Contenido protegido




CON LA VISTA AL CIELO. Epílogo
Abajo en la Tierra



Santa Maria del Fiore conservaba la gloria de los días en que Brunelleschi concluyera su magnífica cúpula octogonal. Se la veía más espléndida, incluso, con su fachada y sus brillantes puertas de bronce. La visión del conjunto, encajada en el inmutable casco antiguo de Florencia, casi habría arrancado lágrimas de unos ojos nostálgicos de no ser por el extraño cinturón de altos edificios de cemento, metal y vidrio que la rodeaban. Tonalidades neutras contrastando con el mármol tricolor. El olor a duras penas camuflado del progreso, impregnando viejas y enfermas piedras.
La estela de grises había consumido las masas verdes y se extendía por todo el camino a través de Europa. París, aún más monocromática que sus contrapartidas italianas, no carecía, sin embargo, de sus propios encantos. Los grandes conglomerados de habitáculos espejo respetaban el perímetro de la ciudad clásica y sus construcciones, como cierto museo cuya anacrónica insignia era una pirámide compuesta por ángulos de plasma. Sus corredores albergaban cámaras de acceso limitado cuya misión era salvaguardar el arte más valioso de los estragos del tiempo. En una de ellas colgaba una pequeña tabla al óleo. Las pinceladas, oscurecidas por siglos de restauraciones y polarizadas tras un vidrio blindado y etiquetado con láser, componían la figura de una dama sonriente ante un paisaje lombardo.
No puedo creerlo...
Camuflado por el sistema de ocultamiento que le proporcionaban sus nanomáquinas, un hombre alto y rubio contemplaba el cuadro en la privacidad de una cámara cerrada al público. No estaba solo; su compañero, más corpulento y de claros cabellos castaños, sonreía ante ese hallazgo no del todo inesperado.
No puedo creerlo —repitió el primero.
Y no era para menos, pues el retrato de Eal se había convertido en la obra más famosa de toda una era humana y había sobrevivido durante siglos, expuesto bajo aquel falso título: «La Gioconda, por Leonardo da Vinci». Al descubrir lo que había sido de él, su creador experimentó una punzada de melancolía rememorando a su querido Cecho y a sus otros allegados, responsables de ofrecer tal dato a la historia.
Nunca lo dudé —susurró su compañero, que no era otro que Draadan—. Dejaste tanto atrás, suficiente para inmortalizar a más de uno.
Ah, pero tú no eres objetivo conmigo.
He tenido seiscientas traslaciones terrestres para aprender cómo eres, Leonardo.



Corría el 2082 en la Tierra y una nave en forma de pirámide invertida había regresado tras un viaje de quinientos sesenta y tres años. El tiempo no había pasado en balde para su único tripulante terráqueo. Asimilado el arrobo de ver cumplido su mayor sueño, la mente del que fuera aquel joven y talentoso florentino se había empapado con el contenido de las bases de datos de su nuevo hogar entre las estrellas. Biología, Astronomía, Geología... Jornadas y jornadas bebiendo de los archivos de Física, Mecánica y demás materias de Eal, maravillándose ante los secretos descubiertos del universo, formulando sus propias teorías y desarrollando su creatividad, hasta convertirse en el alumno predilecto de su maestro en el departamento de Ingeniería. Permaneció despierto mientras los demás descansaban para poder acortar distancias con ellos. Se convirtió en acólito sin rango, en un ambiente donde la tripulación empezaba a olvidarse de usar los vocativos honoríficos y a administrar su admiración en base al talento, y no a las posiciones en la jerarquía. Presenció cambios, aprendió certezas universales. Amó, rio, lloró.
Su único reproche fue haber tardado tanto en regresar a su planeta natal. Se había perdido seis siglos de progreso que nunca recuperaría, incluyendo escenarios transformados y tumbas olvidadas. De muchos a quienes conociera ya no quedaban ni piedras ante la cuales presentar sus respetos. Y Raffaello, y sus compañeros de la pirámide gemela... Cinco reencarnaciones de lucha y muerte innecesarias, una barbarie que habría de convertirse en la prioridad de la expedición. Su apreciado guerrero pelirrojo era el último recuerdo de carne y hueso que le quedaba en tierra. Jamás había dejado de rogar para que estuviese a salvo.
Bien, bien. Traspasadas las defensas de la otra nave y revisadas las grabaciones de su piramidión, me alegra comunicarte que tu amigo ha seguido en activo todo este tiempo y su facción ha salido victoriosa cada ciclo —comunicó Eal a Leonardo ante la consola de los vigías—. Y quedan dos años para el próximo, hum... Quizá sea conveniente abordar a uno de los tripulantes conscientes antes de que recomiencen su...
... jueguecito enfermizo —aportó Navekhen—. El amiguete de Leonardo y sus colegas deben ser un puñado de embriones, listos para ser implantados si el teletransportador del observatorio falla de nuevo. Y todo apunta a que fallará, para qué faltar a las costumbres adquiridas tras eras de hacer el imbécil. Veamos, ¿no era el superior del tal Raffaello quien acostumbraba a bajar a la superficie y vigilar la competición de cerca?
Sí. Nunca he podido olvidar aquella ocasión en la que casi me descubre —respondió Leonardo.
Vigilémoslo. Si sigue haciéndolo, será el candidato ideal para que lo abordemos y lo convenzamos, y más después de todos esos triunfos consecutivos. Estará de mejor humor que los otros tres, al menos.
¿Y si no lo convencemos?
Pues dispondremos de una tripulación de... ciento once marionetas mucho más susceptibles a nuestro mensaje de libertad, igualdad y fraternidad. ¿Te gusta, Leonardo? Es el lema actual de tu país adoptivo, Francia. ¿Por dónde iba? Ah, sí: si la élite no colabora, habrá que empoderar a la tropa base. La norma de no intervenir machacada y servida en trocitos pequeños.
Eal suspiró, recordando su encuentro con Shaal después de reabastecer las reservas de energía; el instante amargo en el que, tras devolverle su cuerpo, lo había forzado a elegir entre volver al limbo o seguir al Vértice. A veces Neudan le recordaba que su postura, a diferencia de la de Shaal, no había sido despiadada, sino clemente, y que algunos miembros de la tripulación ya habían manifestado interés por la lejana estrella. Un destino deseado, ¿podía considerarse un castigo? Sea como fuere, Eal no trataba de justificarse a sí misma. Jamás habría sido partidaria de arrebatar a otros la libertad de elegir.
Esperemos que colaboren —dijo—. No quisiera pasar a los anales de nuestra cultura como la tirana que obliga a sus congéneres a abandonar las naves y cruzar el espacio hasta lo desconocido.



