, Sül. Quiero creer que no se ha ido de esa manera, que volverá cuando se le pase el enfado. Quiero creer —apretó los dientes— que si tú eres más importante para él que yo, no será para abandonarte con tanta facilidad.
Sül palideció. Siempre se había figurado que aquel chico solo sentía un apego egoísta hacia Caradhar, un afán de poseerlo igual que se posee una mascota. Mas Navhares, a pesar de su juventud, lo amaba de verdad. Lo amaba tanto como para dejarlo ir, tanto como para esperarlo. El descubrimiento hizo que se sintiera aún peor. Masculló una disculpa y huyó de vuelta a su pequeño refugio improvisado de la Zanja.
Ya a solas, rebuscó en su mochila la cajita con los viales de antídoto; el estómago le ardía, era la hora de tomar una nueva dosis. Aferró uno de los pequeños tubos y lo sostuvo en alto. ¿Cuántos años llevaba bebiendo esa porquería? Su boca se torció en una sonrisa miserable al recordar aquel bendito encuentro en lo alto de la torre, el día que Caradhar le sugirió que escaparan juntos y viviesen en los bosques, el día que le demostró que su sangre poseía el poder para combatir cualquier veneno. Si hubiera aceptado.. Si lo hubiera sabido...
El vial que sostenía parecía flotar ante él, se volvía borroso por momentos. Acabó hecho añicos en el suelo, en medio de un diminuto charco brillante. La cabeza le daba vueltas. ¿Cuánto hacía que no probaba bocado? Cuando le sobrevino un nuevo mareo, todo el contenido de la caja sufrió el mismo destino del primer vial. Se reclinó contra la pared y miró de reojo al suelo, al amasijo de húmedos cristales rotos. Aquello no tenía buena pinta...
Qué más da, pensó, son solo asquerosas pociones. Él acudirá al rescate, él preparará para mí la fórmula del antídoto que me regaló. Vamos, Adhar, ven y haz de nuevo tu magia. Necesito beber de ti una vez más, necesito... Te necesito...



En cuanto Sül abrió los ojos y enfocó el entorno desconocido que lo rodeaba, comprendió que se había desmayado. Un examen rápido reveló que lo habían recostado en un banco de madera, con un cojín bajo la nuca, en lo que debía ser una sala de baño. Únicamente vestía sus calzas. Sobre una mesa en la esquina estaban el resto de sus pertenencias y su cajita de madera, de la que faltaba un vial.
Recordó que él había dejado caer aquella caja. ¿Cómo había llegado allí? ¿Lo habría soñado? Buscó síntomas de su malestar palpándose el estómago, pero el ardor había desaparecido. La debilidad, en cambio, aún persistía, según comprobó al intentar ponerse de pie. En fin, ¿habría alguna diferencia si se quedaba sentado? Se reclinó contra la pared y estiró el cuello hacia atrás.
Ya era hora, maldito desgraciado —dijo una voz desde la puerta.
Era Vira. El Silvano cargaba con un inocente cuenco de sopa y vestía una camisa y unas calzas de lo más convencionales que no marcaban cada bulto. Aquello sí que era magia.
¿Pensabas dejarte morir de hambre y, como no era lo bastante rápido, optaste por suprimir los antídotos? Muy listo, Sül. Algún dios ha de tenerte en alta estima, pues no me explico de qué otra forma te has sobrevivido a ti mismo todos estos años. —El Silvano se aproximó y colocó el cuenco sobre el banco.
Entonces no lo soñé... ¿De dónde has sacado esa caja de viales?
Del sitio del que salen todas las demás.
Al maltrecho cerebro de Sül le costó trabajo procesar aquella información. Se horrorizó.
¿Te has... colado en Darshi'nai?
Calla y bebe esto, cretino. —Bien que mal, el Silvano se las arregló para hacer que el Sombra tragase unos sorbos de sopa—. Y pensar que Dainhaya me pidió que te dejara a tu aire, que necesitabas un tiempo para adaptarte... Por lo visto, tu idea de la adaptación consiste en correr a lanzarte por el precipicio más próximo. Espera, olvida lo que he dicho, no necesitas que te dé ideas. ¿Qué esperabas conseguir hablándole así a Navhares? ¿Que lanzara a los Darshi'nai contra ti? ¿Que mandara que te cortasen la cabeza? ¿Crees que íbamos a permitir que te hiciera daño? No pierdas el tiempo, amiguito.