***



Oculto a los ojos del mundo, Kenak sorteaba a los turistas que abarrotaban las pasarelas en torno a los edificios supervivientes de Chichén Itzá. Cada vez frecuentaba menos la Tierra, pero en las épocas anteriores a la conclusión de cada ciclo, cuando su resquicio de esperanza le inspiraba deseos de pronunciar los que quizá fueran sus últimos adioses, aprovechaba para darse una vuelta por sus rincones favoritos.
Era el turno final de visitas. La marea de la gente abandonaba ya los senderos artificiales para regresar a sus transportes colectivos en tanto los técnicos desconectaban los androides guía y cerraban los accesos. El momento en que todo quedaba desierto era el favorito de Kenak, porque le permitía pasearse sin que el elemento humano obstaculizase el contradictorio paisaje de piedra y metal. Aquel día, sin embargo, no llegó a quedarse solo: un par de figuras se revelaron en la distancia. La más alta y alejada oteaba los alrededores con calma; la otra, un joven rubio cuya coleta ondeaba al viento, se apoyaba con indolencia en el pasamanos y admiraba la pirámide más cercana. Resultaba curioso que la estricta seguridad del enclave los hubiese dejado atrás, como si los estuviesen ignorando aposta... o como si ellos también fuesen invisibles.
Para confirmar las sospechas de Kenak, el rubio se giró hacia él, lo miró a los ojos —allá donde estaban sus ojos, a tres metros sobre el suelo— y le dedicó una sonrisa cordial.
Me ves —anunció el primero en el idioma local, impasible y frío a pesar de su sorpresa.
Te veo, sí, igual que tú a nosotros. Te haces llamar Kenak, ¿cierto?
El aludido utilizó su escáner para examinarlos a ambos y localizó trazas de tecnología análoga a la suya. Intuyó que el hallazgo no se debía a la eficiencia del dispositivo, sino a que eran ellos quienes le permitían traspasar sus defensas. Estudió entonces sus facciones. Tras la larga estancia en la Tierra y la larga lista de mortales que habían desfilado ante él, las caras tendían a confundirse unas con otras, pero estaba casi seguro de que jamás había visto al más alto. Ahora bien, el otro, el de los iris azules... Un recuerdo indefinido comenzó a tomar cuerpo en su memoria.
Si sabes mi nombre, es razonable que me deis los vuestros.
No faltaba más. Mi compañero es Draadan, yo soy Leonardo. Hay asuntos que queremos discutir contigo, dado que eres uno de los pocos operadores de vuestra pirámide, y te hemos elegido a ti para tratarlos en privado porque... —Percibió el florentino la mirada al cielo, la alarma oculta en su imperturbabilidad y el desconcierto de unos ojos que no alcanzaban a hacer aflorar su nombre—. Tus compañeros no pueden localizarnos, hemos intervenido vuestras comunicaciones. Ah, y mi apellido solía ser Da Vinci. Por si el dato te es útil.
Leonardo da Vinci. —Intentó conectar con la nave, sin obtener respuesta—. No un imitador ni un bromista, sino el original que murió..., no, que desapareció hace varios siglos. Aquel al que alguna vez sorprendí conversando con dos de mis elegidos, aunque decidiera asumir que se trataba de una coincidencia. ¿Qué eres, Leonardo da Vinci? ¿Qué es tu acompañante?
Leonardo asintió para sí, satisfecho ante la naturalidad de su reacción. Draadan, más preocupado por otras cuestiones, percibió la ligerísima concentración de energía en el cuerpo de su congénere y tensó los músculos, preparado para defenderse si era necesario.
Yo soy un simple terráqueo que tuvo la suerte de captar la atención del cielo. Mi compañero sí que comparte tu herencia genética y tu medio de transporte.
Quieres decir que no estamos solos, que hay otra pirámide en el cielo. Si es así, ¿por qué no os habéis comunicado con nosotros hasta ahora?
Acabamos de regresar de una misión de quinientos sesenta y tres años. ¿Cómo está mi amigo... Raffaello, también conocido como Verorrosso? —En su brusco cambio de tema se percibía el reproche—. ¿Posee ya un nuevo cuerpo o su genoma es mero contenido en una base de datos?
Verorrosso. Te refieres a mi Alpheh hasta no hace mucho.
¿Hasta no hace mucho? No lo entiendo, ¿no te ha dado todos los triunfos? ¿Quieres decir que ya no lo es?
Es interesante comprobar que no soy el único que no entiende. Es una larga historia. ¿Cuánto sabéis de ella, de nosotros?
Que sois los segundos en despertar de una tripulación de varios cientos; que hacéis con los demás lo que en el pasado hicieron con vosotros, excepto que vuestro juego de poder es a mayor escala y dura mucho más tiempo; que estáis varados en la Tierra y deseáis huir hacia una estrella... Sí, conocemos la mayor parte. Y vosotros estaríais en igualdad de condiciones si, en lugar de con cuatro miembros, vuestra nave contase con su dotación al completo.
Equivalente a la vuestra, estimo. Varios cientos y un terráqueo.
Y un terráqueo, aunque soy el único.
Estoy en suma desventaja en esta conversación.
De nuevo, eso es culpa vuestra.
Me juzgas por lo que hacemos con nuestros elegidos. Si poseéis el poder de observarnos sin ser vistos y sois mucho más numerosos, quizá debierais haber tomado el control y forzarnos a adoptar las costumbres de una civilización más sabia y prudente.
No estaba en nuestra mano inmiscuirnos —intervino Draadan, rompiendo su mutismo— ni lo está ahora anular vuestro libre albedrío.
Pero tú no eres como los otros, ¿verdad? —Había una chispa de esperanza en la voz de Leonardo—. Eres el que baja, el que se pasea entre mortales. Siempre has elegido al mismo hombre desde mi época y, si sigue siendo el que yo conocí, ha tenido que darte una perspectiva distinta de las cosas. A través de él has debido comprender que negarles a tus compañeros su derecho a saber quiénes son es un acto cruel.
El sol se había hundido en el horizonte. La luz artificial arrojaba sombras siniestras sobre los tres rostros, y el viento, más fuerte conforme avanzaba la noche, se colaba entre las rendijas de la ropa. Con todo, nadie abandonó su porción de pasarela ni la burbuja de privacidad que aparentemente disfrutaban.
Desde el principio, mis inquietudes y las de mis hermanos siguieron caminos diferentes —confesó Kenak tras el silencioso paréntesis—. Ellos no veían colmadas sus aspiraciones, deseaban más. Yo me dejaba llevar. Era más sencillo que oponerse, en especial cuando todos codiciábamos la cámara bajo el observatorio. Un acto cruel... Sí, lo es. Sí, me he arrepentido en muchas ocasiones y habría deseado volver atrás. Sin embargo, la cámara no funcionó jamás. Y solo éramos cuatro. Imaginad por un momento el baño de sangre si todos los demás, a un tiempo, hubiesen pretendido acceder a ella.
¿Tanto anhelas escapar? Si estuviese en tu mano, ¿no preferirías quedarte, despertar a los tuyos y guiarlos en una nueva etapa consciente?
Mis hermanos son inflexibles, no lo aceptarían. En cuanto a mí, no podría quedarme y contarles la verdad a los otros, a tu amigo Verorrosso. Me odiarían.
O te perdonarían y aceptarían tu experiencia. Eso no lo sabemos.
Leonardo da Vinci, desconozco las circunstancias que te han granjeado un puesto entre nuestros iguales, pero infiero que eres una persona notable y que tanto tú como tu gente conserváis vuestra integridad más o menos intacta. La mía hace mucho que se hizo pedazos. Llevo girando y caminando alrededor de este planeta más de dos mil doscientos años. En ese tiempo he vivido, he muerto, he renacido. He amado, perdido y llorado, he vuelto a amar para perder de nuevo, hasta que ya no me han quedado lágrimas. Y en todos esos años de contemplar el mismo cielo sobre mí me he dado cuenta de que mi palacio se ha convertido en mi cárcel y que necesito salir de ella. Ya no poseo nada para dejarles a los otros. Estoy herido más allá de cualquier sanación y mi última esperanza reside en lo que me espera más allá del observatorio.
Leonardo quiso insistir en sus argumentos, recordarle que su nave estaba hecha para viajar por el espacio siempre y cuando renovasen su fuente de energía; hacerle ver que la prisión que él percibía era, en realidad, libertad para conocer nuevos mundos. Pero algo en los ojos de Draadan puso freno a su lengua.
¿Sientes que tira de ti? ¿La estrella del cometa? —preguntó el supervisor a Kenak. En su voz se reflejaba el entendimiento a un nivel que Leonardo, tal vez por ser terráqueo, no llegaba a compartir—. ¿Sientes que le perteneces?
Sí. Tú lo sabes, tú también lo experimentas...
No, aunque conozco a otros que sí lo hacen. Hay quienes afirman que es algo que llevamos en la sangre.
¿En la sangre? —Kenak volvió la vista a las alturas—. ¿Qué hay allí? Decídmelo, por favor, es el único misterio que me roba el sueño. ¿Qué nos espera si la cámara llega a activarse?
Draadan lo imitó. No, él no recibía la llamada, tenía ataduras muy fuertes a su lado; pero Eal, el Primer Navegante y los demás estaban convencidos. Esbozó una sonrisa.
Nuestra casa.