¿Me has estado siguiendo todo estos días? Cuánto honor. ¿Y por qué cojones no me dejas en paz? Vuélvete a tus bosques, allá donde tantas elfas esperan que les hagan gran cantidad de bebés.
¿Sabes una cosa, Sül? —El Silvano se inclinó sobre él con una sonrisa siniestra—. Si yo no hubiese tenido tantos escrúpulos (y bien que me arrepiento), probablemente no te habrías despertado con los pantalones puestos; lo habrías hecho boca abajo, después de haber celebrado un íntimo encuentro con esa parte de mi anatomía que tanto llamó tu atención en el pasado.
Prefiero que me rajes la garganta.
Vira perdió la paciencia.
¡Deja de hablar de muerte de una jodida vez y haz un esfuerzo para reponerte! ¡Suenas patético y tú no eres así! ¡No lo eras antes de conocerlo!
Qué narices sabrás tú cómo soy.
Ahora mismo, una ruina. Igual que una adolescente que se consume porque el tipo al que entregó su virginidad ha salido por la ventana. ¿No tienes amor propio? ¡Pues reacciona! ¡Y date un maldito baño, apestas!
Vira empujó a Sül al suelo de piedra y vertió un cubo de agua sobre él. El Sombra se quedó allí, boqueando incrédulo, hasta que el ansia de golpear a aquel maldito bastardo lo hizo apretar los dientes y los puños. Eso era lo que esperaba el Silvano, quien estaba dispuesto a encajar unos cuantos golpes si era necesario. Mas Sül no llegó a levantarse, abrumado por una nueva oleada de pesadumbre. Todo cuanto hizo fue acurrucarse y abrazarse las rodillas.
Vira ahogó un juramento. Había estado tan cerca... Aunque aquello lo sacaba de quicio, no lograba permanecer enfadado con Sül mucho rato. Contempló el triste bulto en el suelo. La única parte visible de él era su espalda, aquellas escarificaciones que tan bien había llegado a conocer. Odiaba admitirlo pero Caradhar tenía razón en eso, eran hermosas a pesar de la crueldad; sus ojos se perdían en aquel mar de líneas curvas que danzaban en torno a los relieves de sus músculos y, al final, eran las manos las que caían en la tentación de hacer idéntico recorrido. Se acuclilló junto a él y posó una sobre su omóplato.
Perdóname. Quiero ayudarte porque me duele verte así. Pase lo que pase, no debes afrontarlo en este estado. Has de volver a ser tú mismo.
¿Por qué te importa una mierda... lo que me ocurra?
Llevo mucho tiempo observándote, Sül. Soy una especie del proscrito en mi tierra, ¿lo sabías? He pasado tantos años en esta ciudad, moviéndome como un Darshi'nai, que me he convertido en un completo extraño para los míos. —Se acercó aún más, apartó los negros cabellos húmedos que le ocultaban el rostro a su compañero y alzó su barbilla para que lo mirara a los ojos—. Tú eres igual a mí, alguien que ya no pertenece a ningún sitio. Tú eres el que mejor podría entender lo que siento y lo que quiero.
Vira se sacó la camisa, que ya estaba muy húmeda, y flanqueó los costados del Sombra. El joven se sintió de nuevo intimidado por su rostro, tan similar al de Neharall, y por aquel torso ancho y atlético. No era ningún descubrimiento para él; ya conocía su envidiable forma física a causa de ese traje ajustado que no dejaba mucho a la imaginación, pero nunca había contemplado la piel al desnudo. A diferencia de la suya, estaba libre de cicatrices, como si nunca lo hubiesen herido en combate. Era... bello.
El Silvano acercó el rostro y lo miró a través de sus sedosas pestañas de color corinto. En lugar de ir a por sus labios, igual que en previas ocasiones, lo que hizo fue besar sus mejillas, una detrás de la otra. Su boca se desplazó poco a poco al sur, al borde de su mandíbula, para hundirse en el hueco de su cuello.
No —dijo Sül, reculando ligeramente—. Yo...
Aunque Vira experimentó cierta contrariedad, decidió ocultar su desencanto y cambiar de táctica. Tan confuso estaba Sül que permitió que el Silvano le cubriese los ojos un momento, el tiempo imprescindible para transformar su cuerpo mediante esa magia que engañaba las percepciones. Cuando recuperó la vista, el estupefacto Sombra se encontró cara a cara con un par de iris encarnados, una melena del mismo color y las familiares facciones que lo habían cautivado durante años. La similitud era tan asombrosa que no lograba hallar ninguna falta: el tamaño de su cuerpo, el color de su piel, los labios que apenas sonreían... Sabía que no era real, que era obra de aquel elfo taimado, pero hacía tantos días que no había vuelto a ver aquel cuadro rojo y blanco que no se privó del placer de recrear los sentidos en él.