***



La intuición de Navekhen no se equivocaba, pues Kenak, el más accesible de los tripulantes de la segunda pirámide, resultó ser un hombre discreto y comprensivo. Y de palabra: a pesar de la fuerza con la que recibía su llamada, no utilizó enseguida los datos técnicos proporcionados por sus visitantes, sino que se condujo ante sus hermanos como si nada hubiera pasado. Planeaba aguardar al final del plazo para usar el observatorio, allanando, entretanto, el camino de quienes iban a quedarse atrás.
En el invierno del año 2084, el ganador de los últimos ciclos accedió a la cámara, introdujo los ajustes que Leonardo le había suministrado y la activó. A aquellas alturas, ninguno de los otros esperaba que tuviera éxito. Ninguno estaba de verdad preparado para asistir a la conclusión de una larga era, y por eso, cuando penetraron en el habitáculo y lo hallaron vacío, desprovisto de energía y de vuelta a la orientación por defecto, tardaron mucho tiempo en asimilar que su número se había reducido para siempre. Apenas prestaron atención a las ciento once cápsulas que maduraban justo entonces, a los tripulantes que despertaban de su sueño y comenzaban a deambular por la nave, dotándola de una animación nunca antes vivida. El premio por la victoria de la facción roja había sido la retirada de todos sus peones de juego; si querían continuar con su partida, necesitaban acudir al banco de datos genético y promover nuevos heraldos. Y querían, oh, por supuesto que querían. La marcha de Kenak les había sabido a frustración, pero también a esperanzas renovadas.
Ahora bien, había un grupo de observadores invisibles que sí seguían con interés la evolución de las nuevas incorporaciones. Cuando dos de estas realizaron su primera visita a la Tierra, Leonardo recibió un aviso de Navekhen desde el piramidión.
Tu amiguito ha bajado, encanto mío, es el momento propicio para abordarlo y... Oooh, vaaaya, no pierden oportunidad de probar colchones nuevos, ¿eh?
¿Qué andas farfullando? —inquirió el florentino mientras introducía las coordenadas para preparar un transporte.
No, no, nada, excepto que vas a asistir a un espectáculo gratis si te materializas ahora y... ¡Por un pelotón de púlsares, menuda herramienta! ¡No recordaba yo tamaña abundancia!
Navekhen, deja de husmear en la intimidad de los demás.
Y me lo suelta alguien que va a aterrizar de lleno en medio de una sesión de deportes de contacto.
No voy a interrumpir. Y no pretendo mirar.
Claro, claro... Oye, ¿no fuiste tú quien le pidió al mozo que se sacara los pantalones para hacer un dibujo de su...?
Adiós, Navekhen.
Leonardo sonrió y se esfumó en medio de un vórtice de triángulos giratorios.



En cierta vivienda vacía de la Tierra, dos antiguos elegidos de los Hermanos descansaban tras una ronda de intensa y gratificante actividad sexual. El joven rubio, cuyo último nombre había sido Mìcheal, era también el Alpheh ganador del premio de Kenak. En cuanto al pelirrojo, Raffaello en su periodo renacentista, los azares del destino le habían asignado el mismo patrono. Habían despertado en cápsulas de regeneración, asistido a las maravillas de un palacio en el cielo y lidiado con un centenar de camaradas incrédulos. Después de escapar de la jauría y disfrutar el paréntesis más codiciado de su nueva vida, discutían sobre la manera en la que su desaparecido señor había cruzado el portal del observatorio, ignorantes de que no una, sino dos pirámides espiaban sus movimientos.
De todos nosotros, tú eres el que más ha penetrado en su cabeza —apuntaba Rafael en aquel momento—. ¿Qué piensas?
Que no sabía cómo hacerlo durante el último ciclo, o no habría preparado una estrategia así de complicada; se habría limitado a procurar que ganases, y punto. No, ha tenido que descubrir el método después.
O quizá alguien se lo enseñó. —Juzgando que ya nadie habría de llamarlo aguafiestas, Leonardo reveló su presencia ante los dos jóvenes.
¡! gritaron ellos al unísono.
Mis disculpas por la interrupción. Rafael (¿es ese tu nombre ahora, si no he oído mal?) es un viejo conocido mío al que, eso sí, encuentro algo cambiado. Mas por lo que a usted respecta, señor Mìcheal, estoy seguro de que nunca nos habían presentado. ¿Cómo es que le resulto familiar?
Es... una larga historia balbució el pelirrojo. ¿De dónde has salido ?
Otra larga historia. Sin duda, podremos intercambiarlass tarde. Lo que me trae aquí es una cuestión más apremiante que tiene que ver con vuestra pirámide, y prefiero que lo que tengo que contarte no llegue a conocimiento de los actuales operadores.
Desde el observatorio pueden seguirnos en todo momento murmuró Rafael. No deberías hablar ahora.
¿Qué? Oh, no. Leonardo rechazó la sugerencia con un vaivén de la mano izquierda. Ya me he ocupado de eso, nadie nos oye. Bien, iré al grano: podemos proporcionaros toda la información que necesitáis sobre vuestro origen, vuestra nave y los secretos que ni los operadores... los Hermanos, los llamáis vosotros, conocen. Podemos, incluso, estudiar la posibilidad de suministraros energía adicional y liberaros de las limitaciones de los paneles fotovoltaicos. Os convertiremos en magos de la tecnología y no tendréis que mover un dedo. Os interesa.
Una mirada a su compañero bastó para que Rafael saltase de la cama, ansioso por interrogar cara a cara al inesperado visitante. Mìcheal abrió la boca para hacerle notar que lo llevaba todo al aire, aunque se ahorró el esfuerzo al desenterrar recuerdos de un enorme Alpheh pelirrojo posando desnudo en una habitación de Milán. «Como atrancar el establo cuando el caballo ya se ha largado», pensó, si bien le lanzó sus ropas a la coronilla con puntería certera.
Oye, espera —comenzó a decir Rafael—. Te presentas seis siglos más tarde, cuando creía que estabas muerto, o abducido, o qué sé yo..., ¿y pretendes que no haga preguntas?
Tenemos un poco de prisa, en vuestro piramidión van a notar las interferencias. Pero tienes razón, qué menos que saludar a un amigo al que he echado de menos. —Estrechó al asombrado joven hasta que Mìcheal carraspeó. Entonces hizo extensivo su saludo a este último mientras el pelirrojo brincaba con una pierna enfundada en el mono—. Deduzco que eres su pareja. Me alegra que decidiera deshacerse de su filosofía de vida y encontrase a un rubio menos arisco.
Un rubio menos arisco... ¿Y cuál era su filosofía?
Que el amor te hacía débil. —Sonrió de oreja a oreja—. En fin, ya lo he dicho, temas de conversación para más tarde. Por ahora debo confesar que me he aprovechado de las circunstancias para escucharos y he de admitir, Mìcheal, que eres perspicaz: Kenak hizo funcionar la cámara teletransportadora porque nosotros le facilitamos las instrucciones.
¿Nosotros? ¿Quiénes?
La tripulación de una pirámide similar a la vuestra de la que soy orgulloso miembro adoptivo.
¡Lo sabía, joder! —Rafael rompió el mutismo en el que la noticia los había sumido con un manotazo en la pared—. ¡Sabía que tenía que haber algo más! Y todos esos años preguntándome dónde habías ido a parar, sin atreverme siquiera a buscarte... Y todas esas dudas...
Y la picazón de intuir que había alguien mucho más sabio que los Hermanos... —añadió Mìcheal—. ¿Qué es lo que pretendéis de nosotros? ¿Y por qué ahora?
Porque estábamos lejos pero ya hemos regresado, y es hora de redimirnos. En cuanto a lo que pretendemos es que se interrumpa la competición sin sentido y que vosotros y vuestros camaradas os hagáis con el control de la nave, un control que os pertenece por derecho. Y la forma más sencilla de obtenerlo es facilitando la retirada a los Hermanos.
¿Quieres decir...?
Que utilicen el teletransportador. Ofrecedles la información como si la hubieseis obtenido de Kenak. Conseguid que se marchen por voluntad propia y eliminaréis intermediarios entre vosotros y vuestra herencia, y os enseñaremos a ir en pos de las maravillas de la galaxia. ¿Sabíais que nuestras naves pueden viajar aprovechando pliegues en el espacio y las propiedades atractivas de cierto mineral? ¿Que existen más cámaras teletransportadoras, ocultas en planetas similares a la Tierra, aguardando a que las encontremos? ¿Que de ninguna manera estamos solos?
Pero... Pero el próximo cometa no cruzará hasta que se cumpla el ciclo...
Ah, sí, una seria limitación funcionando a baja energía. La buena noticia es que nuestro departamento de Ingeniería se da maña con esas cosas. —Señaló al cielo con el índice—. Bien, no conviene prolongar en exceso este encuentro. Concertemos nuestra próxima cita en un lugar más discreto y os presentaré a algunas amistades; me atrevería a afirmar que una, en concreto, os resultará algo familiar. Con ellas decidiremos la maniobra más propicia para actuar... si queréis ser realmente libres. Entretanto, aprovechad vuestro retorno a tierra firme. Os digo por experiencia que es un hermoso planeta.
Antes de que Leonardo emprendiese su retirada, Rafael lo acorraló en el pasillo y le lanzó una buena mirada. Llevaba una espina clavada en el costado desde hacía tiempo y quería sacársela.
Estás idéntico a como te recuerdo —afirmó—. Más sabio, si es que eso se lee en los ojos.
Tú también has ganado sabiduría. Lo que has perdido es tamaño. Por suerte, tu nueva altura no te hace desmerecer.
No hay problema: de mi vieja imagen ha quedado para la posteridad un cuadro muy interesante de ese aprendiz tuyo, el que ganaba todos los premios al más capullo. Representa a un tipo grandote por el pelo rojo, unas alas a juego...
No... —Leonardo palideció—. ¿Salaì llegó a copiar el retrato que yo te...?
¿El que me prometiste que destruirías? ¿Ese que, si no recuerdo mal, te iba a meter por un sitio muy angosto y oscuro en caso de que apareciera?
Es incomprensible. ¡El pequeño demonio! ¿Cómo pudo hacerlo en secreto? Ahora veo que las jugarretas que yo le descubría no eran sino el trozo de islote que sobresale del mar. —Adoptó una expresión arrepentida—. ¿Cómo he de compensarte? ¿Buscarlo y destruirlo? ¿Borrar sus referencias?
Ya no merece la pena. Aunque... hay otra cosa, un favor muy importante que podrías hacerme...