El falso Caradhar colocó ambas manos sobre los hombros del Sombra y las deslizó espalda abajo, dejando que las yemas de sus dedos tentasen aquellos relieves que durante tanto tiempo lo habían intrigado. Eran las más perfectas imperfecciones, la obra de un artista que había disfrazado su barbarie con tanta habilidad que al mundo solo le había quedado la belleza. Y más allá de la sensibilidad artística, todo ese deseo insatisfecho acumulado... La punta de su lengua le asomó entre los labios y se deslizó con tiento sobre los de Sül, igual que lo hacía Caradhar. Incluso su sabor era similar; tanto, que el Sombra llegó a preguntarse si no estaba bajo los efectos de otro hechizo más, si quien lo había tomado entre sus brazos no sería su propio amante, transportado a aquella habitación los dioses sabrían cómo. Al instante, la lengua perdió sus modales, penetró a través de sus labios entreabiertos y voló a probar la suya de todas las maneras y desde todos los ángulos. De los relieves, las manos pasaron a la parte baja de su espina dorsal y luego al interior de sus calzas.
Sül se asomó a aquellos ojos rojos. Eran cálidos, casi ardientes, gritaban su pasión; eran...
No eran los de Caradhar.
El violento empujón con el que se zafó del abrazo lo hizo resbalar sobre el suelo mojado y caer de espaldas. Vira se inclinó y se cortó la retirada con ambos brazos, pero había tal desesperación en él que no se atrevió a continuar. Maldijo a Sül por comportarse peor que un enamorado primerizo. Maldijo a Caradhar por ser un bastardo sin corazón. Se maldijo a sí mismo, en fin, por aquella tentativa patética.
La puerta del baño se abrió. Era Dainhaya.
Vira...
El Silvano recuperó su auténtica forma, se levantó de un salto y abandonó el cuarto a grandes zancadas, si bien no fue muy lejos; se quedó escuchando fuera de la puerta. La recién llegada, por su parte, se arrodilló junto a Sül sin pronunciar palabra y lo abrazó. No era en absoluto un abrazo como el de su compañero: era afectuoso y protector, el cariñoso y desconocido contacto de una hermana. Sus brazos eran menudos, pero cálidos, y el joven se abandonó en ellos mientras el nudo que había estado creciendo en su pecho se hacía tan grande que amenazaba con hacerlo estallar en sollozos.
¿Por qué os ocupáis de mí? No comparto vuestra sangre. No soy... No soy nadie. Nada.
Eso no es cierto. Neharall te crió y te entregó a los Darshi'nai como habría entregado a un hijo suyo. Eres de los nuestros, Sül, mi familia adoptiva, y nunca te daré la espalda. ¿Y qué, si has cometido errores? ¿Quién no? Aun con la vida que te ha tocado en suerte, el tuyo es uno de los corazones más afectuosos en los que me he sumergido. Nadie podría evitar quererte.
Nadie, excepto... —Apretó las mandíbulas para evitar que se le humedecieran los ojos—. ¿Por qué, Dainhaya? ¿Por qué estuvo tanto tiempo conmigo si no sentía nada por mí? Podría haber tenido a cualquiera.
¿Crees que no siente nada por ti? Quizá no lo haga de la misma forma, pero lo hace de la única que sabe. Siempre has sido la persona más importante para él.
Eso no es cierto. Mírame, soy un completo desastre. A él, en cambio, no le importa estar lejos, ignorando si sigo vivo o si me he muerto.
Sül... Por ti, Caradhar se convirtió por segunda vez en prisionero de Casa Elore'il, a pesar de lo que siempre había aborrecido las cadenas. Fue la amenaza de Darial hacia ti, antes de huir de la Casa, lo que lo resolvió a seguirlo. Por ti fue capaz de recibir una lanza a través del corazón, de sangrar hasta quedarse sin fuerzas, de actuar contra su naturaleza. Aun ahora, una parte de él sabe que te ha hecho daño y ha de poner remedio a eso.
La elfa se separó del Sombra y lo miró a los ojos.
Mientras se marchaba, quiso encomendarme algo. Aunque la ira no permitió que sus labios llegaran a pronunciarlo, yo lo oí en mi cabeza: «Cuida de él». Sül, confía en mí cuando te digo que te echa de menos.







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