***



La residencia Colline Verdi, en Florencia, era una construcción neovitrubiana de cuatro plantas que dominaba un hermoso trozo de campiña toscana. Frutales, vides, un campo de hierbas aromáticas, árboles que ocultaban el horizonte... Naturalmente, no era más que un entorno controlado, pues más allá de las copas verdes solo había muros grises, caminos de asfalto y edificios contemporáneos colonizando todo el terreno disponible en torno a los espacios arquitectónicos clásicos. Aunque, en definitiva, era una mera ilusión, al menos el viento transportaba aromas agradables y el paisaje resultaba sedativo.
La residencia era, en realidad, un hospital para enfermos dependientes, o así lo veían la mayoría de sus habitantes. Por mucho que la disfrazasen de apartamentos lujosos, casi todos eran ancianos enganchados a algún sistema de soporte vital, y ese era un hecho que no podían maquillar todos los jardines del mundo. Uno de ellos forzaba la vista a través de la ventana, en un vano intento por distinguir la silueta de la ciudad. Tenía noventa y seis años, un tratamiento reconstructivo para vencer la artrosis y tres rebrotes de cáncer a cuestas, del tipo que habría sido mortal cuarenta años atrás. Si bien ahora dependía de un arnés robótico para caminar —era demasiado mayor para acogerse al programa de prótesis— y de medicamentos anticancerígenos crónicos, aún le pegaba mordiscos a la vida, como les gustaba decir a sus médicos. Él gruñía por lo bajo; echaba de menos la habilidad de sus manos y la independencia para ir a donde quisiera. Considerado uno de los mejores pianistas de su generación, su instrumento solía pasar ahora los días en completo mutismo, ignorado por un maestro que ya no soportaba los fallos de sus ejecuciones. En cuanto a su confinamiento en aquella cárcel de cinco estrellas, rara era la noche en la que no bromeaba con sus asistentes y les pedía que le diesen un paseo por los restaurantes y bares florentinos. Le quedaban muy buenos recuerdos de una antigua visita a la hermosa urbe toscana. Ese había sido, de hecho, el principal motivo de que eligiese aquella región para retirarse. Soportaba con poca paciencia su incapacidad para volver a los rincones donde se había maravillado, emborrachado y acostado con apenas veintitrés años.
La puerta del apartamento se deslizó a sus espaldas y dejó pasar a un par de personas antes de volver a cerrarse. Puede que su ocupante hubiese perdido soltura en las muñecas, pero conservaba el oído.
Te he dicho unas cien veces que no me gusta que entres sin llamar, Ucchino —bufó en inglés a quien tomaba por el sanitario de servicio que le suministraba los medicamentos—. Así me esté muriendo y tengas que darme el beso de la vida.
No era Ucchino. Uno de los visitantes arrastró una silla junto al residente, se sentó con el respaldo entre las piernas y saludó, con voz cargada de afecto:
Hola, Leonardo.
El anciano Leonardo Bailey abrió los ojos a todo cuanto dieron de sí sus párpados. Giró el arnés, se incorporó, aferró los reposabrazos hasta marcar cada uno de sus tendones... Era imposible que ese joven pelirrojo que se balanceaba en la silla fuese real. Estaba seguro porque era idéntico a su amigo Rafael Cienfuegos, y habían transcurrido más de setenta años desde su último encuentro.
Esos malditos matasanos certificaron que mi cerebro regía y ahora he perdido eso también —musitó—. Visiones, veo condenadas visiones. Estoy chalado.
No soy una visión.
Rafael le tomó la arrugada mano y la estrechó delicadamente, transmitiéndole un contacto muy auténtico. El viejo pianista deslizó su palma y palpó el antebrazo, el duro bíceps, algunas hebras cobrizas que le caían sobre el hombro. Luego la subió hasta aquel rostro familiar y lo acarició como jamás había tenido ocasión de hacerlo. Sí, era Cienfuegos, no le cabía duda. Quizá algo más alto y maduro, aunque bien habría podido ser una corrupción de su memoria. Setenta años...
No has envejecido nada.
Tú tampoco estás mal, colega, solo echo de menos tus rastas. —Palmeó la piel oscura de su calva y sonrió—. Tus piercings no tanto.
Apuesto a que el de la lengua era interesante —intervino una tercera voz.
Leonardo echó una ojeada al segundo visitante, quien había permanecido mudo hasta entonces. Por supuesto, debía ser él, aquel rubio al que seguía a sol y a sombra. Juntos hasta en sus dulces sueños... o en sus pesadillas.
Tú eras... Michael o algo así. No recuerdo.
Sobón lo sigues siendo. Y un poco borde.
Mick... —Rafael chasqueó la lengua en señal de reproche—. Casi: Mìcheal, se llama Mìcheal.
¿Seguís juntos?
Sí.
Mi condenada suerte. Ni en mis sueños estás disponible.
Eso no lo dudes, colega —lo retó el rubio.
Cállate, casi Michael. Esta es mi visión y en ella se hace lo que yo digo.
Leonardo, te repito que no soy... —Rafael suspiró—. ¿Te acuerdas de aquella lámina renacentista que localizaste en un libro de arte, la del tipo de las alas que se parecía a mí? Pues esto es lo mismo. Sigo siendo yo, excepto que en otra época más avanzada. Siempre yo.
Eres inmortal. Y esperas a que me convierta en un vejestorio para venir a contármelo.
Hemos... dormido durante todo este tiempo, es una larga historia. Hablemos de ti ahora. ¿Qué ha sido de Leonardo Bailey durante estas décadas?
¿En serio? —ironizó el pianista tras una pausa incrédula—. ¿El tipo inmortal viene a preguntarme a por mi vida?
Tengo otro par de razones para visitarte, lo admito, pero eso me interesa mucho.
¿Y qué quieres que te cuente, Rafa? He padecido los altibajos de cualquier músico. He disfrutado mi fama, me he enamorado, me he desenamorado, he estado a un pelo de palmarla de cáncer... Estos gerontófilos me mantienen estable para seguir vaciándome los bolsillos. Y pensar que vine aquí porque sentía nostalgia... Claro que a ti ya se te habrá borrado de la mente aquel bar donde tú y yo...
Donde nos conocimos, en la ciudad. Había un piano cascado.
Y tú convenciste al dueño para que me dejase tocarlo. Me extrañó, dado nuestro mal comienzo. No sabía que te había empezado a caer bien de repente por mi nombre de genio renacentista. No sabía... que iba a encontrarte de nuevo aquí, justo en el punto de partida.
Podríamos ir a ver si sigue en pie y tomarnos una copa. Igual que en los viejos tiempos.
Todo lo que queda de mí es viejo, no apto para pasearlo por ahí con un niñato demasiado guapo para que no me duela y su guardaespaldas. Si me hubieras preguntado, te habría dicho que no quería que me vieras así. Si hubiera podido elegir...
Leonardo Bailey aspiró hondo, tratando de contener la inesperada humedad de sus ojos. Enseguida volvió a sentir la cálida presión de Rafael sobre sus dedos, y una mirada... No, no era de lástima, él no era tan cruel. Pero sí poseía un matiz de pesar que no le era desconocido, el del único rechazo al que alguna vez se había expuesto. Inclinó su arnés hacia atrás y volvió a escrutar el paisaje.
Desvariaba entonces, cuando descubrí el cuadro del tipo con alas, y sigo desvariando ahora —dijo—. En ocasiones creo que has sido una gigantesca alucinación desde el principio. Te seguiré el juego, háblame de ese par de razones que tenías para visitarme. ¿Cuál es la primera?
Quisiera recuperar las guitarras de los dragones, la eléctrica y la clásica. George, el tío del tatuaje, me dijo que te las quedaste tú, y un músico de tu categoría las habrá cuidado bien.
Las guitarras... Ja, ja, has bajado del cielo y has acudido a mí para recuperar tus guitarras. ¿Para qué otra cosa, si no? —Su risa cascada se convirtió en tos—. Y te ha enviado George, no faltaba más. El cabrito sigue dando guerra. Todos siguen haciéndolo menos yo.
Más o menos. Hey, no te quejes, tú sigues guerrero como el que más.
Lo que tú digas, alucinación. Busca en ese armario, el del fondo. Veremos para qué quieres mis... tus guitarras.
Dos estuches negros fueron extraídos de entre una pila de maletas. Relucientes en sus compartimentos forrados de terciopelo descansaban dos guitarras negras, ambas con una minuciosa decoración de dragones rojos. Rafael estaba en lo cierto, su propietario las había cuidado con mimo. Aunque sonaban desafinadas y alguna clavija estaba floja, resultaba evidente lo importantes que eran para él.
Jamás me deshice de ellas —explicó Bailey—. Llámalo nostalgia o un recordatorio para no volver a colgarme tanto de alguien, qué sé yo. ¿Vas a explicarme para qué quiere un inmortal un par de guitarras viejas?
Vamos a estar ocupados con ciertos... asuntos y nuestras visitas serán escasas, así que pretendo llevarme las últimas cosas de valor que me quedan aquí abajo: mis instrumentos y...
¿Y qué?
Y tú, Leonardo. Quiero que vengas con nosotros.
Durante unos instantes, todo cuanto llenó la habitación fue el silencio escéptico del anciano.
Eso es una broma perversa —murmuró al fin—. Tengo un pie en la tumba y el otro lo conservo fuera a base de tratamientos carísimos. He perdido mi destreza al teclado, el deseo de mantenerme al día con la tecnología, la capacidad de moverme sin aparatos... ¿Pretendes acallar algún extraño sentimiento de culpabilidad acompañándome durante los pocos días que me quedan? ¿Cumplir tu buena acción de la década? ¿Por qué, Rafael? Mierda... No entiendo nada. ¿Por qué?
Eres un hombre culto, inteligente, con talento y amigo mío; para contar las personas que conozco con esas cualidades me sobran los dedos de una mano. No te quedan parientes, ni pareja ni nada que te ate. Por favor, no te niegues.
Pero...
Volverás a ser joven. ¿Te imaginas, recuperar el cuerpo que tenías durante tu año sabático? Contamos con la tecnología allá arriba. No, nada de cibernética, sino carne y hueso. Verás de nuevo a los antiguos colegas del almacén del puerto y conocerás a otros nuevos.
¿Cómo...?
En el cielo hay... Bueno, tenemos medios de transporte. Con tripulación y todo eso. La única pega del trato es que todavía no podrás unirte a la mía porque estamos... en negociaciones para patear a la actual dirección, pero allí donde irás estarás muy bien acompañado. Y en contacto conmigo, siempre. Di que aceptas y te transportaremos ahora mismo.
Sigo delirando, ¿verdad? ¿O es que ya me he muerto?
No —Rafael sonrió de oreja a oreja—, sigues vivo y cuerdo. Solo dame la oportunidad de probártelo.
¿Dices que tienes algún tipo de nave?
Sí.
Y planeas subirme a ellas porque... porque sí, y allí me harán joven de nuevo.
Ajá.
¿Y qué habré de entregar a cambio? ¿Mi alma? ¿El primogénito que nunca tuve?
Con tu lengua larga bastará. —La sonrisa se transformó en carcajada.
Y, suponiendo que todo eso sea cierto y recobre mi forma física, ¿podremos tú y yo...?
Ni lo intentes, Bailey —graznó Mìcheal al captar las implicaciones físicas de la pregunta—. Eso no va a pasar.
Quiero que conozcas a alguien, la persona que se va a ocupar de ti durante todo el proceso. Y además es terráqueo, igual que tú. ¡Eh! ¡Ya puedes entrar!
Ignorando la pregunta inminente, Rafael se giró hacia la puerta, de la que surgió un tercer visitante. El dispositivo de movilidad del anciano imitó su gesto y permitió a este estudiarlo mientras se aproximaba a él. Daba la impresión de ser joven, aunque había algo en su mirada... El tipo de sabiduría que solo una persona de edad era capaz de reconocer; la extremada madurez que habría visto en los ojos de Rafael, ya en su primer encuentro, si hubiese poseído la experiencia para distinguirla.
Nada más que te atraen los rubios, ¿eh? —murmuró—. Empiezo a entender tu total falta de interés.
Mi nombre es Leonardo, señor Bailey, es un placer conocerlo —lo saludó el recién llegado—. Confieso que he revisado sus patentes electrónicas y escuchado algunas de sus grabaciones, y me maravillan su destreza, técnica y talento compositor.
Leonardo... Ja, esta sí que es buena. ¿Eres mi sustituto paliducho?
Por lo que Rafael me ha confesado, yo fui el primero de ese nombre que tuvo el placer de contarse entre sus amistades. Y no, no creo que ninguno sustituya al otro. —Sonrió.
¿El primero?
Si mi apellido te sirve de algo (disculpa que te tutee, es que eres muy joven para andar con tanto formalismo), te diré que es Da Vinci. Y no, por desgracia no hay otros... terráqueos famosos allá de donde vengo. Hasta ahora, claro está, si aceptas venir conmigo.
Yo... yo...
La presión sanguínea del músico se disparó hasta tal punto que la vista se le nubló. Su monitor de constantes portátil hizo sonar una alarma; Da Vinci lo desconectó y trianguló su posición.
Todo va a estar bien, viejo amigo.

Lo último que Leonardo Bailey percibió antes de perder la consciencia y abandonar la Tierra fue la melena roja de Rafael, envolviendo su campo visual como una cortina de gasa ante una ventana llena de sol.





                                  

2 comentarios:

  1. Me ha encantado, verlos a todos interactuar ha sido precioso. Aunque me has dejado la piquiña de este Leonardo viendo todo desde el cielo. Gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola de nuevo! Me alegra mucho que te haya gustado .^^ . Y, en cuanto a Leonardo, bueno... El de la historia se lo está pasando muy bien, te lo aseguro. A mí me encantaría pensar que sí que está ahí ariba, ampliando aún más sus horizontes y viniendo a echar un vistazo de tanto en tanto ; ).
      Muchas muchas gracias por llegar hasta aquí y por comentar. ¡Un abrazo enorme!

      Eliminar